Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2008/03/08 00:00

El difícil regreso a la libertad

Aunque muchos piensan que el drama de los secuestrados termina con la liberación, el regreso a casa también pone a prueba a estas personas.

El difícil regreso a la libertad

Durante cautiverio, Luis Eladio Pérez soñaba con comer hamburguesas, langostinos, bandeja paisa, un ajiaco y otros platos que para cualquier persona son parte de su dieta corriente. También imaginaba un vaso de Coca-Cola bien fría, con muchos trocitos de hielo. Tanto extrañaba estas comidas, que con sus compañeros imaginaba que el plato de lentejas o fríjoles que tenían ante sí cuando estaban secuestrados era en realidad una langosta o un jugoso pedazo de carne asada.

Paradójicamente, luego de recobrar su libertad, cuando tuvo la posibilidad de volver a probar todos esos alimentos en el restaurante del Hotel Meliá en Venezuela, el ex senador constató que su apetito era más grande que su estómago. "No me pregunte por qué, pero a pesar de que quiera, no puedo comer mucho", le dijo a María Alejandra Villamizar, de SEMANA. La explicación es sencilla. "Lo más probable es que el intestino necesite una nueva adaptación, pues se acostumbró a ciertos alimentos y en cantidades limitadas durante el secuestro y ahora requiere de un tiempo para tolerar nuevas comidas", aclara el siquiatra Hernán Rincón, de la clínica Valle del Lili, quien diseñó una guía para el tratamiento médico después de un secuestro.

Estos pequeños detalles son apenas una muestra de lo que deben atravesar los liberados para volver a adaptarse a sus vidas. El proceso abarca desde acostumbrarse de nuevo a comer con cubiertos, pasando por bañarse con agua caliente o dormir en una cama mullida, hasta asuntos más complicados como afrontar las relaciones con su familia, recuperar el tiempo perdido, volver a la vida laboral e integrar la experiencia negativa del secuestro a un nuevo proyecto de vida. Por eso para muchos el calvario sigue y aunque el reencuentro es un momento de felicidad desbordada, difícilmente se trata del final de la historia. Francisco, un venezolano liberado en 1999, por quien su familia debió vender muchas de sus pertenencias para pagar el rescate en dólares, hoy vive en Miami en una pieza alquilada, con deudas y un enorme vacío por "haberlo tenido todo y no tener hoy absolutamente nada", según le dijo al periódico La Nación, de Argentina. "La gente fantasea con el regreso y con el feliz reencuentro del padre con su hijo, afirma Diana Sofía Giraldo, directora de la fundación Víctimas Visibles, y la realidad es que hay muchos momentos tristes porque el niño, después de ocho años de ausencia, no lo reconoce, ni lo llama papá, sino que se refiere a él como el señor", agrega.

Hay muy pocos estudios en el mundo que exploran el secuestro, debido a que esta experiencia es muy particular. "El nuestro es un fenómeno único por lo masivo y prolongado", dice el siquiatra Ismael Roldán, de la fundación Víctimas Visibles. En la cárcel un prisionero tiene ciertas comodidades mínimas y acceso a sus familiares. El Holocausto judío es lo más parecido, pero nunca fue tan prolongado. Por eso, en Colombia se adelantan estudios para conocer no sólo la vivencia de la víctima, sino el proceso de reacomodación tras el secuestro. Las investigaciones muestran que no todos los casos son iguales. Según Rincón, la experiencia en cautiverio depende de la edad, la condición social, el estado civil del plagiado, el lugar dónde estuvo cautivo e incluso el tipo de secuestro, es decir, si era político o por dinero; y lo vivido, a su vez, influye en la manera como la persona se adapta a la libertad.

En términos generales, se sabe que a pesar de la euforia de volver a encontrarse con sus deudos, la gran mayoría de liberados comparte un sentimiento de tristeza por haber sido "desarraigados de su entorno familiar y laboral por tanto tiempo", sostiene Roldán, quien realizó un estudio sobre el tema. El trabajo también detectó una dificultad inmediata para adaptarse a la vida cotidiana: no saben usar el celular porque los modelos han avanzado muchísimo, muchos nunca han mandado un correo electrónico, no conocen TransMilenio, no saben que algunas calles han cambiado de sentido y sienten que necesitan ayuda para desplazarse. "Pierden el sentido de la ubicación perimetral porque en el monte todo es pa'lante y en la ciudad tienen que parar y mirar si vienen carros, poner atención a los semáforos", señala Herbin Hoyos, director del programa Voces del Secuestro. Gloria Amaya de Alfonzo, quien estuvo secuestrada dos años por el ELN, olvidó por completo la ubicación de las cosas en su casa. Aunque su familia dejó en el mismo puesto todos sus objetos, ella tenía dificultades para saber qué había en los cajones de los clósets. "Tuve que tomarme un tiempo para revisarlo todo y recordar", dice. El desajuste también se da en el campo laboral pues en ocho o 10 años las leyes, los programas de computador y la manera de hacer negocios cambian. "Un abogado que dure 10 años por fuera no sólo encuentra normativas nuevas, sino un nuevo sistema de justicia", indica Roldán. A muchos, según Nieto, los estigmatizan por ser víctimas del conflicto. "Les despierta inseguridad el daño o la afectación que les haya ocasionado el secuestro", explica. Pero al parecer, se trata de un estereotipo. En su trabajo Ismael Roldán identificó que la mayoría de liberados no tiene trastornos mentales como depresión ni estrés postraumático. Son personas muy valiosas, con actitudes como la paciencia, sin deseos de venganza y con un firme deseo de que nadie sufra lo que ellos vivieron.

