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| 3/12/1990 12:00:00 AM

Donde ponían las garzas

En Villamaría, Caldas, por el cuento de unas garzas se produjo toda una cadena de equivocaciones.

La cita se acordó para las cinco de la mañana en el parque principal del barrio La Pradera, el más popular del municipio de Villamaría, Caldas.
Hombres y mujeres comenzaron a aparecer por las esquinas de la plaza, armados de hachas y machetes y se apostaron bajo los frondosos urapanes, orgullo de esta población caldense.
Habían tomado una decisión: podar los árboles para echar del pueblo a unos "intrusos" que hace tres años llegaron a Villamaría.
Esos "intrusos" son diez mil garzas migratorias que en una de sus tantas travesías por el continente y que por esas cosas de la naturaleza aterrizaron en Villamaría, armaron sus nidos en los urapanes y se quedaron quizás con las esperanzas de no volver a emprender esas largas jornadas sin un destino final. Son aves que comienzan su trabajo a las seis de la mañana, cuando parten hacia el nororiente de Caldas rumbo a La Dorada, Puerto Salgar y Aranzazu, para posarse detrás de la pata de cualquier vacuno y "limpiar" los potreros de insectos y bichos que tantas enfermedades le producen al ganado.
Pero el domingo 4 de febrero la gente de La Pradera no quería volver a saber de estas garzas de plumas blancas y largos picos que se multiplican como los panes. A las aves se les culpó de las enfermedades broncorespiratorias y alergias que mucho antes de su llegada nadie padecía en Villamaría. Los olores fétidos de los excrementos que todos los días amanecían en el parque eran la mejor prueba condenatoria contra las aves.
Pero no todos los habitantes de La Pradera compartían estas tesis. El pueblo se dividió entre quienes apoyaban la poda de los urapanes para que las garzas abandonaran el parque y buscaran "vivienda" en la parte rural de Villamaría. El otro bando propuso que se hicieran exámenes de laboratorio de los excrementos de las aves y se determinara médicamente si eran portadoras de virus que atentaran contra la salud de los habitantes.
El primer grupo inició una campaña para recolectar firmas y llevarlas a las oficinas del Inderena,regional Manizales, con el fin de que los funcionarios encargados del medio ambiente autorizaran la poda de los urapanes. Un poco más de la mitad de los habitantes del barrio apoyó la tala.
A estas alturas, en Villamaría se vivía otro dilema. Cómo talar unos árboles de la plaza principal cuando hace apenas seis meses el Inderena le había otorgado el grado de Municipio Verde de Colombia, por su labor ambiental y ecológica.
Mientras tanto, la alcaldesa de Villamaría, Beatriz Peralta, solicitó al médico del pueblo, Javier Cura, realizar los análisis de laboratorio que a la postre dieron un resultado negativo. Los excrementos de las garzas no tenían nada que ver con la gripa, el asma y las afecciones pulmonares.
Sin embargo, el concepto del médico fue demasiado tarde. El Inderena regional ya había autorizado la tala de los urapanes y los mismos funcionarios que dieron el visto bueno se encargaron de tumbar los árboles, destruír los nidos de las garzas y dejar morir a los pichones que fueron enterrados por los pobladores en una fosa común.
La tala duró toda la mañana del domingo y la gente permaneció en el parque a la espera de las bandadas de garzas que todos los días llegan al pueblo en punto de seis. Las aves sobrevolaron por varios minutos a Villamaría y como nunca encontraron sus nidos decidieron que esa noche dormirían encima de los tejados. El problema de los excrementos se multiplicó y el daño ecológico en el parque de La Pradera ya estaba hecho.
Los habitantes de Villamaría no acaban de recuperarse del golpe por la destrucción de diez hermosos urapanes y del fracaso por espantar a las aves de la zona residencial, cuando recibieron uno más duro: el director general del Inderena,Germán García Durán, ordenó la suspensión del grado de Municipio Verde a Villamaría y pidió una investigación disciplinaria contra los funcionarios que autorizaron y ejecutaron la poda de los urapanes de La Pradera.
El peligro para las garzas no ha pasado. Como el primer intento fracasó, algún sector de Villamaría ha pensado que la mejor solución son las escopetas de dardos. Pero antes de que se presente un "garza-genocidio", la alcaldía ha tomado cartas en el asunto. El habitante que sea sorprendido atacando a las garzas pasará 72 horas en el calabozo del cuartel de la Policía.
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