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| 10/29/2010 12:00:00 AM

El amanecer en una unidad de criminalística

La muerte suele tener sus horas pico, casi siempre después de la 1:00 a.m., cuando la gente empieza a salir de las discotecas. Crónica.

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Soho
Es noche de viernes de quincena en Bogotá. La gente sale de su trabajo dispuesta a beber todo el licor que no bebió en los 15 días anteriores. Muchos morirán. Unos en una pelea de borrachos, otros por una deuda pendiente, otros en el pavimento liso y baboso en un accidente de tránsito. Ha llovido durante todo el día y eso es un punto a favor: algunos se salvarán de morir porque tienen frío. Al menos hasta el próximo fin de semana. Pero mientras los muertos de esta noche salen del trabajo, el equipo de criminalística de la Policía empieza su turno de 12 horas. El amanecer será su atardecer si las miles de millones de maneras posibles que tiene la gente de morir en una ciudad se lo permiten: un muerto media hora antes de culminar el turno puede arruinarles el descanso. Sin embargo, la muerte madrugó hoy. Son las 6:00 p. m. y ya hay un cadáver que levantar.

Un anciano se rodó por las escaleras a solo seis calles de la Policía Metropolitana de Bogotá, en la avenida Caracas con calle 6.ª. Y Rander, un monteriano amable y conversador, ya fue en el Necromóvil por él. O Paletera, así también se le conoce al vehículo donde se guardan los muertos. Y a veces de la Paletera sale un Teletubbie, como se le conoce al traje de bioseguridad que a veces se deben poner para casos complejos, sitios donde hay mucha sangre, caños contaminados, cuerpos en alto grado de descomposición. El equipo de criminalística se toma la muerte con humor, pero con respeto. Ternura, quizá sea más preciso decir. A veces le hablan al muerto. Le preguntan quién lo mató, le piden que coopere. Dicen que el contacto con los muertos les da defensas. El humor les ayuda a amortiguar el golpe de la muerte, de su olor, que es tan fuerte que hace llorar. Unos dicen que un ser humano muerto equivale al olor de 20 perros muertos. Mientras más se mueve el cadáver, más huele. Los gases en su interior se mueven y buscan salida. Eructan, vomitan y orinan. No hay nada peor que el pedo de un muerto.

La muerte suele tener sus horas pico, casi siempre después de la 1:00 a.m., cuando la gente empieza a salir de las discotecas, se forman peleas, hay ajustes de cuentas. O intoxicaciones por licor adulterado. En cuestión de minutos, una noche tranquila se puede convertir en un infierno. El martes 28 de septiembre, por ejemplo, las tres unidades de criminalística de la Policía ya habían levantado un cadáver a las 10:00 p.m., solo cuatro horas después de iniciado el turno. A veces, todas las unidades se encuentran en escenas del crimen, casos por completo diferentes, a una o dos calles de distancia. Eso pasa incluso con la disminución de los homicidios en Bogotá en el primer semestre de 2010, donde la tasa por 100.000 habitantes disminuyó al 21,8% con respecto a la de 22,7% de 2009.

Pero también ha pasado que una sola persona mata a cinco a la 1:00 a.m., como ocurrió hace ocho meses en el norte de Bogotá: cinco muertos y un asesino que acabó con una fiesta que había en la mitad de una calle. Terminaron de levantar los muertos a las 6:00 p.m., 12 horas después de finalizado el turno del equipo, porque el trabajo es arduo: deben estudiar la trayectoria de las balas, buscar huellas, fotografiar cada milímetro de pavimento. Para eso tienen un laboratorio móvil en una van diminuta, avaluado en 1500 millones de pesos. Por eso, la próxima vez que vaya a matar a alguien, lector asesino, tenga en cuenta el cambio de turno del equipo de criminalística. No es justo que tengan que trabajar más de lo debido porque usted decidió matar a cinco personas a la 1:00 a.m., o porque no encontró otro momento diferente a las 5:30 a.m., media hora antes del cambio de guardia.