Vuelta a la rutina

Pero tal vez el asunto más complicado es el de volver a acomodarse a la rutina del hogar. Todas las familias tienen rituales, ritmos y roles claros en las que está preestablecido qué cosas hace el papá, que otras la mamá y cuáles los hijos, explica Dary Lucía Nieto, de la fundación País Libre. Cuando alguno de los miembros de ese hogar es secuestrado, esa rutina se interrumpe y todo se centra en esa persona. A algunas amas de casa les toca tomar las riendas del hogar y tomar decisiones. Los hijos crecen y se vuelven adultos sin la presencia de ese ser querido. Por su parte, la persona en cautiverio también sufre cambios debido a la experiencia. "Cuando se vuelven a encontrar, cada uno debe hacer ajustes porque ya nada ni nadie es igual", dice Nieto.

Herbin Hoyos lo analiza de otra manera. Según él, la familia nunca acepta el secuestro y cada vez que come en la mesa o duerme en la cama llora la ausencia del ser querido e incluso se siente culpable de estar gozando de esas comodidades. El secuestrado, por el contrario, por motivos de supervivencia, termina adaptándose al cautiverio. Esa dificultad para entender la vivencia de cada uno, y que ambas partes son víctimas del secuestro, es difícil. "Un ex secuestrado relataba que aprendió a meditar en un río y que había momentos, en medio de su tragedia, en los que sentía completa paz. Ese comentario le dolía mucho a su esposa porque para ella nunca hubo un minuto de tranquilidad", cuenta Nieto. Otro caso es el de una joven que tuvo que crecer sin la compañía de su padre secuestrado e inconscientemente lo rechazaba. "Le costó mucho tiempo volver a aceptarlo como papá por que lo culpaba por no haber estado ahí", dice Dary Lucía Nieto. Si el secuestrado se va cuando los hijos son adolescentes y regresa cuando ya son personas hechas y derechas, es posible que pase de ser el progenitor que da órdenes al que le toca recibirlas, lo cual puede indisponerlo.

Ajuste conyugal

Sin embargo, el proceso entre los hijos y los familiares de sangre suele ser mucho más fácil que el ajuste que se debe dar con la pareja. En estos casos se presentan roces por las decisiones que se tomaron de manera unilateral en su ausencia. Al principio el recién liberado quiere saberlo todo y suele preguntar cuánto pagaron por él. Nadie quiere hablar de eso, pero luego de un tiempo la persona se debe enfrentar a esa realidad. "Que el apartamento se vendió, que hay estas deudas, que la finca ya no está", afirma Olga Lucía Gómez, directora ejecutiva de País Libre. Otras decisiones unilaterales que afectan son las que tienen que ver con el afecto. Unos están dispuestos a esperar toda la vida. Pero dependiendo de la edad y la etapa de la pareja, otros optan por lo contrario. "El problema es que el secuestro es muy largo y muchos esposos o esposas no están dispuestos a aguantar tanto tiempo", señala Hoyos.

Algunos matrimonios se acaban incluso antes de que la persona recobre su libertad porque la relación se enfría ante la ausencia tan prolongada, como sucedió en el caso del canciller Fernando Araújo. El general Óscar Naranjo confirmó que algunas de las compañeras de secuestrados de la Policía ya viven con otras personas. Otros, sin embargo, lo hacen después de la liberación, según Hoyos, porque después de un tiempo empiezan a cuestionar la fidelidad de sus compañeros mientras estuvieron separados. "Muy pocas parejas tienen la madurez para volver a empezar de cero sin hacer preguntas", explica Hoyos. Quienes lo logran, finalmente se reacomodan y asumen sus nuevos roles.

Para los expertos consultados es importante que la persona tenga espacios para hablar. Olga Lucía Gómez recomienda un acompañamiento sicológico para que la persona pueda prevenir enfermedades posteriores. Como sociedad, Roldán recomienda que los colombianos vuelvan su atención hacia las víctimas más que hacia los victimarios y esto se logra con lo que él denomina la ética del reconocimiento, es decir, visibilizándolas, permitiéndoles hablar para que hagan catarsis y escuchándolos para que puedan sanar esa profunda herida.

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