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| 4/19/2008 12:00:00 AM

Dr. Jekill y Mr. Hyde

No todos los sicópatas son criminales. Algunos de estos perversos personajes viven libres en la sociedad y hasta ocupan altos cargos. Es más, uno de ellos podría ser su jefe.

Las películas de Hollywood han forjado en el imaginario de la gente la idea de que los sicópatas son los asesinos en serie y que la mayoría, excepto tal vez, Hannibal Lecter, termina tras las rejas. Y aunque es cierto que el 62 por ciento de la población carcelaria podría ser diagnosticada como tal, hay muchos sicópatas que no han matado a nadie y caminan libremente por las calles. Lo que es peor, hasta su jefe podría serlo. A diferencia de los asesinos en serie, estos no están interesados en coleccionar cadáveres, pero en su ambición por llegar a la cima de la sociedad no les tiembla la mano cuando tienen que 'eliminar' a alguien de su puesto. De esta forma crean un clima de terror en las organizaciones y maltrato sicológico en sus víctimas.

Esa es la tesis de Iñaki Piñuel, un experto en el tema del acoso laboral y de sus victimarios, es decir, los sicópatas organizacionales. En el contexto del mundo moderno, donde la economía es competitiva y salvaje, y se requiere de individuos agresivos que arrasen con la competencia, los sicópatas de cuello blanco han logrado camuflarse como líderes y por ello, no sólo logran pasar inadvertidos sino que escalan rápidamente en la estructura de la compañías y la sociedad. Y, a diferencia de los criminales, no usan puñales, sino su encanto, su habilidad para saltar obstáculos, manipular y lograr sus objetivos libres de toda culpa. El error es verlos como locos, dice Piñuel, quien acaba de escribir un libro sobre el tema. Por el contrario, son encantadores de serpientes dotados de magnetismo y habilidad para mentir y maquillar las situaciones a su favor. "No hay que buscarlos en la base de la pirámide de la organización, sino en los puestos directivos", agrega Piñuel.

Por eso es difícil reconocerlos. Y lo es aun más porque muchas personas pueden tener rasgos sicópatas sin serlo en el estricto sentido de la palabra. Aquel que no respeta la fila, quien altera la pesa de la balanza para sacar ventaja de su cliente, a quien no le importa llevar en el carro a su hijo pequeño sin el cinturón de seguridad o el que maltrata a sus empleados tiene características de este trastorno. Pero sólo si estos se acentúan y perduran en el tiempo podrían llevar a un diagnóstico positivo. Para que esto ocurra, dice el siquiatra José Posada, se requiere que se cumplan al menos tres de siete comportamientos: el desprecio por los derechos, la falta de adaptación a las normas, deshonestidad y falta de culpa, entre otros (ver recuadro). "Todos tenemos algo de narcisos, de paranoides, de histriónicos, pero el sicópata tiene todo acentuado", dice el experto.

El tema tiene preocupados a los expertos puesto que la sociedad actual está promoviendo y hasta cierto punto premiando a los individuos con este tipo de trastornos. "Al que logra burlarse la norma lo consideran vivo, avispado y echado pa'lante", dice Posada. Explica que en una sociedad maquiavélica, en la que el fin justifica los medios, esta persona logra un tremendo éxito social. El presidente George W. Bush, con sus mentiras sobre las armas de destrucción masiva en Irak, dio una muestra clara de un líder con rasgos sicópatas. Y para no ir más lejos, el paramilitarismo, la para-política, el narcotráfico, la corrupción y la falta de apego de muchos de los líderes políticos a las normas, todos fenómenos que han azotado a Colombia, son muestra de esto.

El sicópata nace y se hace. El sicólogo inglés J. A. Gray explica que este tipo de individuos, por razones aún no entendidas, es incapaz de sentir miedo como el resto de los mortales, para quienes esta emoción es una capacidad adaptativa. En consecuencia, tiene un limitado sistema de inhibición de la conducta, lo cual le impide tener aprendizajes significativos porque no les teme al castigo ni a las situaciones adversas. Este déficit se ve reforzado en un entorno en el que las reglas son débiles. Además, con frecuencia se observa que estos individuos tuvieron relaciones afectivas pobres en su infancia, lo que les hace pensar inconscientemente que tienen derecho a todo. "No tienen reparos para lograr inmediatamente lo que quieren: me gustó esa mujer, la violo; quiero ese objeto, me lo robo", aclara Posada. La diferencia con el delincuente común es que éste comete sus actos con plena conciencia, mientras que el individuo con este trastorno está enfermo y lo hace convencido de su derecho. Esto explica que actúen con desparpajo en situaciones de peligro. Por eso logran camuflarse fácilmente como políticos, corredores de autos, jueces, religiosos y otros personajes influyentes de la fauna social.

Pero, según Piñuel, el hábitat natural del sicópata es el mundo empresarial, pues su perfil coincide con el tipo de líderes que las corporaciones buscan actualmente: de alto rendimiento, ambiciosos y con una motivación orientada a los logros. O, como lo decía un experto financiero a un grupo de estudiantes de administración de empresas, "una persona con instintos criminales". Allí, los sicópatas no delincuentes van dando paso por paso. Una de las primeras fases es manipular a todos con su encanto y hacerse el mejor amigo y confidente de los empleados, mientras estudia quiénes pueden ser un obstáculo y quiénes pueden servirle de escalón para su ascenso. Armado con todos esos datos pasa a su segunda fase, que consiste en enredar la comunicación interna para dañar la imagen de los potenciales obstaculizadores, crear rivalidades y crearse una buena reputación.

Cuando llega a este punto escoge a sus amigos y a sus enemigos. A unos los compra con adulaciones, promesas e incluso con dinero. A los otros los acosa y presiona para que salgan de su vista e incluso de la compañía. Y si lo confrontan, de manera inteligente logra pasar por víctima o adjudicar la culpa a otras personas, al tiempo que asume como propios los éxitos alcanzados por la empresa. Pero cuando eso sucede, su lista de seguidores es tal, que su versión de los hechos resulta más creíble que la de sus detractores. "Lo que se impone es una actitud dócil que denomino el silencio de los inocentes, pues sus víctimas terminan por callar todos sus abusos y por ello los sicópatas quedan eximidos de toda crítica moral". Y lo que es peor, al salir victoriosos con esa actitud despiadada, van invirtiendo los valores de la sociedad, al punto de que los demás empiezan a envidiar y a seguir su modelo para lograr el mismo éxito que ellos han conquistado.

Lo más desesperanzador es que no existe un medicamento ni un tratamiento efectivo para regenerarlos. "No van a cambiar, porque no se arrepienten. Es más, ellos se consideran víctimas e imponen sus propios códigos",dice el siquiatra Jorge Téllez. Por eso lo mejor es saber detectarlos y tratar de alejarse de ellos.
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