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| 9/29/2007 12:00:00 AM

Con cédula y sin voto

Los mayores de edad enfrentan el dilema de quedarse en casa y cumplir las reglas, o ser autónomos y perder la comodidad.

Todos los papás creen que cuando sus hijos pasan la adolescencia han superado los tormentosos problemas de la crianza, esa rebeldía y esa apatía típicas de la edad. Pero en cuanto ellos cumplen 18 años y se convierten en mayores de edad, empieza una nueva etapa que también llega con sus conflictos y problemas: la del adulto joven.

Este especimen vive en una permanente paradoja. Siempre está dudando entre seguir siendo un niño mimado y dependiente, o ser autónomo con su vida. Quiere vivir en la casa, pero sin responsabilidades domésticas ni económicas. Incluso quisiera tener una vida afectiva a sus anchas, que implique poder llevar a casa a su novia o desaparecer durante tres días sin tener que rendirle cuentas a nadie. En resumen, quiere lo mejor de dos mundos: el de los niños y el de los adultos.

Los adultos jóvenes oscilan entre los 18 y los 28 ó 30 años y los hay de muchos tipos. Ojo: no hay que confundirlos con los reconocidos Bon Bril, pues estos nunca tienen intención de irse. En cambio, estos nuevos adultos sí sueñan con salir de su casa para gozar de la libertad, pero no lo hacen porque no cuentan con los ingresos para poder mantener el mismo ritmo de vida que tienen en su hogar. Si se fueran de casa, tendrían que empezar de abajo, pero en la mayoría de los casos no están dispuestos a sacrificar la comodidad del hotel mamá. Ese es el primer subgrupo. Otros quieren cortar el cordón umbilical porque ya ganan lo suficiente o porque prefieren sacrificar la buena vida por una más autónoma, pero se encuentran con el rechazo de sus padres: "de aquí usted sale, pero casada", o "ala, mijo pero para qué te vas a ir, si aquí lo tienes todo", se les escucha decir a los papás.

Isabel Londoño, experta en educación, los define como ambivalentes. "Un día se levantan como niños de 14 años y al otro, como adultos responsables", dice. Pero los padres no se quedan atrás y también presentan un comportamiento poco coherente con sus hijos mayores de edad. Si bien saben que son ya adultos, siguen dándoles mesada, les arreglan el clóset y la ropa y buscan evitarles a toda costa cualquier sufrimiento.

Para la siquiatra Ana Millán, esta es una dificultad más frecuente de lo que se piensa. La contradicción con el hijo joven es que aunque legalmente es mayor de edad, por lo menos en las clases media y alta, no es independiente económica ni profesionalmente. "Esa dependencia genera conflictos porque el hijo puede decidir muchas cosas, pero no puede ejecutarlas en la medida en que no es productivo", dice. Según la experta, el problema central es que los padres quieren seguir amarrando al joven adulto a la decisión de la familia en temas como dónde pasar las vacaciones o dónde ir el fin de semana. Además, viven pensando en los riesgos del hijo de familia y por ello siguen ejerciendo el control: que dónde está, que por qué no llega, que avise, etcétera. Mauricio González, de 29 años, lo ha vivido en carne propia. "Mis papás son muy sutiles. Ellos no me prohíben que mi novia se quede a dormir, pero sí me preguntan: ¿hasta qué horas estuvo fulanita? y cuando uno les contesta, dicen: ay, tan terrible esa niña por ahí tan tarde y sola".

Los hombres corren con una suerte distinta a la de las mujeres. Para ellos es más fácil tener autonomía para entrar y salir de la casa que para el género femenino. María Isabel Durán, una profesional de 32 años, recuerda cómo a ella le prohibían llevar a su novio a la casa, pero a Diego, su hermano, sí le permitían que su pareja se quedara a dormir. "Además, a mí me tocaba reportarme a toda hora, decir dónde estaba, que me iba a demorar". Añade que para estas cosas era una niña chiquita, pero para otras debía comportarse como una adulta. "Ellos me exigían que pagara la cuenta del teléfono y otros gastos fijos de la casa". Marcela, por el contrario, encuentra que vivir con los papás es una bendición que le permite ahorrar. Por eso cumple con la norma del "avise". "Lo único aburrido es que cuando me quedo donde mi novio, me hacen mala cara". Cristina Pérez, de 26 años, también ha tenido que sufrir de una política diferente por ser mujer. "Mi hermano llevaba a la novia cuantas veces quería, pero si yo hubiera hecho lo mismo con mi novio, a mi papá le habría dado un infarto", comenta.

A diferencia de otros países como Estados Unidos y Francia, donde los hijos se preparan para partir de la casa a los 18 años, luego de terminar el bachillerato, en la cultura latinoamericana la costumbre es hacerlo cuando se casan. Pero en este momento las personas están postergando esa decisión, por lo cual salir de casa se ha vuelto un dilema. Isabel Londoño hace coaching para ayudar a muchos adultos jóvenes a planear sus viajes para estudiar en el exterior y se ha dado cuenta de que al menos un 30 por ciento de sus clientes se quiere ir a estudiar como una excusa para salir de la casa sin conflictos y sin tener que casarse para lograrlo. "Se tienen que ir del país para poder destetarse", afirma.

En ese conflicto está Ana María Londoño, una profesional de 25 años que tiene la independencia económica para irse de la casa, pero cuando le comunicó esos planes a su mamá, ella abrió los ojos y le suplicó: "No le hagas ese mal a tu papá. Si te vas, lo matas". Ante esa sentencia, ella tuvo que buscar otra manera de salir de allí sin peleas. En un año se irá para Estados Unidos para realizar una maestría y a su regreso vivirá en su propio apartamento, gústele a quien le guste. "A mí me aburre tener que estar reportándome o que me estén preguntando en dónde estoy. Y trato de llevar mi vida, pero a mis papás eso les causa dolor", afirma. Cuando ella le habla de estos planes, su mamá le recuerda que si se va de la casa, no va a tener nadie que le planche, y otras penurias que pasaría sola.

Para Millán este comportamiento tiene raíces culturales, pues los latinoamericanos, por la herencia española, tienden a permanecer más tiempo en grupo, mientras que los anglosajones promueven la cultura del individuo. Esto tiene sus riesgos y sus ventajas. Si bien es interesante que la familia siga ayudando a sus hijos en las diferentes etapas de la vida, también se fomenta lo que Millán llama la infantilización de la persona, un fenómeno que le impide al individuo tomar riesgos con racionalidad y preferir hacer caso y cumplir las normas sin discusiones. Para Londoño, tanta resistencia a la independencia de los hijos hace que éstos se sientan dueños de los padres, y viceversa. Además, plantea retos en el trabajo donde se imita esta cultura del control y la supervisión, e incluso se percibe en el trato que tiene el presidente Uribe con el pueblo. "Colombia está hecha de personas inmaduras que piensan que otros nos van a salvar, cuando nosotros somos los responsables de nuestro destino", afirma. Y concluye que aunque suene a reduccionismo, la mitad del subdesarrollo es mental y colectivo y el país no podrá salir adelante mientras no se entienda la importancia de educar a personas libres, autónomas y que sepan tomar riesgos.
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