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| 11/12/2011 12:00:00 AM

El fin del libre albedrío

Los científicos están desafiando la idea de que la gente puede tomar decisiones conscientes y autónomas. La evidencia ha desatado un debate con los filósofos, quienes aún no se sienten derrotados.

¿Desayunar con café o tomar una taza de té? ¿Ir a la fiesta o quedarse en casa? Todos sienten que tienen libertad para decidir qué hacer o no, por sencillo que sea el dilema. Pero un grupo de expertos, con base en evidencia científica, señalan que el libre albedrío, esa capacidad para tomar una decisión consciente, no existiría y sería tan solo una ilusión.

La idea ha ido tomando fuerza desde 2007 con los experimentos de John Dylan Haynes, un neurocientífico del Bernstein Center For Computational Neuroscience, en Berlín. En el primero de ellos, Haynes le pidió a un grupo de individuos que presionaran un botón con su dedo índice izquierdo o derecho cuando quisieran y, cuando lo hicieran, recordaran qué letra se mostraba en una pantalla frente a ellos. Mientras esto ocurría, se observó la función cerebral de los participantes mediante resonancia magnética.

Haynes encontró que la decisión de presionar el botón fue hecha un segundo antes del acto, pero lo más sorprendente fue ver un patrón de actividad que parecía predecir la decisión siete segundos antes de que el individuo estuviera consciente de la misma.

Esto lo llevó a pensar que aunque la gente siente que escoge libremente, en realidad no lo hace, y la decisión sería un simple resultado de un proceso neuronal en el cerebro.

Desde entonces, Haynes ha perfeccionado sus estudios para acallar a sus críticos, en su mayoría filósofos, quienes son renuentes a creer que la neurociencia pueda deshacerse así no más de conceptos tan arraigados como el libre albedrío. “Solo porque un proceso físico inconsciente en el cerebro inicie la acción no significa que los estados mentales conscientes, como los deseos, las creencias y las intenciones, no tengan un papel en nuestras acciones”, argumenta a SEMANA Walter Glannon, filósofo de la Universidad de Calgary.

En uno de sus trabajos posteriores, Haynes utilizó técnicas más precisas para escanear el cerebro con el fin de tener un panorama más amplio de las áreas comprometidas. El más reciente, aún no publicado, insta a los participantes a tomar decisiones más complejas, para simular mejor lo que la gente decide en su vida cotidiana.

Itzhak Fried, neurocientífico de la Universidad de California, en Los Ángeles, ha ido más lejos al implantar electrodos en pacientes con epilepsia, un método más confiable que la resonancia magnética para medir el funcionamiento del cerebro. Fried encontró actividad en las neuronas de un área particular de este órgano un segundo y medio antes de que el individuo decidiera conscientemente presionar un botón. En palabras de Fried, esto parece indicar que “las cosas que están predeterminadas son admitidas en la conciencia y que la voluntad consciente aparece en una etapa posterior”.

Otros científicos han encontrado evidencia de la existencia, de una voluntad inconsciente. Por ejemplo, cuando alguien entra a una habitación y ve un elegante maletín de cuero sobre el escritorio, se comporta de manera más competitiva. También se ha visto que la gente habla más bajo cuando ve en una habitación una foto de una biblioteca, y que los empleados mantienen la oficina más ordenada cuando hay un olor a líquido de limpieza en el ambiente, todo sin ser conscientes de la influencia del entorno en sus decisiones y posteriores acciones.

A veces, aunque estos estímulos son conscientes, también intervienen en lo que la gente hace o deja de hacer. John Bargh, de la Universidad de Yale, encontró que quien se sienta en una silla rígida tiene posiciones menos flexibles a la hora de negociar el precio de un carro, o juzgan a otros como más generosos si tienen en sus manos una taza con una bebida caliente. En estos casos, aunque el estímulo es perceptible, las personas no son conscientes de que las están influenciando.

Para esclarecer más el tema, los científicos y filósofos tienen esperanza en una iniciativa de 4,4 millones de dólares patrocinada por la Fundación John Templeton y conocida como Big Questions in Free Hill, que, como su nombre en inglés lo indica, busca resolver los más grandes interrogantes sobre el libre albedrío y acercar a tres disciplinas, la teología, la filosofía y la ciencia. Con experimentos mucho más refinados, algunos creen que se podría conocer más sobre el proceso cerebral previo a la toma de decisiones, lo cual, a su vez, podría poner en duda la existencia de la voluntad.

De ser así, el hallazgo tendría un gran impacto en la vida de las personas, dice Al Mele, director del proyecto, pues el libre albedrío es la base de la responsabilidad moral y si las decisiones son predeterminadas por el ambiente y las circunstancias, la gente no podría asumir responsabilidad por sus actos.

De hecho, en 2008, los investigadores Kathleen Vohs y Jonathan Schooler le pidieron a un grupo de individuos que leyeran cualquiera de dos textos: uno explicaba que las acciones de la gente no estaban en sus manos sino bajo el control de la genética y los factores ambientales, mientras que el otro era un texto neutral. A todos se les pidió luego que resolvieran unos problemas matemáticos en un computador. Se les advirtió que el programa había quedado defectuoso y, por eso, a veces este daba la solución. Si esto llegara a suceder, se les recomendó no mirar la respuesta. Los investigadores encontraron que aquellos que leyeron el pasaje sobre la ausencia del libre albedrío hicieron más trampa en el estudio que quienes leyeron el texto neutral. Vohs y Schooler concluyeron que “tal vez si se niega la existencia del libre albedrío, es posible que la gente se comporte como se le dé la gana”.

Glannon es consciente de que la serie de investigaciones sobre el tema puede llegar a minar el concepto de libre albedrío, pero lo más probable, en su opinión, es que se confirme que “en las decisiones de los individuos estén involucrados tanto procesos neuronales como mentales”, lo cual implica que sí se requeriría de un aspecto subjetivo para finalmente ejecutar una acción. Los estudios tienen sus limitaciones pues, como señala el experto, es muy distinto analizar una decisión sencilla, como presionar o no un botón en un laboratorio, a enfrentarse a escogencias complejas que la gente maneja en el día a día. Por eso, toda esta evidencia se debe tomar con cautela.

Pero la otra posibilidad es que el concepto de libre albedrío tal y como se ha enseñado en el colegio se derrumbe, y, en dicho caso, habría que empezar por cambiar el sistema legal para ajustar el tema de la responsabilidad en los delitos, algo para lo cual la sociedad aún no está preparada. También cambiaría las cosas el hecho de que los científicos podrían predecir con 100 por ciento de certeza las decisiones que van a tomar las personas antes de que sean conscientes de ello. Ante esos complicados escenarios, como dicen algunos, el libre albedrío puede ser una ilusión, pero por ahora es mejor que todos crean que sí existe.
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