Son las 10:00 p.m. y el anciano que se cayó por las escaleras continúa solo en la Paletera. En un rato "salen", dicen los policías, como si los muertos siempre hubieran sido, como si hubieran nacido muertos. No hablan de personas que mueren, sino de muertos que "salen", como si estuvieran guardados en algún lugar y salieran a la calle a ser recogidos. A veces los cuerpos esperan a los policías en un lago hemático, nombre técnico del charco de sangre. Otras veces, flotando en un río, como una mujer que fue ahorcada y tirada al agua. La encontraron 20 días después con racimos de huevos de abeja saliendo por su nariz y el olor que emanaba era tan fuerte que se salía de la Paletera y atravesaba la máscara del conductor. Otras veces están subidos en un poste de electricidad, como un indigente que estaba robándose un cable y el choque eléctrico le reventó las extremidades. Yeimi Rocío Cortés Sánchez esperó a Rander, el Paletero, en seis bolsas negras a lo largo de un caño en Ciudad Bolívar a finales de septiembre pasado. Yeimi, una enfermera de 25 años, fue descuartizada por su esposo, al parecer por celos. Rander recuerda que las partes estaban muy limpias, sin sangre, como si el asesino las hubiera lavado. Las manos no tenían las yemas de los dedos y los fémures fueron pelados por completo. El culpable fue descubierto gracias a un sofisticado sistema de luces forenses con que inspeccionaron la vivienda. Toda la casa olía a detergente, pero la sangre es imposible de borrar.

Y "salió" el tercer muerto de la noche. El segundo fue para el CTI, pero la Policía no se entera de los detalles de esos muertos. Se nota algo de rivalidad y celos profesionales, pero este muerto es nuestro. Fue llevado al Centro de Atención Médica Inmediata (Cami) de Patio Bonito.

—¿Por qué conducen sin cinturón? —les pregunto a los policías.

—¿Cómo que no tenemos cinturón? Mírelo —y se toman el cinturón del pantalón. Se ríen de mí. Son policías rockeros. Lenny Kravitz, Radiohead y Queen suenan en la patrulla. El teléfono de uno de ellos silba cada minuto los primeros segundos de Engel, de Rammstein. Me explican lo del cinturón—. Nos quita capacidad de reacción.

Unas calles antes de llegar un borracho retiene a una mujer y forcejean. El hombre tiene el cinturón suelto, listo para usarlo. Parecen puestos ahí para callarme la boca y demostrarme la capacidad de reacción de la Policía. El borracho se disculpa, la mujer huye en un taxi. Seguimos el camino y le bajan el volumen a la música para escuchar el radio: alguien disparó desde la calle contra la ventana de una casa en la calle 32 y mató a una bebé de 18 meses. La subintendente Aída Rojas va para allá mientras nosotros llegamos al Cami de Patio Bonito. El muerto nos espera en una camilla. Cuatro puñaladas en la espalda, una en el cuello. Tiene bolsas plásticas en las manos porque es posible que haya arañado al agresor y se debe proteger el ADN que puede haber dentro de las uñas. El asesino escribió con un marcador sobre casi toda la piel de la víctima, pero la sangre que salió de la yugular borró las letras. En los brazos se distinguen algunos números. En el abdomen se alcanza a leer "Gisele felicitaciones". Los policías dicen que parece una venganza.

Sobre la camilla, dentro de una bolsa blanca, el cadáver tiembla como una gelatina gigante al ser arrastrado hasta la Paletera. La muerte es la pérdida del aplomo, del equilibrio. El anciano ya tiene compañía. Cuando se llenen los seis camarotes —que están entre 6 y 16 grados centígrados—, Rander irá a Medicina Legal a descargar. Me dice que en una Paletera similar un compañero recogió en la base militar de Catam al Mono Jojoy, el cadáver más famoso de 2010. Varios vieron el cadáver. Algunos notaron un golpe fuerte en la cabeza, otros lo vieron lleno de esquirlas, otros dicen que estaba sin pelo y lleno de pantano y todos coinciden que ya estaba muy descompuesto, lleno de llagas y con un olor fatal, una descomposición veloz por el clima malsano de la selva. Por eso, a todos les llamó la atención el extraño buen estado de uno de los cadáveres que se encontraron cerca al del Mono Jojoy. Era una mujer blanca, todos dicen que muy bonita. Para uno, ha sido la muerta más bonita que ha visto en su vida. Tenía solo una herida en todo el cuerpo: una esquirla en la frente. A veces la muerte necesita de muy poco para llevarse a alguien.

