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| 4/18/2015 10:00:00 PM

El cerebro sin arrugas

Al contrario de lo que se piensa, es posible evitar la pérdida de la memoria asociada con el envejecimiento. Expertos revelan cómo.

El cerebro es el órgano más complejo del reino animal. Tiene alrededor de 100.000 millones de neuronas, cada una con más de 10.000 conexiones o sinapsis que sostienen una compleja operación que va desde hablar hasta solucionar problemas. “Es el órgano que nos define”, dice William Mobley, profesor de neurociencia en la Universidad de California en San Diego (UCSD).

Pero al igual que otras partes del cuerpo, también envejece y uno de los mayores temores es que pierda la memoria porque sin ella “no hay lenguaje, no se pueden resolver problemas, ni se puede aprender”, dice el neurólogo Michael Rafii, director de la clínica de desórdenes de la memoria de UCSD. La edad es el principal factor de riesgo en la aparición de enfermedades como el alzhéimer, y con el aumento de la expectativa de vida, de hecho, se espera que aumenten los casos de demencia que paulatinamente evaporan la mente.

Teniendo en cuenta que vivir mucho pero con un cerebro en mal estado no tiene sentido, hay que proteger la mente del deterioro, algo que se debe empezar desde joven, cuando aún es posible establecer hábitos saludables que paguen dividendos en el futuro. Para sorpresa de muchos, el cerebro no necesariamente pierde capacidades; simplemente sufre cambios a lo largo de la vida y algunos son muy buenos. Según Mobley, en los primeros años se recolectan datos, pero con el tiempo la mente también acumula experiencias con las que el individuo puede predecir el futuro con mayor precisión. “Yo llamo a eso sabiduría”, dice. Al ser más sabio, el cerebro también se vuelve más creativo.

Otros cambios son menos deseables. Entre las quejas más frecuentes que resultaron de un estudio hecho entre 1.200 personas mayores de 65 años estaba olvidar dónde están las gafas o el nombre de una persona, e incluso ir a un lugar y olvidar qué era lo que debía hacer allí. “Este tipo de olvidos es normal en un cerebro sano de esa edad”, señala Rafii. En realidad, lo que sucede es que la mente se vuelve más lenta para recuperar la información.

Ante esto las personas se angustian porque no están acostumbradas a esa demora. En individuos sanos la información, con calma, llegará mientras que “una persona con alzhéimer nunca la recordará porque lo más probable es que no la haya guardado en su mente o ya se haya borrado”, explica Daniel Sewell, psiquiatra especializado en geriatría en UCSD. Otro cambio presupuestado es que el proceso de aprendizaje se vuelva más lento, lo que es diferente a que los viejos no puedan aprender cosas nuevas, como reza el viejo adagio: “Loro viejo no aprende a hablar”.

La cirujana Alexandra Mora, embajadora de esa universidad en Colombia, invitó a Sewell, Rafii y Mobley a dictar una conferencia sobre cómo evi-tar ese declive natural, y la conclusión es que una de las mejores estrategias para lograrlo es hacer ejercicio, tanto físico como mental. Algunos estudios han mostrado que los individuos activos físicamente tienen menos declive cognitivo con la edad. Rafii señala que hay evidencia de que 30 minutos de ejercicio aeróbico reducen en 20 por ciento el riesgo de demencia.

El cerebro tiene gran predilección por la grasa y de hecho se observa que pacientes con mal de Alzheimer tienen una insuficiencia pronunciada de una sustancia conocida como DHA, un ácido graso de la serie del omega 3. Un estudio que solo buscaba ver la relación de esta sustancia en la sangre con la enfermedad encontró que mientras más bajo el nivel, más presencia de alzhéimer y también lo contrario. Sin embargo, usar dicha grasa como suplemento no ha tenido los efectos esperados. “Ningún estudio ha mostrado un efecto en al menos 18 meses, que es el tiempo que duran estas investigaciones”, dice Rafii.

Ante la poca efectividad de estos suplementos, los expertos prefieren promover una buena dieta, y la mediterránea ha demostrado ser buena para el cerebro. Este programa alimenticio, rico en frutas, vegetales, productos lácteos, pescado y pollo, consumo moderado de vino y uso frecuente de aceite de oliva es la opción más indicada para lograrlo.

