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| 4/3/1989 12:00:00 AM

Descaradamente tímidos

En asuntos de timidez, ni son todos los que parecen, ni todos los que parecen, son.

Son una especie en vía de extinción. En un mundo que exige cada día más agresividad y audacia, los tímidos aparecen como seres desvalidos y extraños. La consigna de hoy parece ser "exponer y exponerse". Y nadie como el tímido está tan lejos del héroe contemporáneo.
El mundo moderno impone el desenfado, el dominio de las situaciones. Por eso a los tímidos se les considera como piezas de museo, a las que hay que tratar con sumo cuidado. Son seres de otra época. Protagonistas de las películas de principios de siglo e inmortalizados en las novelas del siglo pasado, cuando la timidez era una virtud que estaba circunscrita al engorroso momento de declararle el amor a una mujer. Entonces, no existían las entrevistas de trabajo, ni los expertos en el arte de la comunicación, ni los psicólogos capaces de convertir un armario en un seductor agente de ventas. Ni tampoco, los miles de manuales a la americana de "cómo vencer su timidez en un día".
Ahora el asunto es más complicado. En el mundo competitivo simplemente está prohibido ser tímido. Admitirlo, significa perder la batalla de antemano. Por eso, casi todos los tímidos quieren dejar de serlo... "En general, se es tímido en el instante en que hay que presentarse ante los demás y pasar por el trance de ser calificado y aceptado o no", dice la psicóloga María Cecilia Betancur. La timidez es un rasgo normal hasta cierto punto. "Sólo cuando ese temor se manifiesta en una forma fóbica, se considera un trastorno de conducta. Entonces, es algo que puede paralizar a una persona. La extrema preocupación por lograr el correcto desempeño social y laboral puede angustiar tanto que se constituye en la barrera que impide lograrlo". Esta emoción devastadora generalmente va acompañada de síntomas orgánicos como dificultad respiratoria, palpitaciones, palidez o enrojecimiento, sudoración y temblores. Y así como se pierde el control físico, se pierde la claridad de pensamiento.
"A nivel de fobias, los dos temores más comunes en el ser humano son el miedo al rechazo y el miedo al fracaso", señala la psicóloga. "Cuando la aprobación de los demás es considerada como algo fundamental en la vida, no sólo se convierte en un objetivo inalcanzable sino que adquiere ribeles de tragedia". Esa es la barrera que tratan de derribar las distintas escuelas psicológicas a través de diversas técnicas que buscan convencer al paciente que "no se es monedita de oro" para agradar y complacer a todo el mundo todo el tiempo. "Resulta paradójico -concluye la especialista-, pero la seguridad personal y la aceptación genuina por parte de los demás, se logra solamente cuando uno se atreve a 'fracasar' o se arriesga al rechazo". Por eso, parte de la terapia que se utiliza para combatir la timidez tiene que ver -además del entrenamiento en habilidades sociales y el aumento de la autoestima- con exponerse voluntariamente al ridículo.
La verdad es que a pesar de la osadía y decisión que pregonan los manuales de autoayuda y superación como el secreto del éxito, aún quedan tímidos en el mundo. Y lo que es más insólito, aún quedan tímidos sin camuflar. Seres que no disfrazan sus malos ratos haciendo gala de una audacia que no tienen, ni se parapetan detrás de actitudes opuestas a esa fragilidad que los lleva a sonrojarse cual adolescentes. Tímidos que andan por ahí desafiando sus resistencias naturales.
Pero nada resulta más sorprendente que comprobar la timidez en personajes públicos, habituados supuestamente a desenvolverse entre gente desconocida y a manejar su imagen de acuerdo con las exigencias del éxito. Actores, periodistas, políticos que reconocen que les cuesta "mucho trabajo" enfrentarse al público y confiesan que son más ocurrentes y desenvueltos en la intimidad. Tras esa revelación, su imagen, que parecia tan conocida, emerge con una nueva faceta que quizás sea también la razón oculta de su atractivo.
Quién puede decir, por ejemplo, que no es la timidez ese halo de confianza que rodea a Joan Manuel Serrat, que hace interesante a Roberto Fontanarrosa y encantador al rey Juan Carlos de España, que despierta la credibilidad en Pablo Milanés o hace atractivo al mismo Woody Allen obsesionado por esta faceta de su personalidad.
A nivel nacional existen también reconocidos exponentes. Fue tímido confeso el irreverente columnista Lucas Caballero Calderón, "Klim", y lo es el mismísimo presidente Barco. Y según dicen sus amigos, también lo son Alvaro Gómez Hurtado y Luis Carlos Galán.
SEMANA conversó con algunos populares personajes, tomados incluso como ejemplo de audacia, a quienes delata el gesto de unas manos que en público siempre sobran, o el titubeo que en nada concuerda con su claridad de pensamiento. Ellos cuentan lo que experimentan cuando sus actitudes los traicionan. Y, desde luego, no falta el supertímido, como el caricaturista Héctor Osuna, que prefiere mil veces seguir disfrutando su actual condición de integrante del mundo de lo out que acceder a una entrevista.
