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| 7/14/2012 12:00:00 AM

El que da es el que goza

Científicos han descubierto que, contrario a lo que siempre se ha pensado, no es más feliz el que gasta en sí mismo sino el que comparte el dinero con los demás.

Si su jefe decidiera darle este mes un bono por su trabajo, usted seguro estaría convencido, que ese dinero extra lo hará muy feliz porque podrá gastarlo en cosas que ha deseado desde hace tiempo, desde un nuevo traje hasta unas vacaciones merecidas. ¿De acuerdo? Si su respuesta es afirmativa, está de cierta manera equivocado. Los psicólogos han encontrado suficiente evidencia para asegurar que las personas serían más felices si compartieran parte o la totalidad de ese dinero inesperado con otros, en lugar de gastarlo en sí mismos. “Comprar más, y sobre todo para uno, es poco efectivo cuando se quiere convertir el dinero en felicidad”, dicen Elizabeth Dunn y Michael Norton, dos expertos que durante diez años han estudiado este tema a profundidad.

Dunn, profesora de la Universidad de British Columbia, y Norton, del Harvard Business School, querían saber por qué la gente que gana dinero de manera súbita, una vez ha pasado la euforia de la noticia, vuelve al mismo estado de satisfacción con la vida que tenía antes de recibirla. En otras palabras, por qué la supuesta felicidad no les duró.

A esa pregunta se sumó otro elemento. La ciencia encontró una cifra base, a partir de la cual, por mucho más dinero que ganen, la felicidad de las personas no aumenta. En Estados Unidos, por ejemplo, esa cifra base es de 75.000 dólares anuales (150 millones de pesos). “Por debajo de dicha cifra la gente es infeliz”, explicó Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, durante una charla para el portal TED. “Pero por arriba de ella tenemos una línea recta, lo que muestra que mucho dinero no me compra más felicidad”, agrega el psicólogo y economista. En el caso colombiano, no se conoce cual es esa cifra base. Si fuera la misma de Estados Unidos, la tesis del premio Nobel se aplicaría a quienes ganan poco más de 10 millones de pesos. Pero es muy problable que sea mucho menos porque el costo de vida en Colombia es menor.

Con esos dos planteamientos, Dunn y Norton quisieron saber por qué algunos entonces, que ya han alcanzado esa cifra, se empecinan en ganar más dinero y trabajar horas extra si, luego de alcanzar dicho tope, recibir más plata no generará mucho más placer en sus vidas.

Una razón, dicen ellos, es que la gente tiene ideas erróneas sobre la relación entre dinero y felicidad. En un estudio hecho con ciudadanos estadounidenses, ambos observaron que existe la creencia de que cualquier incremento en el sueldo representa un aumento igual en el nivel de dicha. Pero en la realidad no sucede así. “Un aumento nos pone felices, pero ese dinero extra no hace que mi relación con mis suegros sea menos difícil ni que las peleas con mis hermanos se arreglen”, dice Norton.

En un estudio publicado en 2010 en el Journal of Positive Psychology, los investigadores vieron que los participantes subvaloraron la felicidad de aquellos que ganaban menos. Por ejemplo, mientras muchos vaticinaron que la diferencia en felicidad entre quienes ganan 55.000 y 25.000 dólares al año era de 50 por ciento, en el estudio resultó ser de apenas 9 por ciento.

El otro asunto es el desconocimiento de la gente acerca de la importancia de cómo gastar ese dinero. Cuando sueña con ganarse la lotería, la gente hace un listado de cosas que compraría para su placer. Sin embargo, en experimentos que los dos investigadores han hecho en Norteamérica han podido constatar que comprar cosas para sí mismos, como carros, televisores, sofás, tiene muy poco impacto en la felicidad a largo plazo. A excepción de las experiencias, como vacaciones o pasar tiempo junto a los seres queridos, adquirir bienes materiales no tiene tanto peso en el bienestar general de las personas. Lo es mucho más, y para sorpresa de la mayoría, donar dinero, ya sea a través de regalos a familiares y amigos o a través de fundaciones sin ánimo de lucro que asisten a los más necesitados.

Un experimento que consistió en ofrecer un sobre con dinero a estudiantes universitarios probó lo anterior. Cada uno recibió adicionalmente una instrucción, ya fuera para gastarlo en ellos mismos o en otros. Al final del día los investigadores entrevistaron a los participantes y observaron que quienes habían gastado en los demás reportaban más satisfacción. El efecto, según Norton, se observa aun cuando la gente apenas da un porcentaje mínimo, por lo cual no se requiere ser millonario como Warren Buffett o Bill Gates para ser generoso y beneficiarse de las ventajas de dar.

