Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2016/10/22 00:00

¡Pilas con el hígado!

Si quiere vivir mucho tiene que cuidar este órgano, y no solo del alcohol sino de la obesidad.

¡Pilas con el hígado! Foto: 123RF

En la medida en que las cifras de mortalidad por problemas coronarios se han estabilizado en las últimas dos décadas, una enfermedad silenciosa ha empezado a acechar. Se trata de la insuficiencia hepática, una condición en la que una o varias partes del hígado se dañan, por lo que las funciones de este órgano se deterioran.

Lo preocupante es que no se necesita ser muy viejo, ser un bebedor habitual ni haber contraído hepatitis C para padecer este problema, porque está asociado con la obesidad. Se le conoce como hígado graso no alcohólico (HGNA) y produce un daño muy parecido al que causa el exceso de bebida, es decir, una acumulación excesiva de grasa en las células del órgano. La diferencia es que en ese caso el problema surge por consumir una mala dieta y hacer poco ejercicio.

Algunos médicos lo relacionan con lo que le sucede al hígado de los patos que engordan en Francia para fabricar el emblemático foie gras. “Hay que forzar al animal a comer para que desarrolle el hígado graso, pero en el caso de los humanos ellos lo hacen por sí mismos”, dice Joel E. Levine, experto del New York Presbyterian Morgan Stanley Children’s Hospital.

Esta enfermedad se ha doblado en países como Estados Unidos tanto en jóvenes como adultos y las cifras van en aumento. Un estudio de la Clínica Mayo encontró que si bien en 2001 en Estados Unidos causaba el 1 por ciento de los trasplantes de hígado, en 2009 ese porcentaje aumentó a 10 por ciento. Se espera que en 2020 esta enfermedad sobrepase a la hepatitis C como causa de esas operaciones. En Gran Bretaña se calcula que uno de cada tres adultos tiene hígado graso y en Colombia, según el hepatólogo Óscar Beltrán, “también es un problema”.

Aunque la mayoría de los pacientes tiene la forma menos severa de la enfermedad, Beltrán dice que “el hígado graso no solo es un factor de riesgo para cirrosis, sino que es un marcador indirecto de riesgo cardiovascular”. Se ha visto que en 10 a 20 por ciento de los pacientes la grasa que se infiltra en este órgano lleva a inflamación y deja marcas de cicatrización que poco a poco va impidiendo su buen funcionamiento. Puede ocasionar cirrosis, cáncer y finalmente insuficiencia hepática.

Diagnosticar la condición es difícil porque el hígado tiene muchas reservas y no da síntomas de cansancio, sino hasta que ya está muy deteriorado. Por eso se dice que es una epidemia silenciosa. “Pero las personas sedentarias o con una dieta desbalanceada no deben preguntarse si la van a desarrollar sino cuándo”, dice el médico Mark Porter en su columna del diario The Sunday Times. Para saberlo no es suficiente ver la función del hígado en un examen de sangre, sino que se requiere de ultrasonidos y hasta biopsias para observar las cicatrices que eventualmente llevan a la cirrosis.
Actualmente no existe tratamiento para esta condición, por lo que los especialistas solo recomiendan cambiar el estilo de vida. Lo primero es bajar de peso. Algunos recomiendan una dieta baja en carbohidratos, pero también se requiere supervisar el tipo de grasa pues hay evidencia de que las trans son tóxicas para el hígado. Lo segundo es hacer ejercicio y en este frente lo ideal es dedicar dos y media horas a la semana a la actividad aeróbica. El otro consejo clave es moderar el alcohol pues el trago puede ocasionar más estragos.

Aunque muchos pacientes con la versión moderada de la enfermedad podrían nunca tener problemas serios, Porter señala que la presencia de hígado graso debe ser un campanazo de alerta para cambiar el estilo de vida. Y si lo hace, este noble órgano, una especie de central metabólica del cuerpo, se lo agradecerá con más años de vida. 

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