—A uno le toca ver cosas muy raras. Cada muerte es diferente. Una vez vi a un tipo al que le metieron cinco tiros y no se murió. Al lado de él en el hospital estaba un amigo suyo, que le dieron un solo tiro, en la cabeza, y se murió —dice el subintendente Róbinson Muñoz. Mientras habla no deja de mirarse las uñas. Como el resto del equipo, las tiene pintadas con esmalte transparente. Higiene, afirman.

De regreso en la estación de Policía, el sargento Omar Cárdenas se dedica a llenar el informe de la muerte del apuñalado y a ver las fotos del cadáver. En Photoshop las cambia de color para tratar de leer con más claridad las palabras que escribió el asesino. No importa que el turno termine a las 6:00 a.m. sin ningún cadáver inoportuno para recoger, él deberá seguir conectado con la operadora de la Policía. Su rango no admite descanso. Sin embargo, en la profundidad de la casa donde vive con su papá tiene un cuarto alejado, con cortinas azul oscuro para evitar la entrada de los rayos del sol. No tiene problemas para dormir parado o sentado, no tiene pesadillas. En sus sueños no hay muerte. Estuvo varios años combatiendo contra la guerrilla en Arauca y cuando regresó a la ciudad durmió al menos durante tres meses en el piso. Compró el colchón más duro que pudo para poderse acostumbrar a dormir de nuevo en una cama.
Le pregunto por el amanecer más bonito que ha visto recogiendo muertos y dice que fue en Arauca, en la vereda El Tablazo, donde murieron unos compañeros suyos en un combate contra la guerrilla. Es un hombre desconfiado.

—Usted pregunta por dos para sacar tres

—dice cuando advierte que tomo apuntes. Se calla y continúa trabajando en su computador. El resto del equipo trata de recordar los amaneceres más bonitos que han visto al lado de la muerte, pero no lo consiguen. En cambio, sí se acuerdan de sus primeros muertos: un hombre al que se le explotó una caja llena de pólvora, una mujer a la que se le estallaron las venas varices y murió desangrada, un profesor de yoga que se ahorcó un viernes en la noche y fue encontrado el miércoles siguiente en la mañana. Los vecinos lo oían poner música para meditar todos los días a las 4:00 a.m. Su estado de descomposición era tan avanzado que la cuerda en su cuello estaba a punto de decapitarlo. Con estas historias nos vamos quedando dormidos uno a uno dentro de la patrulla, esperando a que la muerte nos despierte con el graznido de pingüino que emite el radio. Un pingüino que anuncia la muerte.

Los viernes de quincena estos hombres se encuentran con la muerte al menos ocho veces. Hoy, por suerte, llevan solo tres. En cambio, la muerte me ha tocado a mí solamente siete veces en toda la vida: una abuela y dos abuelos, mi padrino, que siempre supe que se iba a morir de cáncer en la nariz, pero lo atropelló una moto que se escapó; la tía abuela Inés, que me regalaba carritos de lata y me daba de comer panderitos en la boca; Claudia, una vecina que fue violada por un vecino en un cafetal; el Bizco, otro vecino al que su esposa mandó asesinar. Yo tenía cinco años, salí a botar la basura en la calle y me saludó. Fui la última persona con quien él habló. El sicario le disparó en la cabeza, un solo tiro, contra el ojo. Supongo que fue contra el ojo de vidrio.

Son las 6:00 a.m. El graznido de pingüino del radio no volvió a sonar. Todos nos vamos a la casa a dormir. El cielo tiene el color blanco-azul de un témpano de hielo.
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