Una vez salvadas las consecuentes dificultades que implica entrevistar a un tímido, accedieron a confesarlo públicamente el columnista del diario El Tiempo, Roberto Posada García-Peña, más conocido como D'Artagnan, la actriz Maria Angélica Mallarino, el precandidato conservador Rodrigo Lloreda Caicedo, la directora del Noticiero 24 Horas, María Isabel Rueda, el actor Carlos Muñoz, y el director administrativo de El Espectador, Alfonso Cano Isaza.
CARLOS MUÑOZ- Actor
Yo creo que la timidez no es una forma de ser permanente. En determinadas situaciones todos somos tímidos. Por ejemplo, lo peor que yo he vivido fue cuando me operaron de una hernia inguinal y la enfermera vino a prepararme con jabón y máquina de afeitar en mano. En general, trato que no me noten cuando la sangre se me sube a la cabeza invocando, con la velocidad del pensamiento, mi condición de actor, de hombre popular que no puede permitirse frente a sus admiradores mostrarse vacilante o poco dominador de las situaciones.
Lo peor que podría pasarme en este sentido sería que, después de pasar un día esplendoroso de sol, en contacto con la naturaleza, recreando la vista en un campo nudista, por cualquier incidente me pusieran de patitas en la calle y me tocara ir a pie hasta el hotel preguntando por señas, con una sola mano, la dirección -ya que no domino el sueco -y en el trayecto me encontrara con un grupo de turistas colombianos, "Instamatic" en mano registrando el paisaje...
La timidez es para mí algo esporádico. No hay tímidos completos. Hay sólo situaciones que incomodan. Pero ¿cuál es el límite entre la timidez y el pudor, o la pena o la bobada, como dicen las paisas? Llevo 47 años actuando y no habría podido hacerlo si fuera tímido. Pero me molestan las aglomeraciones. Prefiero conversar con amigos que ir a fiestas.
Antes de una actuación siento un gran miedo, pero es por un respeto infinito al público. Ocho días antes del estreno de una obra de teatro me encierro en mi casa y no vuelvo a hablar con nadie. Y el día del estreno me duele el estómago y siento angustia, pero eso no es timidez. Es que hoy, Carlos Muñoz ya no se puede dar el lujo de salir a un escenario a embarrarla.
MARIA ISABEL RUEDA - Periodista
Sí soy muy tímida y muchas veces paso por antipática. Creo que lo más catastrófico que me ha sucedido fue tener que hablar en radio. Al principio, se me iba la voz. Lo que nunca imaginé fue que además algún día iba a salir en televisión. Al comienzo era tal el susto, que se me olvidaba lo que estaba diciendo. Es una barrera que he tenido que superar a la fuerza, pero no quiere decir que haya dejado de ser tímida. Todavía antes del programa siento "mariposas" en el estómago y todavía me equivoco. Recuerdo que una vez que tuve que hablar en público, aunque llevaba todo escrito, no podía leerlo porque además de la voz me temblaban las manos y las piernas. Cómo sería, que Felio Andrade que estaba a mi lado me dijo: "Mijita, deje de lemblar". Creo que a fuerza de tener que hablar en radio y en televisión, ya más o menos lo supere. Ya no me sonrojo. Simplemente me lanzo. Sin embargo, lo más espantoso que podría pasarme es que me tocara dictar una conferencia en una universidad ¡de carne y hueso! Detesto llamar la atención, prefiero pasar inadvertida. Por eso cuando hago mercado me aterra que la gente me reconozca y trato de camuflarme entre las verduras!

ROBERTO POSADA GARCIA-PEÑA - D'Artagnan - Columnista del diario El Tiempo
Desde la adolescencia me di cuenta de mi timidez porque lo que más me aterraba de pelear con las novias era tener que volver a pasar por el penoso proceso de ganarme a los suegros. Mi timidez se refleja esencialmente en la dificultad de expresión. Así como tengo cierta facilidad para escribir tengo mucha dificultad para hablar.
En el colegio sufría terriblemente cuando nos ponían a recitar, y después, en la universidad donde estudiaba Derecho, durante los exámenes orales se me olvidaba todo. Lo mismo me pasa cuando me entrevistan por televisión. Recuerdo que mis padres me decían que para perder la timidez uno debia ver al auditorio como bultos de café. Así no le importaba nada.
Pero eso es imposible, cuando me llaman para mesas redondas o esas cosas yo prefiero escabullirme. Creo que cada uno tiene sus aptitudes y sus limitaciones. Si no, que le pregunten al Presidente de la República.
Lo que no sé es si uno desarrolla cierta habilidad, refugiándose detrás de una máquina de escribir, para expresar, ahí sin más limitaciones que el instinto de conservación, todo lo que uno piensa. Un caso muy elocuente es el del escritor Eduardo Caballero Calderon, un timido por antonomasia .
Personalmente, la peor situación imaginada seria que me nombraran funcionario público. Tener que hacer declaraciones, y además decir mentiras para no revelar cosas que el gobierno no está interesado en que se conozcan, es un imposible en mi caso.
