Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2009/09/12 00:00

El amor líquido

Todavía no se puede decretar la muerte del amor romántico y eterno. Pero esta ya no es la única manera de amar. Relaciones más cortas, menos comprometidas y más livianas atraen a muchos jóvenes.

El amor líquido

Susán Sarandon dijo en alguna ocasión que el secreto para que su matrimonio con Tim Robbins haya durado más de 20 años es que ambos dejaron de pensar que alguien mejor que su pareja tocaría un día su puerta. Casos como los de esta pareja de actores, imbuidos en el vertiginoso mundo de la farándula, son cada vez más escasos, no sólo en el ambiente del espectáculo. En el mundo contemporáneo las relaciones afectivas y el enamoramiento se parecen más a lo que viven los personajes de Grey's Anatomy o Sex and the city: fogosas, fugaces y frágiles.

El pensador Zygmunt Bauman ha bautizado esta tendencia el "Amor Líquido" en un texto donde muestra cómo la posmodernidad no sólo ha estremecido los cimientos de las ideologías y la política, sino los de las relaciones íntimas. El libro de Bauman plantea "la fragilidad de los vínculos humanos" y las paradojas de las relaciones contemporáneas. La primera paradoja es que aunque las personas están más conectadas por medios electrónicos y de comunicación, no necesariamente están menos solas. La segunda, que aunque la lógica del consumo se ha trasladado a las relaciones, y éstas se toman o se dejan como si se tratara de ir de compras, subsiste el temor a ser "desechado". La tercera es que aunque la gente sigue buscando seguridad, quiere relaciones livianas, que no le cuesten demasiado esfuerzo. De todo esto está hecho el amor líquido.

'Enter' y 'delete'
Bauman llega a la misma conclusión que han llegado los sicólogos: el principal problema que se enfrenta en las relaciones amorosas es la comunicación. Las nuevas generaciones están cada vez más conectadas a redes sociales en Internet o a sus teléfonos celulares, por medio de los cuales se ambientan múltiples relaciones. Pero la comunicación básica, cara a cara, fluye cada vez menos. Es frecuente ver un grupo de personas compartiendo en la mesa de un restaurante, pero cada uno hablando por celular o digitando su blackberry, sin poder sostener una conversación fluida. En los aviones, cada pasajero va imbuido en su computador portátil y es cada vez menos frecuente que se converse con el desconocido de la silla del lado. En los café Internet los jóvenes chatean con personas a las que ni conocen, pero son incapaces de establecer un contacto personal.

La virtualidad es una manera de eludir el compromiso, la duración. Pero la red amplía las posibilidades, las ofertas de amistades o amor. "Chateamos y tenemos compinches con quienes chatear. Los compinches, como bien lo sabe cualquier adicto, van y vienen, aparecen y desaparecen, pero siempre hay alguien en línea para ahogar el silencio con mensajes", dice Bauman.

La pregunta es: en medio de esa virtualidad, ¿dónde queda la experiencia sensual y corporal? La mirada, la caricia, el beso. Todo aquello que Octavio Paz señala en su ensayo La llama doble como el erotismo, que se dibuja en un lienzo: el cuerpo.

Al respecto, el investigador de temas de juventud Carlos Iván García dice que "en el mundo virtual los jóvenes pueden vivir experiencias afectivas sustituyendo incluso lo corporal, por ejemplo con el uso de videocámaras".

Internet permite conectarse sin necesidad de revelarse de manera total. Se crean relaciones superficiales, más bien conexiones de las cuales es tan fácil salir como entrar. Basta con hacer delete para que una relación cultivada en la red, desaparezca.

"El amor, cualquier amor, está hecho de tiempo", dice Paz. Pero no el amor líquido que, fugaz y fragmentario, se acoge a lógica de lo desechable.

Amor consumible
Bauman atribuye a la lógica del consumo las nuevas relaciones. Cita a Leonia, una de las ciudades invisibles de Italo Calvino, un lugar donde las personas "estrenan ropa nueva, extraen de su refrigerador último modelo latas sin abrir escuchando los últimos sencillos que suenan en la radio de última generación" y se embelesan produciendo basura "el placer de expulsar, descartar, limpiarse de una impureza recurrente". Para Bauman, los habitantes del mundo líquido son como los de Leonia, dicen estar ansiosos por relacionarse, cuando en realidad hacen esfuerzos para que las relaciones no cristalicen. "La soledad provoca inseguridad, pero las relaciones no parecen provocar algo muy diferente". Eludir los lazos, el compromiso, en un estado de permanente ansiedad, de exaltación del deseo y de "consumo de relaciones". Es la antítesis de lo que Antoine de Saint-Exupéry menciona en El Principito, cuando el zorro dice que la domesticación "es una cosa ya olvidada (...) significa crear lazos (...) Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo..." La domesticación así entendida es impensable en un mundo de relaciones líquidas que buscan lo liviano.

"Los jóvenes han multiplicado las posibilidades afectivas con prácticas como el rumbeo, los amigovios, vivencias eróticas que no implican el amor. Las relaciones duraderas como destino único se han perdido", dice García.

La sicóloga Marta Chinchilla, experta en temas de pareja, dice que "hoy la gente joven tiene más opciones y demandas de educación, por eso se compromete más tarde o simplemente busca opciones diferentes a la pareja como está concebida tradicionalmente". Es decir, mientras la construcción de una familia y una relación duradera era una exigencia social en el pasado, ahora hay un abanico de oportunidades y mayor libertad para elegir.

Amor fácil
Bauman critica también la idea que enarbolan algunos de que las relaciones deben descansar sobre los hombros como un abrigo liviano para poder deshacerse de ellas en cualquier momento. Algo que Catherine Jarvie, de The Guardian, describió como relaciones de bolsillo: breves, agradables y fáciles.

Con el amor líquido "uno pide menos y se conforma con menos", dice Bauman, pues no está dispuesto a invertir demasiado. Es un amor que no concibe la dificultad ni el sufrimiento. La gente quiere salir ilesa de esa experiencia, no correr peligro alguno ni tener secuelas. Pero el amor siempre implica riesgos. Como bien lo dice Octavio Paz, "como todas las grandes creaciones del hombre, el amor es doble: es la suprema ventura y la desdicha suprema".

Para la sicóloga Chinchilla los códigos sociales del pasado obligaban a la gente a luchar por mantener las parejas en medio de las dificultades. Ahora, cuando el mundo es más abierto, la gente aguanta menos el dolor, sencillamente porque no tiene el imperativo de soportarlo todo en nombre de la estabilidad.

El amor líquido, en definitiva, es un signo de los nuevos tiempos. De que lo fragmentario, la incertidumbre y la inestabilidad se han instalado también en nuestra vida cotidiana. Pero eso no quiere decir que el amor romántico, duradero, que se funda en la intimidad y que tiene como contracara la posesión, la fidelidad y el esfuerzo cotidiano por construirse, no desaparecerá. Lo que pasa es que ya no está solo. No es la única manera de amar, ni quizá se considere la más 'correcta'. Porque si algo es un signo de esta época es la convivencia de todos los esquemas y modelos en una misma ciudad, en un mismo grupo, y a veces hasta en una misma persona.

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