Según Sewell, cada vez hay más evidencia de que lo que sirve para el corazón también es bueno para la mente. “Cuanto mejor conservemos las arterias y los vasos sanguíneos, más felices van a estar los órganos que dependen de estos y eso incluye el cerebro”. Por eso la prevención del corazón, es decir, controlar la hipertensión, diabetes, el colesterol alto y la obesidad es matar a dos pájaros de un tiro.

En 1980, cuando se observó que los profesionales con varios diplomas tenían menos riesgo de sufrir alzhéimer, surgió la teoría de que el nivel educativo era crucial para mantener el cerebro en forma. Pero luego se probó que lo importante no eran los títulos, sino mantener la actividad intelectual toda la vida, algo que los altamente educados tienen más probabilidad de hacer. Este tipo de ejercicio mental permanente, ya sea al aprender algo o al solucionar problemas, mantiene en óptimas condiciones el cerebro y le hace crear una reserva cognitiva que le permite funcionar a pesar de que ya exista un deterioro.

“Así como hay reserva del músculo y del hueso, las personas que ejercitan el cerebro y tienen una mente ágil tendrán esas reservas mentales mucho más tiempo”, dice Carlos Cano, geriatra de la Universidad Javeriana. En términos generales significa que en presencia de una patología el cerebro no se rinde sino que trata de esforzarse al máximo para seguir funcionando bien. Sewell dice que una manera de crear ese tipo de compensación es la repetición y la práctica, por lo que recomienda aprender a tocar un instrumento o jugar bridge, o 21, en donde hay que pensar, sumar y restar. Lo peor es sentarse todo el día a no hacer nada. “Entre leer un libro y ver un programa de televisión, lea el libro”.

La idea de que esta reserva se puede cultivar en cualquier momento ha generado una explosión de investigaciones alrededor de programas y juegos de computador que simulen ese entrenamiento, pero “aún no hemos encontrado cómo generalizar esos beneficios”, dice Sewell.

El otro tema es la resiliencia, es decir, la capacidad de sortear los retos y perseverar. Dentro de este amplio concepto, Sewell destaca el optimismo como una característica que ayuda a preservar la salud y genera la idea de que a pesar de la edad, el individuo aún controla su vida, lo cual evita el estrés y la ansiedad. Y por último está la conexión con los demás no solo porque estar en contacto con otros exige una actividad mental, sino porque la gente que se aísla tiende a desarrollar depresión, un trastorno que disminuye las capacidades de atención y de memoria.

No todo el que vive mucho tiempo termina con demencia. “Seis de cada diez mueren con su cabeza bien puesta”, dice Cano. La señal de alarma de la demencia es la pérdida de memoria que se perpetúa en el tiempo y afecta el desempeño de las actividades diarias. En ese caso consultar es lo ideal porque aunque no hay medicación que evite la condición, sí hay drogas que pueden desacelerar el curso de la enfermedad y mejorar la calidad de vida. Para curarse en salud, lo mejor es usar la cabeza porque, como dice Sewell, “lo que no se usa se atrofia”.

La edad es lo de menos

Uno de los mayores obstáculos para mantener la salud del cerebro son las ideas erradas sobre el envejecimiento que afectan la búsqueda de tratamiento. Estas son algunas de las más perjudiciales.

No aprenden. No es cierto. Tardan más en hacerlo, pero si se les da tiempo pueden memorizar y aprender nuevas actividades como los demás. Muchos familiares e incluso los propios ancianos se dan por vencidos muy pronto.

La memoria se pierde inevitablemente.
Se sabe que esta  habilidad del cerebro cambia durante la vida, pero no necesariamente se debe perder. Cualquier síntoma de olvidos que se vuelven frecuentes o de cambios en la personalidad debe ser motivo de alarma.

Los ancianos son infelices.
La evidencia muestra que tanto el comienzo como el final de la vida son los momentos de la existencia que reportan mayor calidad de vida. Las personas en la edad mediana, por el contrario,  se encuentran en la parte más baja de la curva de la felicidad.

No tienen vida sexual.
Si bien no se tiene la misma flexibilidad de la juventud, las personas pueden seguir disfrutando de su sexualidad hasta la muerte y mantenerla es importante para la calidad de vida. Como dice Sewell, “es posible que haya nieve arriba en el techo, pero todavía hay fuego abajo”.
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