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| 11/30/2003 12:00:00 AM

Del amor y su fragilidad (1)

No existe una única definición de la fidelidad. Hay tantas maneras de ser fiel o infiel como ideas acerca del amor. El amor y la fidelidad son ideas, ideas moldeadas por la cultura y, a la vez, por las historias personales de sujetos concretos, es decir, por subjetividades. Así, cada idea del amor, cada definición particular del amor, genera una manera de ser fiel. Hay amores que no pueden generar sino fidelidades absolutas. Más que amores son pasiones, o pequeñas patologías del amor, que le piden todo al otro, a la otra. «Quiero todo de ti», dicen los boleros de mil maneras distintas. En esta lógica del to-do-o-nada, la más pequeña infidelidad es la muerte del amor, porque la lógica de la pasión es así. La pa-sión que se nutre de una fidelidad absoluta del ama-do mata. Tristán e Isolda, Eloísa y Abelardo, Narciso, Romeo y Julieta, María y Efraín y miles de otros héroes de la pasión murieron por ella. Pero el amor entre seres concretos, entre seres comunes y corrientes, debe generar fidelidades humanas, es decir, flexibles y relativas; fidelidades pactadas entre dos sujetos con deseos complejos, que saben que es mejor no hacer promesas que no se podrán cumplir. Quienes experimentan amores concretos deberían, siempre, pactar sus ideas relativas a la fidelidad antes de comprometerse a cualquier convivencia. Sus ideas del amor y de la fidelidad deberían hablarse, discutirse y hacer parte del vocabulario, del alfabeto del amor. Vivir significa estar en movimiento, lo cual significa que el deseo circula. Vivir es peligroso y, por consiguiente, amar es peligroso, porque -debemos en-tenderlo- la posesión del otro o de la otra es un im-posible. Lo sabemos y sin embargo no lo aceptamos. Amar es aceptar esta falta fundamental. Crecer en el amor es, tal vez, entonces, empezar a aceptar la ca-rencia, la falta, la no-posesión, la soledad, el misterio del otro, de la otra, y aprender a transformar a ese otro soñado e idealizado en un otro real. Y es de verdad extraño que no aceptemos esa dinámica del amor, porque toda la literatura universal no habla sino de esto: de la fragilidad del amor, de la imposibilidad de una fidelidad absoluta, de la falta que habita en el corazón mismo del amor. «Todo lo mío te lo doy, es cierto, pero todo lo mío no te basta, como a mí no me basta que me des todo lo tuyo», decía Cortázar. Sí, todos los grandes poetas, los grandes novelistas, lo han expresado de mil maneras distintas. La fragilidad del amor y su imposibilidad de ser eterno son la temática principal de la novela, del cine, del teatro y del arte en general. Y no lo creemos.

Y si hablo de esto hoy es porque me alarma saber que muchos de los homicidios y gran parte de los casos de violencia intrafamiliar se deben a los celos, las venganzas y las frustraciones amorosas. Frente a estos hechos escalofriantes, pienso que es urgente desarrollar pedagogías que nos ayuden a soportar los celos y la frustración amorosa. Pedagogías que nos ayuden a entender que amar es siempre, al mismo tiempo que disfrutar la presencia, la compañía, aceptar la carencia, la falta. ¿Por qué no pensar en cátedras obligatorias sobre el amor en las escuelas, los colegios y las universidades? Podríamos llamarlas «La cuestión amorosa» o «De la fragilidad del amor» o también «Crecer en el amor». En lugar de llenar las memorias de los y las adolescentes de fechas de guerras y de tratados y de ecuaciones destinadas al olvido, sería interesante tratar de vacunarlos contra los estragos del amor. Mientras tanto, todos y todas seguiremos inmaduros frente a los asuntos amorosos. Lástima, porque, como dice el grafiti, «el amor todo lo-cura».
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