Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1990/11/05 00:00

CUENTOS PERRUNOS

Un libro protagonizado por la mascota del presidente Bush, agota ediciones en Estados Unidos.

CUENTOS PERRUNOS

Siempre se ha dicho que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Pero también podría decirse que, a los pies de muchos líderes, hay un gran perro. El presidente norteamericano Lyndon B. Johnson no se separaba de su perro Beagle; también fue un cocker spaniel, el más fiel acompañante de Richard Nixon en los azarosos días de su presidencia. Las pocas sonrisas de la reina Isabel de Inglaterra son generalmente para sus consentidos cachorros. En Colombia, Lara, la mascota dálmata del ex presidente Alfonso López Michelsen, figuró tanto como su dueño en las más mordaces caricaturas de la época. Ahora, también se ha hecho famoso el amor que el presidente Bush y su esposa Bárbara le profesan a su perra Millie.

Pero esta vez las cosas han ido más allá: Millie ha publicado un libro para niños que, hace dos semanas ocupó el primer lugar en la lista de bestsellers de uno de los más prestigiosos diarios norteamericanos, The New York Times. Detrás de la idea está la primera dama de los Estados Unidos, quien se ha encargado personalmente de promocionarlo. El libro está escrito en primera persona y, según la campaña publicitaria, "el texto está basado en la historia que el animalito le contó a la esposa del presidente". La edición de lujo de "El libro de Millie" cuesta 18 dólares (9.000 pesos) y se está vendiendo como pan caliente en todas las librerías del país. El producto de las ventas será destinado a programas de alfabetización.

La buena vida de Millie comenzó el día en que George Bush, siendo vicepresidente, buscó un sucesor para su perro Fred, que había muerto hacía poco. Will y Sarah Farish, una pareja amiga de los Bush que vive en el sur de Texas, resolvieron el problema y les regalaron una springer spaniel. Desde entonces, "la primera perra de la nación", como la llaman los humoristas gringos, ha disfrutado de las comodidades de los poderosos. Llegó a Washington en avión privado y desde entonces su vida ha estado rodeada de todos los privilegios, inclusive de la fama. En marzo del año pasado dio a luz seis cachorros, producto de un matrimonio arreglado por sus amos con Tug, un verdadero adonis de su raza. Cuando se supo la noticia, comenzaron a llegar cartas y notas de felicitación desde todos los puntos de la geografía norteamericana. Para seguir con el juego, que seguramente ha dado dividendos políticos a sus amos, la familia presidencial ordenó imprimir tarjetas de Millie para agradecer los mensajes recibidos. Sin embargo, como de acuerdo con las leyes americanas el presidente y su familia no pueden aceptar obsequios que superen los 180 dólares y en todos los casos es obligatorio declararlos, los regalos de Millie -camisetas, platos con su nombre, collares, pelotas de caucho y huesos y galletas para carnes- han tenido que cumplir rigurosamente con la norma establecida. Los Bush no quieren con Millie un escándalo similar al que tuvo Nancy Reagancon sus vestidos.

Millie es toda una celebridad. Ha 'mojado' carátula de revistas como Time, Life, Vanity Fair, People y Buenhogar, sin contar los informes que han hecho sobre ella en las cadenas de Tv. Su fama ha crecido tanto, que el mismo Presidente dio orden de "mermarle" a las apariciones de Millie, pues su mascota estaba recibiendo más publicidad que muchos de los funcionarios de su gabinete. Millie, mientras tanto, mueve la cola y sabe que lleva de todo menos una vida de perros. Entre las personalidades que se han tomado fotos con la mascota presidencial, y que aparecen en el libro, están François Mitterand, la reina Isabel de Inglaterra, el rey Hussein de Jordania, Michael Jackson y Margareth Thatcher. Pero también ha tenido la oportunidad de alternar con celebridades de su propia especie, como Benji, la estrella de Hollywood, que llegó en una lujosa limosina y fue la estrella de una fiesta infantil que la señora Bush había organizado para sus nietos.

La vida de Millie forma parte de la rutina de la Casa Blanca. Sus largas orejas y su húmedo hocico oyen y huelen todo lo que se cocina en la Casa Blanca, tanto en las habitaciones privadas del Presidente como en la sala oval donde despacha. Millie ha sido testigo de excepción de decisiones como la invasión a Panamá y la movilización de tropas hacia Arabia Saudita. Y más de un líder mundial daría todo el oro del mundo por saber lo que Millie escucha mientras descansa echada a los pies del presidente Bush.

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