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| 9/10/2001 12:00:00 AM

Copia al carbón

El anuncio de la clonación de embriones puso en evidencia que la investigación en este tema marcha a un paso difícil de detener.

En marzo de 1997, cuando se anunció el nacimiento de la oveja Dolly, el primer animal clonado de la historia, el mundo presenció con admiración el logro de los científicos escoceses. Pero al mismo tiempo se aterró con sólo imaginar que por esa misma puerta la ciencia podría llegar en un futuro a la clonación de seres humanos. Después de muchas amenazas el fin de semana pasado científicos de una pequeña compañía privada llamada Advanced Cell Technology (ACT) publicaron una investigación en la que dicen haber producido los primeros embriones humanos clonados. El escándalo fue mayúsculo porque el experimento conjugaba los dos temas más álgidos de la ciencia en el momento: la clonación y la investigación con células madre embrionarias.

Siguiendo el mismo método usado con Dolly, el argentino José Cibelli y un grupo de expertos de la firma ACT tomaron óvulos de mujeres entre 24 y 32 años. La técnica consiste en quitar el material genético de los óvulos e implantarles el ADN de una célula adulta, que en este caso fue tomada de la piel. Con esa nueva información genética el óvulo comienza a desarrollarse y se convierte en un embrión con capacidad para producir un ser de idénticas características biológicas a las del donante.

Las intenciones de Cibelli no iban tan lejos. El científico sólo pretendía que el óvulo llegara a un estado embrionario —lo cual tarda un par de días— para que se generaran las controvertidas células madre. Si tenía éxito podrían empezar a cultivarlas para investigar en un área muy novedosa, como lo es la generación de tejidos y órganos del propio individuo, y en un futuro poder trasplantarlos y así curar un amplio rango de enfermedades, desde la diabetes hasta el mal de Parkinson. El gran interés en esta área se debe a que estos tejidos y órganos autólogos no presentarían los problemas de rechazo que suelen ser unos de los mayores obstáculos en el trasplante de órganos de otros seres vivos.

Pero el experimento fue un fracaso. De los 19 óvulos utilizados 16 murieron antes de dividirse una vez. Sólo tres lograron producir seis células pero éstas no sobrevivieron lo necesario para llegar al estado embrionario en el que se crean las células madre, que era el objetivo de todo el proyecto.

Independientemente de si este intento de clonación humano fue un tremendo fiasco o un hito en la ciencia, el anuncio revivió los debates sobre clonación y el uso de embriones para investigación y causó un sismo en la comunidad científica y religiosa, en los círculos políticos y en la opinión pública. El presidente George W. Bush se opuso a cualquier forma de clonación y se apresuró a redactar un proyecto de ley prohibiendo el uso de embriones para fines terapéuticos. El comisionado europeo para la investigación condenó el proyecto y aseguró que en el futuro se opondrá a la financiación de otros similares. Y una vez más el Papa aprovechó para precisar la posición de la Iglesia frente al tema al manifestar que aunque es muy noble de parte de los científicos desarrollar terapias para curar a la gente eso no les da derecho a destruir seres humanos.

Más allá de lo moral, los expertos en bioética que condenan la clonación lo hacen porque atenta contra la biodiversidad. “Eliminar el principio de la casualidad es como negarse a uno mismo porque somos producto del azar”, dice el genetista colombiano Emilio Yunis. Y también puede ser un arma de doble filo pues producir individuos idénticos masivamente puede llevar a la propia destrucción de la raza. “Se corre el riesgo de que un día esos individuos con la misma información genética sean sensibles a una misma plaga que los mate a todos”. El debate ético y moral en torno a las células madre no es menos complicado. Para el médico genetista Jaime Bernal el problema que encierra esta investigación es que estas células pueden terminar convertidas en una fábrica de repuestos. “Aunque tienen la capacidad de formar un adulto se les va a utilizar sólo para hacer un tejido o un órgano”, dice. Michael West, presidente de la compañía ACT, no lo ve así. Argumenta que un embrión que contiene células madre aún no puede considerarse un ser humano. “No estamos hablando de vida humana sino de vida celular”, dice.

