Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2016/10/29 00:00

La magia del desorden

Si usted es de los que a diario ordenan el escritorio y el correo electrónico, está perdiendo el tiempo. Un nuevo libro señala que el caos, la imprevisión y la bulla hacen más creativas y eficientes a las personas.

La magia del desorden Foto: 123RF-Montaje Semana

La mayoría de las personas cree que el orden es sinónimo de una vida mejor. Esto se debe, según el economista y periodista británico Tim Harford, a que la mente humana tiene un apetito voraz por sistematizar, clasificar, planear y estructurarlo todo. En su más reciente libro Messy, Harford argumenta que por eso mismo la gente sucumbe con frecuencia a esa tentación de tenerlo todo bajo control.

“Lo hacen el orador que se pega a un libreto, el jefe que obliga a sus subalternos a arreglar su puesto de trabajo, los padres cuando les dicen a sus hijos que ordenen su cuarto, la gente que insiste en organizar su cuenta de correo electrónico o que llena largos cuestionarios en los sitios para encontrar pareja”, dice. Según Harford, que trabaja en el diario The Financial Times, donde es conocido por el seudónimo del Economista Camuflado, todos están equivocados. Aunque se necesita cierta organización para que el mundo marche, como en la aviación o en una biblioteca pública, en otras circunstancias ese instinto a veces no deja apreciar que el caos, la imperfección, la improvisación y todo lo que perturba el orden son necesarios para la creatividad y la productividad.

Así como el desorden puede ser evidente, también puede haber uno mental causado por la distracción, lo inesperado o el cambio súbito de contexto. Este tipo de situaciones, que todos evitan, pueden ser muy provechosas.

En los ambientes laborales, por ejemplo, la gente que siente la compulsión de arreglar su escritorio se percibe con frecuencia desmotivada e inútil, y esto sucede, según Harford, porque los “espacios ordenados parecen funcionales, pero no lo son”. Los estudios científicos muestran que las personas que organizan sus documentos, conocidas como “archivadores”, son menos productivas que aquellas que dejan que cada hoja de papel se acumule alrededor de su espacio de trabajo, llamados “aglomeradores”. Para estos últimos, el desorden es un recordatorio de que hay que trabajar.

Además, su forma de manejar la desorganización no es del todo caótica. Al poner cada documento encima de otro a medida que van llegando, lo más reciente o lo que se consulta con frecuencia queda siempre arriba. “Es menos elegante”, dice Harford, pero más eficiente. De hecho, así funciona la memoria de los computadores para que los documentos nuevos siempre estén de primeros. “No es un arrume desorganizado, sino una estructura por la cual lo que se usa se mantiene visible y asequible, mientras que lo que no, se queda en el fondo”.

Por el contrario, la gente ordenada tiende a archivar todos los documentos recientes en fólderes y armarios, pero con el tiempo le cuesta trabajo recordar dónde ha ido a parar cada cosa. “Esos gabinetes terminan siendo cestas de basura altamente organizadas”, dice Harford. Con el correo electrónico sucede algo similar. Para mantener limpio el buzón, mueve los mensajes a carpetas, pero según la evidencia, los que solo usan la función de búsqueda encuentran más fácilmente lo que necesitan. Y pasa lo mismo con la compulsión de llevar calendarios.

Un experimento realizado con estudiantes mostró que quienes organizan su horario de estudio mes a mes tienen mejores notas que quienes planean a diario su agenda, “porque adoptaron un sistema más libre, imperfecto y variable que el de los otros, que se imponen a sí mismos un esquema muy justo que fácilmente falla en el mundo desordenado de hoy”, dijo Harford a SEMANA.

Además, los espacios físicos también pueden jugar un papel importante a la hora de estimular o acabar con la creación. Un ejemplo palpable está en dos edificios icónicos de Estados Unidos. Uno, construido por Frank Gehry en 2001 en Los Ángeles como sede de la agencia Chiat/Day, que se diseñó para fomentar la creatividad de sus trabajadores. El otro es el edificio 20 de MIT, en Cambridge, en Estados Unidos, una estructura de madera construida durante la Segunda Guerra Mundial de manera temporal. El primero es una obra de arte, pero el segundo, un lugar horrible en comparación, es el más productivo de los dos. Allí se desarrollaron las ideas más asombrosas del siglo XX, desde la comunicación con microondas hasta el primer reloj atómico. Esto se logró porque para los trabajadores la estética del lugar no era importante y quien necesitara demoler una pared o montar un aparato para su trabajo tenía luz verde para hacerlo.

Otro ejemplo de la magia del desorden es el del músico de jazz Keith Jarrett, quien en 1975 aceptó una invitación de una joven de 17 años para ofrecer un concierto en la ópera de Colonia. Unos minutos antes de la presentación, el artista notó que el piano estaba desafinado y las teclas se pegaban. Jarrett regresó a su carro dispuesto a irse y dejar plantados a los 1.400 espectadores que habían pagado por verlo. Pero, ante las súplicas de la joven, aceptó regresar y, en la medida en que improvisaba en este piano aparentemente intocable, produjo su mejor trabajo artístico: el Concierto de Colonia, con más de 3,5 millones de copias vendidas. “La lección es que las perturbaciones y los obstáculos pueden ayudar a la gente a ser creativa, a encontrar nuevas soluciones”.

Esto es totalmente cierto en situaciones sociales. Debido a que los seres humanos tienden a agruparse con gente parecida a ella misma, es difícil lograr un verdadero ‘desorden’ en grupos colaborativos. Eso se ha visto en investigaciones en las que los participantes señalan que quieren conocer personas de diversas profesiones, pero, a la hora de juntarlos, se agrupan con sus pares sin saber que “las conexiones espontáneas y las interacciones con extraños producen mejores resultados y una mayor probabilidad para resolver problemas”, dice el experto.

El mensaje de Harford es que con frecuencia la gente les da el control a sistemas de organización, ya sean computadores o métodos de organizar, cuando la realidad es que un ambiente más desordenado e improvisado puede ser más efectivo, en especial a la hora de enfrentar situaciones inesperadas. Como sucedió con el avión Airbus 330 de Air France, la nave más sofisticada del mundo, que cayó en el Atlántico en 2009 porque al desconectarse el piloto automático las tres personas al comando de la nave se confundieron sobre lo que estaba sucediendo.

Es lo que se conoce como la paradoja de la automatización y sucede en muchos escenarios, desde los operadores de plantas de energía nuclear hasta el simple hecho de que ya nadie recuerda un teléfono, ni sabe hacer una operación aritmética. “Mientras mejores son los sistemas automatizados, menos práctica tienen los humanos que los vigilan”, dice. En el caso del Air France 447, el piloto más experimentado había volado manualmente apenas por cuatro horas en total en los últimos seis meses.

La otra recomendación es dejar de sentirse mal por el desorden. Benjamin Franklin, inventor, político y editor, encontró al final de su vida que a pesar de todos sus esfuerzos nunca logró organizar su oficina ni su calendario, lo que consideraba un defecto de carácter. Como le dijo Harford a esta revista, “ese desorden le estaba ayudando o al menos no le hizo ningún daño, pero, aun así, él se sintió culpable por eso”.

Por eso sugiere a los padres dejar la cantaleta a sus hijos para que arreglen el cuarto y a los jefes les pide que hagan lo mismo con sus empleados. “La evidencia científica muestra que, cuando otros toman el control de organizar el desorden propio o imponen un sistema de orden, la gente se siente improductiva, resentida e incómoda”. 

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