Viernes, 20 de enero de 2017

| 2010/05/02 00:00

De la rabieta al síndrome

La quinta edición del 'Manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales', que está en estudio, ha despertado controversia porque, para algunos expertos, detrás de las novedades hay intereses de las farmacéuticas.

Los nuevos trastornos llevarían a que individuos sanos sean considerados enfermos

El Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales, conocido como DSM-5, que no había sido modificado desde 1994, es considerado la biblia de la siquiatría a nivel mundial. Pero esta vez su contenido ha despertado una acalorada polémica. Algunos críticos han expresado su inconformidad ya que, según ellos, el texto pretende incluir trastornos que darán lugar a que personas saludables sean medicadas con poderosas drogas por conductas que son habituales. "Algunas condiciones que estaban dentro del espectro normal del comportamiento humano, como la tristeza, la decepción o la ira, serán consideradas como un trastorno sicológico y siquiátrico", dijo al diario inglés The Independent Alex Beam, autor de un libro sobre el hospital siquiátrico McLean en Massachusetts.

Una de las adiciones propuestas es el Síndrome de desregulación del temperamento con disforia, que se traduce en las rabietas o reacciones impulsivas, especialmente en niños y adolescentes. Otro de los comportamientos hasta ahora considerados normales, pero que en el nuevo manual son definidos como enfermedades, son el Trastorno neurocognitivo menor, una dolencia relacionada con la pérdida normal de memoria producto del envejecimiento, o el duelo tras la pérdida de un ser querido, que podría ser malinterpretado como depresión mayor.

Una de las personas que más han criticado esta nueva edición del Manual es el siquiatra Allen Frances, de la Universidad de Duke, quien participó en la redacción de la edición pasada. El experto explicó a SEMANA cuáles son los tres riesgos principales que existen con este nuevo manual: el primero tiene que ver con el uso de medicinas como los antisicóticos en personas que no las necesitan, lo que puede ayudar a desarrollar enfermedades como la diabetes. El segundo es que los nuevos trastornos postulados conducirían a que individuos sanos sean estigmatizados como enfermos mentales. Y el tercer riesgo es que varios de los trastornos incluidos van a servir de disculpa para que algunas personas incurran en actos indebidos. En relación con este último punto, una de las nuevas inclusiones es el trastorno hipersexual, que se refiere a aquellas personas promiscuas que tienen pensamientos o comportamientos recurrentes sobre sexo. Frances ha llamado la atención al respecto: "Esto traería una gran comodidad para los infieles que desean ocultar la motivación de sus hazañas detrás de una excusa siquiátrica".

El tema no es un asunto lejano para Colombia, pues como dice Rodrigo Córdoba, presidente de la Asociación Colombiana de Sociedades Científicas, "desde la década del 70, el DSM ha tenido una influencia como guía de diagnóstico y como formación de los nuevos siquiatras, especialmente en Latinoamérica".

Algunos de los coautores del DSM-5 dijeron a SEMANA que muchos de los cambios propuestos buscan determinar mejor los grupos de personas que actualmente están buscando un tratamiento pero que no lo obtienen porque no están incluidos en la edición actual. "Nuestra esperanza es que con mayor precisión al definir los trastornos, el diagnóstico y la atención clínica mejorarán".

El problema, dice Frances, es que bajo esta política muchas personas saludables pueden ser sobrediagnosticadas. Los críticos también han denunciado que los siquiatras están produciendo nuevos síndromes, al parecer presionados por intereses de la industria farmacéutica. Según Rodrigo Córdoba, "para nadie es un secreto la gran capacidad de 'lobby' que tienen las farmacéuticas en el desarrollo de estos procesos, especialmente en Norteamérica". Y para Frances, los trastornos incluidos "dan lugar a un diluvio de tratamientos con medicamentos innecesarios y a una bonanza para la industria farmacéutica", dijo a esta revista.

En 2006 un grupo de sicólogos de las universidades de Massachusetts y Tufts publicaron un estudio en la revista Psychotherapy and Psychosomatics, en el que concluyeron que el 56 por ciento de los 170 investigadores que redactaron la cuarta edición del DSM tenían uno o más lazos económicos con las farmacéuticas. Según la investigación, los expertos no solo se lucraron a título personal por ampliar el número de enfermedades mentales, sino que en 2003 la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA, por su sigla en inglés) entidad encargada de publicar el Manual, recibió 7,5 millones de dólares de las industrias de medicamentos por publicidad en su revista, y en un año este monto se incrementó en 22 por ciento.

Voceros de la APA le dijeron a SEMANA que para asegurar la elaboración imparcial del diagnóstico cuentan con una junta auditora que obliga a todos los investigadores a revelar cualquier relación que tengan con alguna entidad comercial, y cada uno de los miembros debe presentar un reporte de sus ingresos, honorarios, intereses de propiedad y los subsidios directos que esté recibiendo para realizar investigaciones. Además aclaran que el DSM-5 es un manual para evaluar y diagnosticar, y no para el tratamiento, por lo que no tendría por qué haber interés alguno de las farmacéuticas.

La edición final del DSM-5 estará lista en 2013. Por eso algunos siquiatras consideran que es prematuro hablar de los riesgos existentes. Sin embargo, para otros, como Frances, no es un asunto menor y cree necesario hacer las críticas desde ya. "Aprendí de la experiencia cómo los pequeños cambios en la definición de los trastornos mentales pueden traer enormes consecuencias no deseadas", asegura.

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