Ponerse de acuerdo en la definición de lo que es un embrión tomará mucho tiempo. Tal vez nunca se logre. Pero lo cierto es que algunos investigadores ya han encontrado que es posible tomar células de grasa o de la piel de una persona adulta y convertirlas en células madre sin necesidad de utilizar embriones. Eventualmente éstas podrían manipularse de modo que puedan producir cualquier tipo de órgano o tejido que el paciente requiera. En la medida en que esta área de investigación comience a arrojar resultados interesantes el uso de embriones para estos fines irá perdiendo peso.

Con la clonación sucede todo lo contrario. La semana pasada quedó en evidencia que existe un gran interés científico y comercial que mueve a muchos a avanzar en el tema a pasos agigantados. A pesar del pataleo ya puede ser muy tarde para detener ese impulso. En efecto, al día siguiente del anuncio de ACT una compañía llamada Clonaid, que tiene un laboratorio secreto fuera de Estados Unidos, anunció que había criado embriones antes de ACT. Pero, a diferencia de esta última, los científicos de Clonaid no se ponen con rodeos. Tienen muy claro que su propósito no es simplemente mantener los clones en estado embrionario sino colocarlos en el útero de una mujer, llevar el embarazo a término para así producir el primer clon humano. Clonaid es parte de un movimiento religioso conocido como Raelians, que cree ciegamente en que los extraterrestres implantaron la vida en la Tierra y que la clonación es la única manera para alcanzar la vida eterna. En agosto pasado Panos Zavos y Severino Antinori, del Instituto de Investigación Internacional de Roma, anunciaron su programa para clonar hasta 200 seres humanos y así ayudar a procrear a parejas con problemas de infertilidad. Y esto sin saber quiénes estarán investigando en total reserva para no despertar sospechas.

La ciencia no está preparada aún para clonar un ser humano. En este momento no sólo se pondría en peligro la vida de ese individuo sino también la de su madre. Lo anterior se puede deducir de la experiencia que se ha tenido con los animales. Aunque se han clonado vacas, ovejas, ratones, cerdos y otros animales muchos de ellos tienen problemas de salud. Los investigadores han identificado fallas coronarias, inmunológicas e irregularidades en el cerebro. Incluso Dolly está envejeciendo muy rápido y tiene serios problemas de sobrepeso.

Esta es una ciencia impredecible e inexacta. De 100 intentos se estima que sólo uno o dos serán una clonación exitosa. Ryuzo Yanagimachi, quien ha clonado ratones y ahora trabaja en ACT, afirma que sólo 2 a 3 por ciento de los esfuerzos para clonar vacas han resultado en el nacimiento de un animal vivo. Los demás mueren muy rápido y sólo el 20 por ciento de los embriones llegan a ser blastocitos. En el caso de los ratones se cree que cerca de 60 por ciento de los embriones clonados llegan a esta etapa pero al final sólo vive un porcentaje parecido al de las vacas.

Para demostrar lo impredecible que puede llegar a ser este campo está el ejemplo de Randall Prather, un investigador de la Universidad de Missouri que tardó años en clonar cerdos. Tuvo que empezar el proceso una y otra vez pero al final todas las células morían. Después de muchos intentos fallidos hoy él y muchos otros, pueden clonar cerdos, pero lo curioso es que aún no sabe qué cambios en los procedimientos en el laboratorio marcaron la diferencia entre la vida y la muerte.

Así como les ocurrió a Prather, Cibelli y su grupo de ACT esta vez fallaron pero un buen día el experimento seguramente dará resultados positivos y se llegue al temido o deseado —dependiendo de en qué posición se esté— primer clon humano. Si pudieron con cerdos y vacas ¿por qué no con humanos?
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