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| 6/11/2014 12:00:00 AM

El delfín que se enamoró de su maestra de inglés

Durante 10 semanas, una mujer hizo que Peter aprendiera algunas palabras, pero murió de ‘desamor’ cuando lo separaron de su tutora.

En 1965, en las Islas Vírgenes estadounidenses se llevaba a cabo un particular experimento. Durante 10 semanas, el neurólogo John C. Lilly trató de enseñarle inglés a un delfín de seis años.

Margaret Howe, su asistente de 23 años, viviría con el delfín ‘Peter’ día y noche. Ella y el animal comerían, jugarían, dormirían y se bañarían juntos en completo aislamiento. Lo que el neurólogo nunca se imaginó es que el delfín jamás aprendería a hablar inglés, pero sí se enamoraría sexual y emocionalmente de su maestra. Casi 50 años después, un documental de la BBC dará a conocer la historia con lujo de detalles.

En el momento del experimento, el doctor Lilly ya había escrito un bestseller titulado ‘El hombre y el delfín’. En ese libro se proclamaba que el cerebro de este mamífero era 40 % más grande que el de los humanos, que también podía temblar de miedo, controlar la ira e incluso era capaz de comprender el lenguaje humano.

Sus estudios fueron tan creíbles que el gobierno americano le autorizó experimentar con los delfines, inyectándoles LSD pues, si su teoría era cierta, debían reaccionar igual que el hombre ante los efectos de la droga. Sin embargo, no hubo ningún cambio físico ni nervioso.

Durante el experimento, a ‘Peter’ se le creó una piscina de 60 centímetros de profundidad que le permitiera nadar y, al mismo tiempo, le permitiera a Maragaret caminar. Ella podía salir del agua para trabajar en un escritorio suspendido del techo. Por la noche, dormía en un colchón protegido por una cortina de ducha que evitaba las salpicaduras de agua del animal. Comía alimento enlatado y nadie podía entrar a interrumpir su rutina diaria.

La maestra vivía con el vestido de baño puesto y se cortó el cabello para facilitar la interacción con el delfín; solo tenía libre el sábado. El día empezaba a las 8 a. m. con la primera clase de inglés. El objetivo era que, a través de sus orificios nasales, el animal lograra imitar los sonidos que ella le enseñaba. Para facilitar el proceso, Margaret se pintaba la cara de blanco y los labios de negro, de manera que a ‘Peter’ pudiera reconocer los movimientos de su boca.

También intentó que pronunciara "Hello Margaret" (Hola Margaret), pero la pronunciación de la ‘m’ era una tarea utópica para el animal. A pesar de esto, logró que dijera palabras como "one" (uno), "we" (nosotros), "triangle" (triángulo) y "hello" (hola). Además, logró que cuando ella le dijera "work, work, work" (trabaja, trabaja, trabaja), él contestara "play, play, play" (juega, juega, juega).

A las 10 a. m., jugaban en la piscina y nuevamente había clases acompañadas de cinco libras de pescado a las 12 del mediodía y a las 3:00 p. m. ‘Peter’ amaba ver televisión.

El delfín comenzó a tener avances en la imitación de la voz, mientras empezaba a tener comportamientos amorosos con la maestra. Dormía al lado de su cama y le encantaba verse y ver a Margaret en el espejo. Además, no paraba de hacer ruido, como si de verdad quisiera hablarle.

En la cuarta semana, el delfín comenzó a excitarse constantemente cuando se acercaba a su entrenadora. “Me parece que sus deseos están obstaculizando nuestra relación. Se frotaba una y otra vez contra mis piernas, hacía círculos a mi alrededor y estaba generalmente tan excitado que no podía controlar su actitud hacia mí”, dijo la mujer al realizador del documental de la BBC.

Margaret decidió llevar otros delfines y la actitud de ‘Peter’ cambió. Sin embargo, cuando la veía, su comportamiento era muy similar al del cortejo.

Cuando la relación entre ambos se hizo más estrecha, se acabó el experimento y el laboratorio cerró.

No obstante, la historia de amor terminó en tragedia. ‘Peter’ fue trasladado a Miami, donde su salud se deterioró a tal punto que, según cuentan los científicos que siguieron estudiando el comportamiento de los delfines en la Florida, un día decidió suicidarse, no respirar más y quedarse en el fondo del tanque donde habitaba.

El veterinario Andy Williamson, consultado para el documental, dijo que la situación fue sorprendente y endilgó su muerte a una ‘pena de amor’. “Margaret podía entender la separación, pero, ¿podría hacerlo ‘Peter’? Perdió al amor de su vida”, comentó.
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