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| 3/14/2009 12:00:00 AM

Doctores y maestros

Los programas de maestría y doctorado son un porcentaje mínimo de la oferta universitaria. Sin embargo, el país empieza a dar pasos firmes hacia su desarrollo.

Es un hecho que Colombia sufre de ‘doctoritis’. Cualquiera que tenga una posición social o laboral un poco más alta le dicen ‘doctor’. Sin embargo, la realidad es que en el país hay muy pocos doctores con un diploma que acredite ese título académico. Es decir, que hayan cursado el peldaño más alto de la educación superior.

El país no sólo necesita verdaderos doctores en todas las áreas, sino graduados en maestrías. Según cifras del Ministerio de Educación, apenas el 1 por ciento de los programas de educación superior en Colombia son de maestría y el 0,1 de doctorado. Aunque es normal que los porcentajes sean pequeños si se los compara con los programas de pregrado (67,5 por ciento), podrían ser mayores. Aunque el país tiene un rezago en la materia respecto a otros países latinoamericanos (en 2006, Colombia graduó a 321 doctores, Chile a 1.256 y Cuba a 3.124), también es cierto que ha habido un crecimiento importante en poco tiempo. En el período entre 1986 y 1990, Colombia ofrecía nueve programas de doctorado, mientras que entre 2003 y 2007 la cifra llegó a 42.

Las maestrías pueden tener dos enfoques, uno que enfatiza en profesionalizar aún más al estudiante, y otro que le da herramientas para investigar en su campo. Los doctorados, en cambio, están esencialmente dirigidos a lo segundo. El padre Vicente Durán, vicerrector académico de la Universidad Javeriana, afirma que en el doctorado está “la cúspide del conocimiento. Sus tesis deben ampliar el saber con un aporte sobre algo que no se tenía y que desarrollen la ciencia”.

Pero no basta con ofrecer más programas, sino empezar a cambiar la cultura sobre los estudios de posgrado. Según el padre Durán, en Colombia suele ocurrir que después de obtener su diploma de pregrado, un profesional se dedica a trabajar varios años antes de empezar una maestría o un doctorado. Por eso, pone como ejemplo contrario el caso de Alemania: “En los países que tienen una vocación investigativa, los estudiantes suelen empezar su doctorado en cuanto terminan el pregrado. En Europa hay gente que antes de cumplir 30 años ya ha hecho su doctorado. En Colombia hemos hecho algo al respecto, pero la idea es que desde el pregrado se introduzcan más elementos de formación investigativa”, dice. Añade que el problema cultural también se extiende a las empresas, pues en el país siempre se ha acudido más a la transferencia de tecnología que al desarrollo propio, algo que aplica tanto a las empresas criollas como a las multinacionales. Y sostiene, además, que la alianza entre universidades y empresas queda coja si no entra el Estado, que es el que desarrolla las políticas públicas.

El tema económico también tiene mucho que ver a la hora de iniciar un posgrado. Los dos años de una maestría o los cuatro o cinco de un doctorado son una inversión enorme en tiempo y dinero, recursos que no abundan en un país como Colombia. Y al poner gran parte de la carga económica en el estudiante, el acceso disminuye. Por eso, aunque aquí no se tenga la chequera de los países desarrollados, sí se pueden poner en marcha estrategias que han dado resultado allá. Como dice Doris Santos, coordinadora del proyecto de autoevaluación de posgrados de  la Universidad Nacional, “la infraestructura en la que se basa un doctorado en cualquier parte del mundo debe tener un buen componente de financiación estatal. Uno de los problemas de nuestros estudiantes es que para dedicarse solamente al programa de doctorado tiene que pagar”.  
Santos afirma, por otra parte, que el componente económico también se nota en que el interés por las maestrías o los doctorados depende en buena medida del mercado laboral: “Las ingenierías o las ciencias básicas aplicadas ofrecen posibilidades de vinculación más altas, sobre todo si hay empresas interesadas en llevar investigadores que las lideren”.

A pesar de los problemas, el panorama no es desalentador, si se tiene en cuenta el ritmo de crecimiento de los programas de maestría y doctorado. Además, la nueva Ley de Ciencia y Tecnología puede servir como un importante trampolín para el desarrollo nacional, siempre y cuando no quede como letra muerta.

La meta del gobierno es que para 2010 el 15 por ciento de los docentes de posgrado tengan formación doctoral. Para el año 2019, la aspiración es llegar al 30 por ciento. En números reales, la esperanza para la próxima década es pasar de 42 programas de doctorado a 152, y que de 3.854 graduados, 1.564 sean docentes.

Si se logra lo anterior es posible que dentro de 10 años, si a alguien le dicen ‘doctor’, es probable que no se trate de una señal de reconocimiento social, sino de una realidad académica.
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