Norton y Dunn creyeron que este resultado podría ser diferente en un país en vías de desarrollo y por eso decidieron replicar el experimento en Uganda. A pesar de ser una sociedad opuesta a la ya estudiada, el resultado fue igual.
Incluso han podido comprobar que los niños, que tienen fama de ser egoístas y poco dados a desprenderse de sus juguetes, se sienten mejor cuando son generosos con los demás. Así lo concluyó el más reciente estudio de Dunn, publicado en julio en la revista PLoS ONE. Para el experimento congregaron a pequeños de 2 años a quienes en lugar de dinero les ofrecieron galletas, lo que les produjo una notable felicidad. Sin embargo, fue mayor la satisfacción cuando en frente de los niños pusieron ositos de peluche con quienes ellos pudieron compartir su comida. “Es la primera evidencia de que los niños son más felices dando que recibiendo, aun cuando esto implique sacrificar sus propios recursos”, escribió Dunn en el trabajo. Agrega que el mensaje de este estudio no es tener el plato lleno sino saber qué hacer con las galletas.
Los investigadores han repetido esta experiencia en otros contextos, como en oficinas y equipos deportivos, y allí también no solo se ve mayor satisfacción individual entre aquellos que compartieron su dinero con los demás, sino mejores resultados en las metas de la compañía o en el campo de juego.

Incluso lo han probado con comida. En asocio con Jordi Quoidbach, psicólogo de la Universidad de Harvard, Dunn y Norton reclutaron a individuos que aman los chocolates. A un grupo le ordenaron que se comiera uno solo y esperara una semana para comerse el siguiente. Al resto le pidieron que disfrutara el confite sin restricciones. La segunda semana, estos últimos ya no saboreaban con tanto placer los dulces, mientras que quienes se abstuvieron por siete días de comerlos sintieron todavía gran placer de volver a saborearlo en sus bocas. Esto, está relacionado con el tema del dinero porque se llega a la conclusión de que cuando una persona consume mucho de algo se acostumbra a ello y pierde el placer.

Para explicar lo anterior, Barry Schwartz, psicólogo del Swarthmore College, dice que los seres humanos sufren de adaptación hedónica, proceso psicológico mediante el cual la mente se va adaptando a las cosas y por eso el placer se va perdiendo con el tiempo. “El carro nuevo nos hace sentir excitados, pero solo por un tiempo”, dice el experto.

Schwartz agrega que la gente siente más gozo en hacer que en tener y esto se debe a que los placeres asociados a los actos de consumo propio tienden a ser de corta duración mientras que los derivados de hacer algo por otros permanecen más tiempo. Un sondeo hecho entre 30.000 estadounidenses mostró que aquellos que hacían donaciones a causas nobles eran 43 por ciento más felices en sus vidas.

Hay quienes se pueden preguntar si el acto de dar hace a la gente más feliz o si, por el contrario, la gente más feliz es más dada a ser generosa. Pero Dunn sí cree que la gente cambia en su relación con el dinero. En estudios anteriores con individuos que se vuelven ricos de la noche a la mañana, el dinero no vino con la felicidad garantizada. Por el contrario, muchos se sintieron más miserables con sus nuevas fortunas porque las gastaron en cosas superfluas que no les reportaron felicidad a largo plazo o porque la ganancia ocasional les provocó un caos en su red de amistades. En otros trabajos, Dunn ha encontrado que las personas más ricas tienden a subvalorar y despreciar un hermoso paisaje natural. “Es como si el dinero les hiciera perder la capacidad de saborear las cosas simples de la vida”, dijo en una charla.

El trabajo de Dunn y Norton podría tener aplicaciones directas en la oficina. Las directivas de una empresa podrían contribuir a ver caras más sonrientes si sus empleados se comprometen con campañas de solidaridad y se construye un ambiente prosocial dentro de las organizaciones.

En todo caso, si el jefe le propone un aumento de sueldo o una promoción en el trabajo, no la rechace. Como lo enfatiza Norton, es equivocado pensar que el dinero no trae felicidad. “Si usted piensa así es porque lo está gastando de la manera equivocada”, dice. Y para optimizarlo, aconseja esto: “Piense en cómo gastar parte de ese aumento en otras personas”.
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