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| 3/4/2006 12:00:00 AM

De tal palo... ¿tal astilla?

Lo genético y lo cultural. ¿Somos lo que somos por nuestra composición genética o porque así nos hemos formado a través de nuestro paso por la vida? Por Lisbeth Fog*

Tierno como su madre o médico como su padre. Las conductas, reacciones, inclinaciones o destrezas del ser humano se heredan... ¿o se hurtan del entorno? La respuesta, desde diferentes disciplinas, es única: somos producto de la combinación de la naturaleza y la cultura.
“La genética es, literalmente, la otra mitad del medio ambiente, pues somos el resultado de dos fuerzas: los genes que heredamos de nuestros padres y el medio en el cual esos genes se desarrollan”, explica el genetista Jaime Bernal Villegas en su libro De genes y gentes. Los genes logran que nos parezcamos a nuestros padres y el ambiente permite que nos diferenciemos de ellos.
Sin embargo, no son solamente los genes los que ponen su parte para estructurar a la persona y, por eso, el haber descifrado el genoma humano no quiere decir que ya se sabe por qué somos lo que somos. Lo que permitió este hito en la historia de la medicina fue abrir un gran paquete informativo y a partir de allí, genetistas, neurólogos, neurocientíficos, entre otros investigadores, han empezado a buscar aquellos genes que son determinantes porque promueven ciertas manifestaciones en el ser humano.
Ellos los llaman “genes que codifican”, o que envían mensajes, y por lo general estudian aquellos que disparan una enfermedad, como el alzheimer, para la cual ya se sabe que hay un gen que está presente en las personas que la padecen.
Pero son alrededor de 30.000 los genes que se encuentran en el ser humano y la cosa se complica cuando se descubre que los genes pueden tener diferentes maneras de comportarse en el organismo. Como si fuera poco, la interacción entre varios de ellos también puede determinar patologías o comportamientos diferentes. “Los genes tienen como un ‘switch’: con unas sustancias se activan y con otras se desactivan, explica la genetista Emilia Federici. A medida que aumenta la tecnología, se entiende bien la biología, pero cuando nos ponemos en el espacio humano, el tema se vuelve complejo”.
Roberto Amador, neuroinmunólogo y profesor de la Universidad Nacional, dice que el problema no está en la genómica, sino en las señales que producen los genes, porque si bien ya está descifrado el genoma humano, todavía no sabemos leerlo. Y Juan Mendoza Vega, neurocirujano y miembro de la Academia Nacional de Medicina, dice que “aparentemente hay algunos genes que tienen que ver con la conducta, pero aún no sabemos cuáles”.
Hasta ahora, entonces, resulta difícil explicar científicamente eso de que “de tal palo, tal astilla”. Para el genetista Humberto Arboleda Granados, del Instituto de Genética de la Universidad Nacional, la explicación de por qué somos lo que somos es de tipo multifactorial. Es decir que está involucrado un aspecto genético y otro de tipo ambiental.
Su grupo de investigación en neurociencias, así como otros grupos científicos del país, estudia la genética de enfermedades principalmente neurodegenerativas porque les preocupa más entender lo anormal. “Se trata de dar soluciones a pacientes con enfermedades específicas, explicó. El comportamiento normal es algo tan complejo, que estamos lejos de comprenderlo, pero sin duda el componente genético juega un papel”, dijo.
Por eso quizá no supo explicarme por qué tiene un hijo también médico, también genetista, también investigador, Gonzalo Humberto Arboleda Bustos, quien trabaja a su lado. Lo que sí me explicó es que “las capacidades para determinadas habilidades pueden ser heredadas, pero es necesario además, estimularlas para que se desarrollen”.
Amador las llama “competencias” y asegura que se heredan. Se trata de aquellas capacidades que tiene uno en el cerebro que le permiten pensar, y si además el entorno que rodea a ese ser humano –léase padres, profesores– estimula esa competencia, “ese niño se puede disparar”.
Puede haber una vena artística o profesional en ciertas familias, pero también es posible encontrar aquellos genios de la música o premios Nobel de química cuyos padres nunca tocaron un instrumento, ni estuvieron investigando en ningún laboratorio. Lo que sí pueden haber heredado a sus hijos son capacidades de pensamiento que ellos desarrollaron en otros campos.
Con respecto a la personalidad, Amador diferencia entre lo que es el temperamento y el carácter, pues el primero es innato, y el segundo, cultural. Al temperamento corresponden algunos hábitos como evitar el peligro: es una reacción natural. Al carácter corresponden actitudes de cooperación, por ejemplo, una característica de un individuo que pertenece a una sociedad, y por tanto es algo que se aprende.
Esos límites que tratan de definir hasta dónde llega lo genético y dónde comienza lo cultural son aún confusos. Para la profesora Federici es claro, por ejemplo, que somos agresivos porque somos mamíferos. Lo que no es tan claro es por qué el ser humano es violento. “Ahí está el espacio de una construcción de respuesta que viene más por aprendizaje social”, dice.
El haber descifrado el genoma humano es “sólo el inicio para saber cómo los genes entran a funcionar en una célula”, explicó Arboleda Bustos hijo. Y el reto es mayor en el cerebro, pues las células de cualquier órgano tienen genes que cumplen funciones específicas, mientras que en el cerebro, con más de un billón de células, 100.000 millones son neuronas, y cada una de ellas puede tener muchas funciones distintas. n

*Reportera científica de la Universidad de Boston. Fue corresponsal en Colombia de Scientific American. Ha trabajado para Colciencias y Maloka. Actualmente es periodista free-lance para medios nacionales, editora de la página web www.scidev.net y docente universitaria.

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