Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1987/11/23 00:00

DULCE AQUELARRE

El 31 de octubre los niños colombianos celebran una fiesta cuyos orígenes paganos se remontan al siglo II a. de C.

DULCE AQUELARRE

"Triqui triqui Halloween, quiero dulces para mí, si no hay dulces para mí se te crece la nariz". En la noche del 31 de octubre, miles de niños colombianos salen a las calles de las principales ciudades del país, disfrazados de brujas, espantos, payasos o de cualquier cosa, a cantar ese estribillo mientras tocan a las puertas de los vecinos. Aunque se le dé otro nombre y se trate de enfocarla de diversa manera, esa ocasión no es ni más ni menos que el coletazo trasatlántico y transcultural de una fiesta milenaria, de origen europeo, el Halloween o noche de las brujas.
Pocas fiestas tienen un origen más extraño y paradójico que el Halloween. Sus inicios se asocian con los ritos primitivos y hasta salvajes con que los druidas, una comunidad celta formada en el siglo 11 a de C. celebraban la terminación de su año, que coincidía con el final del verano. Los ritos honraban el dios Sol y al señor de los difuntos, pues creían que en esa misma fecha, las personas que habían muerto en ese año se reunían para que su soberano determinara la forma que debían asumir durante el año siguiente, o les permitiera ir al paraíso. Los sacerdotes sacrificaban animales y en ocasiones, hasta seres humanos. Esas costumbres fueron prohibidas por los romanos cuando conquistaron Bretaña, pero sobrevivieron por muchos años, hasta bien entrada la era cristiana.
Con la llegada del cristianismo quedaron abolidas las fiestas paganas, pero las comunidades, enfrentadas al hecho de que los santos y mártires sobrepasaban en número a los días del año, adoptaron una fecha para honrarlos a todos y escogieron precisamente aquella que anteriormente simbolizaba sus creencias primitivas. Por ello, la festividad de todos los santos no ha podido desligarse en algunos países de sus orígenes paganos. En el siglo VIII el Papa Gregorio III trató de quitarle todo vestigio non sancta y la trasladó al 1° de noviembre, pero no fue sino hasta un siglo más tarde que Gregorio IV la consagró oficialmente dentro de las fiestas de la Iglesia.
Entre tanto, fuera de los muros de los templos, la convicción de que en Halloween se reunían los espíritus sin santificar seguía incólume, tanto que esa fecha se convirtió en expresión de la brujería y los ritos satánicos que florecieron en la Edad Media. De esa época provienen las imágenes que hablan de aquelarres en que las brujas volaban acaballadas sobre escobas, en compañía de sus gatos negros. La noche de Halloween se convirtió en un rito sabático en que no faltaba el Principe de las Tinieblas en medio de ceremonias sacrilegas.
Aún con esas connotaciones tan poco piadosas, la fiesta del Halloween sobrevivió las grandes persecuciones que le dieron su sentido a la expresión "cacería de brujas".
Las costumbres paganas relacionadas con el Halloween se mantuvieron en Irlanda, Escocia, Gales e Inglaterra y florecieron aún hasta el siglo XIX. Los campesinos, particularmente de las áreas más remotas, continuaron hasta entonces en la práctica de ritos para dispersar a los espíritus, mientras permanecían toda la noche reunidos para no tener la desagradable experiencia de encontrarse a solas con un espanto. Como se suponía que los espíritus eran burlones y jugaban malas pasadas, los jóvenes comenzaron a salir disfrazados a hacer algarabía y pilatunas que sus mayores en principio atribuían a los difuntos.
De ahí a exigir regalos para no hacer daño, no había sino un paso.
Aunque la población de Estados Unidos se formó de colonos anglosajones, no fue sino hasta bien entrado el siglo XIX que la fiesta del Halloween se generalizó allí. Su detonante fue la emigración masiva de irlandeses que siguió a la famosa hambruna de 1840. Las antiguas tradiciones, como la de la calabaza (Jack O'Lantern) y los disfraces, reverdecieron con más fuerza, pero lo que caracterizó más la fiesta fueron los recorridos de los niños y adolescentes que pedían confites a cambio de no hacer alguna chanza pachuna. Hay quienes afirman que el trick or treat (el triqui triqui de los colombianitos) que podría traducirse como "broma o trato", tiene antecedentes desde que los labriegos celtas recorrían de casa en casa la región pidiendo dádivas para las ceremonias, y prometiendo prosperidad para los dadivosos y problemas para los tacanos. Sea cual fuere el origen del triqui triqui, lo cierto es que a partir de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en una verdadera amenaza para el orden público en los Estados Unidos, cuando las bromas se convirtieron en auténtico vandalismo.
Para contrarrestar el fenómeno, las autoridades prefirieron canalizarlo antes que reprimirlo y crearon fiestas y eventos oficiales que incluían desfiles y fanfarrias muy a la americana que son la costumbre más generalizada hoy en día.
La costumbre del Halloween llegó a Colombia como una consecuencia directa del establecimiento en el país de colegios bilingues de origen norteamericano, desde los primeros años 50. Pero aquí ha tomado sus características propias. Si bien al principio se limitó a los niños ricos que paseaban en sus barrios, pronto atrajo la atención de las clases menos favorecidas, que inundaron de niños pobres los sectores elegantes. Hoy, no hay jardín infantil que no haga su propia celebración, pero la salida de los niños a la calle ha cambiado su perfil.
Aunque se trate de olvidar el origen foráneo de la celebración, su verdadera procedencia es inocultable. Mientras los fabricantes de dulces siguen teniendo en octubre el mejor mes del año --según Jacobo Tovar director de mercadeo de Colombina venden el doble de un mes normal--, los niños siguen esperando con ansiedad la llegada de la noche de las brujas para disfrazarse y recordar, sin saberlo, a unos remotos druidas paganos entregados a unos ritos insondables.--

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