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| 3/27/2000 12:00:00 AM

El cerebro de los adolescentes

Las hormonas no son la única causa del extraño comportamiento de los adolescentes. Su materia gris es distinta a la de los niños y los adultos.

Aunque la mente de los adolescentes ha sido estudiada, siguen siendo un enigma los cambios que intervienen durante la pubertad y que hacen que los jóvenes de ambos sexos parezcan miembros de una especie diferente a la del homo sapiens. Recientes descubrimientos demuestran que las diferencias sicológicas aparecen simplemente porque el cerebro de los adolescentes es distinto. Contrariamente a la idea comúnmente aceptada de que el cerebro humano alcanza su madurez entre los 8 y los 12 años y de que sus circuitos están constituidos desde los 3 años, se ha descubierto que la construcción del cerebro es un proceso considerablemente prolongado. “La maduración no se detiene a los 10 años sino que continúa hasta entrada la segunda década de vida de los individuos”, dice Jay Giedd, del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos (INSM). “Lo más sorprendente es que existe una segunda oleada de producción de materia gris. Antes se pensaba que eso ocurría únicamente durante los primeros 18 meses de vida”.

El cerebro alcanza cerca del 95 por ciento de su volumen definitivo a la edad aproximada de 5 años. Para mejorar esas mediciones tan gruesas Giedd y sus colegas comenzaron —en los primeros años de la década de los 90— a tomar imágenes de los cerebros de niños saludables utilizando las técnicas de resonancia magnética (MRI). Cada cerebro se fotografió a intervalos de dos años. La primera sorpresa surgió en mayo del año pasado con el descubrimiento de que el cuerpo calloso —el conjunto de nervios que conecta la mitad izquierda con la mitad derecha del cerebro— “continúa creciendo después de los 20 años”, según explica Giedd. Aunque no se conocen con claridad las implicaciones de la lenta maduración del cuerpo calloso, basta con decir que dicha estructura juega un papel en la inteligencia, en la conciencia general y en la conciencia de sí mismo.

Hasta ahora los estudios de los cerebros de niños y adolescentes han mostrado que su cantidad de materia gris decrece con la edad. La regla parece ser ‘úsalo o piérdelo’ ya que las conexiones entre neuronas que no son utilizadas desaparecen. Sin embargo neurólogos que trabajan bajo la dirección de Elizabeth Sowell, del laboratorio de obtención de imágenes neurales de la Universidad de California, en Los Angeles, descubrieron que el proceso no es tan simple como parecía. Utilizando la MRI para comparar los cerebros de niños entre 12 y 16 años con los de personas mayores de 20 descubrieron algo que no sorprende a quien tenga hijos adolescentes o que recuerde su adolescencia: los lóbulos frontales, que son los responsables de funciones tales como el autocontrol, el juicio, la regulación emocional, la organización y la planeación, experimentan sus mayores cambios entre el momento de la pubertad y el comienzo de la edad adulta. Su crecimiento es medible entre los 10 y los 12 años (los de las niñas crecen un poco antes que los de los muchachos) y luego se encogen hasta bien entrados los 20 a medida que las conexiones inútiles desaparecen para dejarle el campo a las conexiones eficientes, que terminan integrando un circuito bien organizado. El equipo de Giedd confirmó el hallazgo añadiendo que las conexiones neurales involucradas en los procesos cognoscitivos y en la adquisición de otras capacidades se mantienen si son utilizados, o de lo contrario son eliminadas.

Los bebés dependen mucho de la iniciativa de sus padres en cuanto se refiere al tipo y cantidad de estimulación ambiental que reciben y, por consiguiente, en todo lo que define el conjunto de conexiones que no serán eliminadas. Por el contrario, los adolescentes crean su propio mundo. Por consiguiente determinan cuáles conexiones sobrevivirán en la segunda etapa de crecimiento cerebral y cuáles no. El que se dediquen a cultivar el arte, la música, los deportes o los videojuegos es lo que va a impulsar al cerebro a definir qué neuronas requiere para sobrevivir.

Las cosas se vuelven aún más interesantes cuando los neurólogos miran más allá de los lóbulos frontales. El equipo de UCLA encontró que los lóbulos parietales, que integran información procedente de regiones distantes del cerebro, como las áreas del oído, el tacto y la vista, siguen madurando entre los 10 y los 20 años. En consecuencia, los circuitos capaces de integrar información disímil y conferirle un sentido sigue organizándose por lo menos hasta los 10 años en las niñas y los 12 en los niños. Por otra parte los lóbulos temporales, encargados del lenguaje y de una parte del control emocional, siguen desarrollándose hasta los 16 o más. Si los adolescentes no son precisamente modelos de madurez emocional cuando menos tienen una buena excusa.

En otros estudios se encontró que muchos jóvenes entre los 10 y los 19 años eran incapaces de ‘leer’ las emociones en el rostro de la demás gente. Las regiones cerebrales que se activan cuando los adultos ven ‘temor’ en otros rostros permanecen quietas en estos jóvenes. Aunque sus centros emocionales se encienden, sus regiones vinculadas con la reflexión siguen inactivas como si no lograran integrar la información visual con la emocional y la cognoscitiva. No se sorprenda entonces si un adolescente permanece impasible ante sus miradas hostiles.

Si bien la investigación acerca de la influencia de las hormonas en la evolución cerebral está en su infancia se descubrió que en las niñas el hipocampo, que responde al estrógeno, se desarrolla más rápidamente que en los niños. El hipocampo forma la memoria. En cambio en los niños se desarrolla más rápido la amígdala pues responde al andrógeno. La amígdala, por su parte, se encarga del procesamiento de las emociones como miedo y enojo.

Finalmente se concluye que la madurez no se puede reducir de ningún modo a la adquisición de informaciones sino que el aprendizaje efectivo involucra también cambios en el equipamiento físico. Estos cambios parecen ser una característica de la adaptabilidad humana.
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