Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2016/05/08 18:52

El amor a una madre y el drama del cáncer

Una hija sacrificó su tratamiento oncológico por cuidar a su madre, también diagnosticada con un tumor. Esta es su increíble historia de generosidad.

El amor a una madre y el drama del cáncer Foto: Guillermo Torres / SEMANA

El diagnóstico de cáncer es una noticia difícil de digerir no solo para el paciente sino para toda su familia. Así fue en la casa de Adriana Torres, cuando supieron que su mamá Yolanda Jiménez de Torres, en ese entonces de 56 años, tenía cáncer de útero. Fue un baldado de agua fría para Adriana y sus dos hermanos, quienes no solo pensaban en la salud de su madre sino en cosas prácticas como quién la iba a llevar a las citas médicas, quién la acompañaría en el proceso de recuperación luego de la cirugía, quién ayudaría con los tramites de autorización para todos los procedimientos que requería su madre enferma.

Todos trabajaban en ese momento. Pero de los tres hijos, Adriana, quien vivía con sus padres, era la única con un contrato por prestación de servicios y por eso decidió renunciar a su empleo en una empresa multinacional. La decisión fue acertada, pues ese año, entre citas médicas, autorizaciones, trámites de cirugía, reclamación de medicamentos y las sesiones de radio y quimoterapia, su puesto era de tiempo completo y horas extra. Su madre era una paciente delicada que además de cáncer tenía hipertensión y diabetes.

“A ella le hicieron histerectomía y luego braquiterapia (un tipo de radioterapia) lo que hizo que el primer año fuera muy complicado. Luego su cáncer estaba en remisión pero aún había mucho que hacer todo el día: yo la acompañaba a caminar una hora diaria, estaba pendiente de su dieta, hacia manualidades con ella y cada tres meses la llevaba a los controles médicos”.

A los cinco años del diagnóstico de su madre, Adriana consideró que era tiempo de volver a trabajar y aprovechó una oferta que le hizo una amiga para vincularse a un almacén de repuestos de carro. Cuando fue a los exámenes de rutina para afiliarse a una EPS, le detectaron una masa en el seno. Era un granito de arroz al lado del pezón que ameritó una biopsia.

“Fuimos mi mamá y yo a entregar la biopsia y antes de hacer el estudio el médico me dijo que lo más probable era que fuera cáncer. En ese momento mi mamá, que había sido fuerte con su enfermedad y me consolaba a mi cuando estaba triste por ella, se derrumbó y empezó a llorar. Todo el camino por el hospital hacia la casa fue dejando un mar de lágrimas”.

El experto confirmó el diagnóstico y ahora madre e hija tenían cáncer. El de Adriana, como el de su madre, fue encontrado in situ, es decir, antes de que hubiera migrado a otros órganos y cuando la probabilidad de sobrevida es mucho más alta. A pesar de esa buena noticia, el médico consideró necesario remover todo el seno y Adriana tuvo que someterse a una mastectomía.

“Mi mamá había sido muy fuerte pero verme enferma fue terrible para ella. Ella fue la que me cuidó después de la cirugía. El médico quería que además recibiera cuatro quimios y cuatro radioterapias para sellar el tratamiento y poder estar tranquila. Pero mi mamá también estaba en quimio y braquiterapia y decidí que lo mejor era postergar mi tratamiento porque no podíamos estar las dos enfermas. ¡no teníamos quien nos cuidara! Mi hijo en ese momento tenía apenas siete años y mi papá ya muy viejo. Mi mamá necesitaba ayuda, que yo la bañara, que le hiciera los cuidados para aliviar los efectos de la braquiterapia que eran duros y yo sabía que una quimio me dejaría sin cansancio para hacer ese trabajo. Además mi mamá ya estaba en la mitad de tratamiento”.

Y así fue. La madre de Adriana terminó tratamiento mientras su hija se saltó el tratamiento y siguió con un medicamento conocido como Tamoxifeno, que se da durante cinco años para evitar que el cáncer vuelva a aparecer. Pero en ciertas pacientes tiene consecuencias secundarias como el engrosamiento del endometrio. Eso le sucedió a Adriana y ante esto los médicos optaron por una histerectomía, la misma cirugía a la que años atrás había tenido que someterse su madre. Esta vez los papeles se invirtieron y fue la madre quien tuvo que cuidar a la hija.

“Ella estaba mejorcita para cuidarme y pasó todo el tiempo conmigo.. Pero cuando pensamos que ya ambas estábamos estabilizadas ella empezó a sentirse mal, con fiebre y escalofríos en las tardes. Yo pensaba que era por un problema que ella tenía en la pierna porque sus exámenes eran todos buenos. También pensé que eran efectos de la braquiterapia. Pero por una biopsia en el hígado supimos que el cáncer había regresado”.

Doce años después del diagnóstico inicial, el 20 de febrero de 2009, la madre de Adriana falleció. Tenía 65 años. En medio del luto, en marzo a su hija le detectaron metástasis en ganglios lo cual la lleva de nuevo al quirófano. Esta vez le recetaron 20 sesiones de quimio más 33 de radio terapia. El proceso fue muy duro porque sentía náuseas y cansancio todo el tiempo.

“Con la muerte de ella se fue una parte de mi. Éramos amigas y confidentes, teníamos una relación muy íntima. Las dos duramos tres años con la enfermedad y siempre nos animábamos. Al no estar ella me cuidó mi hijo, César Camilo, quien tenía 12 años en ese momento. Todo me daba mareo, hasta el olor del agua caliente y yo lloraba de verme tan impotente. El me cogía la cara y me decía ‘ya no te va a dar más, eres súper fuerte, tu no te me puedes ir, no me puedes dejar solo con mi abuelito’. Entonces me tocó ser fuerte para él”.

Aunque no se sabe si su enfermedad empeoró por no hacerse el tratamiento ella no se arrepiente de la decisión. “Primero estaba mi mamá. Yo le di todo lo que ella necesitó, hasta la oportunidad de que ella terminara su tratamiento aunque yo tuviera que sacrificar el mío. Ella murió con la satisfacción de que nos dimos todo mutuamente. Ella aun me hace mucha falta”.

Cesar Camilo tiene hoy 18 años y estudia gastronomía mientras en el día trabaja como mesero. Adriana desde hace cinco años no tiene rastro del cáncer. Teniendo en cuenta que duró casi dos años en quimioterapia pidió pensión por invalidez y ahora se dedica a ayudar a otros pacientes con esta enfermedad.

“Tengo mucho conocimiento del cáncer. Los asesoro para que denuncien porque dan citas a seis meses y les alargan las quimios. También los asesoro en nutrición y los apoyo emocionalmente. Solo hablar ya ayuda mucho. Para darles ánimo les cuento mi historia, que he tenido tres metástasis y que aún sigo viva”.

Como muchos otros sobrevivientes de cáncer, al principio Adriana no entendía porque ella debía padecer esta enfermedad, especialmente si había pedido a Dios en sus rezos que le diera un hijo y no era lógico que le concediera esa dicha pero ahora tuviera que dejarlo solo tan pequeño. Hoy ve su vida en retrospectiva de manera más clara y siente, incluso, que esa experiencia le trajo más felicidad.

“Yo vivía estresada todo el día. No tenía vida por estar pendiente del trabajo. Nunca fui a un spa, no me dedique tiempo a mi y ahora trato de hacer todo para disfrutar con mi hijo cualquier cosa. Yo trabajaba para darle muchas oportunidades a él pero el cáncer me cambió mis planes. Hoy no tengo mucho dinero pero tengo más que compartir con él y eso es mas valioso que todo el oro del mundo”.

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