Aunque la timidez es una limitación, también hay que reconocer que cuando uno pasa por timido la gente tiende a creer que es pendejo o ingenuo, y eso sirve mucho porque uno, con su nadadito de perro, logra lo que quiere .
MARIA ANGELICA MALLARINO - Actriz
Nunca me ha molestado ser tímida. Lo que me sucede es que por no atreverme a decir las cosas cuando toca, el día que estallo es en grande. Entonces la gente lo califica a uno de "complicado". Creo que la timidez es una especie de protección en las situaciones que producen inseguridad.
Por eso cuando estoy en un escenario, como siento que domino la situación experimento una agradable sensación de libertad. Mientras en las reuniones sociales soy más de las que escuchan que de las que participan, en el escenario desfogo todas las emociones que normalmente reprimo.
La peor situación que he vivido me ocurrió en una buseta. Yo tomaba clases de francés en la Alianza, después del trabajo, y aprovechaba para dormir un poco por el camino. Un día me desperté despistada y le grité al chofer: "Por la próxima a la izquierda". La gente, claro, estalló en risas y yo, en lugar de tomarlo jocosamente, duré en trauma por mucho tiempo.
Ahora lo he superado, bueno, en el sentido de que reacciono muy bien en el momento pero después puedo durar un mes muriéndome. Me aterra pensar en situaciones en las que haga algo que no corresponde, como por ejemplo que me dé un ataque de risa en una funeraria. Siento pavor de ofender a la gente y, como soy tan despistada y me preocupo tanto por no embarrarla, seguro que lo hago.
Mi mejor terapia ha sido el trabajo con los niños. Cuando tengo que defenderlos o pedir algo para ellos, no me importa. Además, siempre trato de enseñarles a hacerse respetar y hacer valer sus derechos porque yo para eso soy un desastre. A mi me pueden vender un zapato negro y uno azul y no soy capaz de reclamar.
RODRIGO LLOREDA CAICEDO - Político. Precandidato conservador
Yo no soy tímido. Lo que pasa es que soy Virgo y los de este signo somos muy cuidadosos, perfeccionistas y precavidos y no nos gusta hacer el ridículo. Es posible que esa prudencia se asocie con timidez. Pero si hubiera sido timido no habría podido hacer política.
Creo que en el fondo todos tenemos algo de timidos. Por ejemplo, si alguien se me acerca y me dice "a que no se acuerda quién soy yo", me corto. Me da pena con la persona no poder corresponderle. En ese sentido lo peor que me ha pasado fue una vez, estando de gobernador del Valle, que llegué a una fiesta del cuerpo consular en Cali de corbata y todo el mundo estaba de smoking. Realmente fue desagradable. Regrese a mi casa y me cambié, porque me parecía una falta de protocolo.
Si ser tímido significa ser callado, creo que tiene sus ventajas. La gente que es demasiado extrovertida y audaz, probablemente coseche ciertos beneficios inmediatos pero a la larga asume riesgos que pueden crearle dificultades.
Pocas cosas me abochornan. Y tengo pruebas. Por ejemplo, aunque tengo pésima voz, en cierta ocasión durante las fiestas del Sanjuanero en Neiva, la cantante me pidió que subiera al escenario en compañía de mi esposa, que sí tiene una voz muy linda, a cantar "Oropel". ¡Y canté! Claro que lo hice con cierta precaución. Pero si me dicen: "échese un discurso" ¡subo fresco! ALFONSO CANO ISAZA - Director administrativo de El Espectador
Soy el más tímido de una familia de timidos. Mi padre decía que cuando alguien lo invitaba le hacía un gran honor; pero si no lo invitaba le hacía un gran favor. Y parece que todos heredamos eso. En mi casa me echan en cara mis pataletas desde un viaje que hicimos por España y, al llegar a Barcelona nos encontramos con que estábamos invitados a un matrimonio. Y me dio la pataleta, pero toda la familia me regañó y me tocó ir a regañadientes. Aunque Guillermo era menos tímido, a la hora de hablar en público todos somos iguales. Nos tiembla la voz. En ese sentido, no hay ninguno que saque la cara por la familia. Más que timidez, la caracteristica de los Cano es una alergia a los actos sociales. Somos más dados a la reunión familiar, "sin mucha conversación general", como decia mi papá.
Lo peor que podría pasarme ya me pasó: cuando me tocó ir a representar al periódico para recibir el premio "Príncipe de Asturias" en España, en octubre del 87. Aunque no había que hacer discurso -después me enteré-, yo preparé algo. Pero con todo y eso el sufrimiento fue terrible. La noche anterior, aunque ya sabía que no tenía que hablar, me habian pedido una entrevista de una emisora y no pude dormir. Cómo sería la situación tan tremenda en que mi esposa María Antonieta me vio, que prendió la televisión y pasé el resto de la noche viendo al América jugar contra el Peñarol. Eso me salvó la noche.
Por fortuna la nueva generación no es tan tímida, algunos son más lanzados. Pero nos defendemos mejor detrás del computador que en público.
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