Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2016/03/12 00:00

Cómo fracasar con éxito

Cada vez más se valora el fracaso como una forma de aprendizaje. Los expertos explican por qué las derrotas son cruciales para llegar a la cima.

Cómo fracasar con éxito Foto: Javier De La Torre

Todos les huyen a las experiencias amargas. Luchar por tener éxito es el objetivo al que apuntan desde muy pequeños. Pero, recientemente, se ha visto una marcada tendencia a valorar más las decepciones como un mecanismo para llegar al éxito. En Silicon Valley, por ejemplo, las iniciativas de empresas que fracasan son expuestas con lujo de detalles en portales como Medium o en conferencias como FailCon, en donde los inversionistas caídos en batalla narran los errores que llevaron a la muerte de su compañía, al tiempo que analizan las enseñanzas que dejó ese descalabro.

Gracias a esa nueva visión, el tema, además, se ha tomado el campo de la crianza y la autoayuda. En este contexto, una nueva serie de libros que promueve el fracaso como una forma de aprender argumenta que hoy en día no se fracasa lo suficiente debido a la aversión que los padres inculcan a sus hijos en este tema. En el colegio AltSchool, que ofrece un modelo alternativo de educación en Estados Unidos, el currículo está basado en cómo modelar el fracaso para tener éxito.

En The Gift of Failure, su autora, Jessica Lahey, argumenta que en una sociedad donde los padres evitan a toda costa que los hijos sufran es preciso crear escenarios artificiales para que puedan fracasar. Failed it!, de Erik Kessels, promete enseñar cómo convertir los errores en ideas; Failure: Why Science Is So Succesful, escrito por Stuart Firestein, muestra cómo el común denominador en la ciencia es el fracaso y al mismo tiempo la única vía para el éxito.

En conferencias a ambos lados del Atlántico y en las charlas TED se cuentan historias de famosos que cayeron al asfalto antes de lograr el éxito. Una de las más fascinantes es la de J. K. Rowling, cuya novela Harry Potter fue rechazada en numerosas ocasiones por las editoriales. “Es imposible vivir sin fracasar en algo, a menos que usted viva tan cautelosamente que más bien haya vivido en piloto automático”, dijo la millonaria sobre el tema.

Natalie Dormer, la actriz de Game of Thrones, también relata que luego de graduarse en una escuela de arte dramático en Gran Bretaña no recibió una sola llamada de trabajo y considera que “el desempleo fue la mejor lección que la vida me dio al comienzo de mi carrera”. El inventor británico James Dyson ha contado una y otra vez que durante 15 años hizo más de 5.000 prototipos de su aspiradora Dual Cyclone, antes de hacerse millonario gracias a ella.

Muchos de ellos citan a personajes como Winston Churchill, quien decía que el éxito era ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo. Thomas Edison hablaba así de sus fracasos antes de inventar la bombilla eléctrica: “No he fracasado sino que he descubierto 10.000 maneras de cómo no se debe hacer”.

Esta nueva tendencia de enfocarse en el fracaso tiene su base en que la vida no es un lecho de rosas sino un camino lleno de espinas, y la gente debe estar preparada para los tragos amargos. Según el antropólogo Agustín Fuentes, de la Universidad de Notre Dame, errar no solo es humano sino frecuente. “La mayoría de los científicos siempre se equivocan y casi todos los grandes deportistas fallan en lograr un gol, una canasta o un batazo”, dice. Si esto es así, muchos no entienden por qué la gente le tiene tanta aversión a equivocarse.

Para Fuentes, el problema radica en que a la gente se le olvida que el ensayo y el error son una manera de aprender. Otros, como Bill Fischer, profesor de innovación en el centro IMD en Suiza, dicen simplemente que “el fracaso duele por eso, porque es fracaso”. Pero lo cierto es que algunos vienen vacunados contra este tipo de experiencias negativas. Algunos le tienen miedo a perder y, por eso, tienden a tomar menos riesgos y evitan aventurar en áreas desconocidas. Se pierden de mucho, dicen los neurólogos, porque fracasar sin temor estimula la sinapsis entre las neuronas.

A pesar de esto, Fischer señala que se debe tener cuidado con ese mantra incesante que invita a fracasar. Cada vez que escucha este tipo de mensajes siente como si le estuvieran diciendo “si todos fuéramos unos fracasados haríamos milagros”, dice y la verdad es que “aún si es un error pequeño puede ser costoso y si es continuo puede incluso comprometer la carrera hacia el éxito”. Por eso hay que saber fracasar.

El libro Black Box Thinking, de Matthew Syed, da el ejemplo de las cajas negras. La industria de la aviación ha llegado a ser una de las más seguras gracias a estos aparatos que han facilitado la investigación para saber cuál fue el error que llevó a los siniestros aéreos. “Volar se ha vuelto seguro gracias a las lecciones aprendidas de los pasados fracasos”, dice Syed.

Por qué unos aprenden de los yerros y otros no es también tema de estudio. Recientes investigaciones han mostrado que el fracaso genera dos reacciones en el cerebro, una involuntaria y negativa y otra positiva. Según los expertos, se aprende del fracaso cuando la reacción positiva es más consistente que la negativa. Otro estudio, liderado por el psicólogo Jason Moser, encontró que aquellos que piensan que errar es una desgracia tienden a asimilar menos de esa situación negativa que quienes lo ven como un precursor del conocimiento.

Otros investigadores han encontrado que la gente aprende de los errores cuando analiza su actuación. Christopher Myers encontró que si la persona asume la responsabilidad por el fracaso es más factible que aprenda del mismo y trabaje con más ganas para tener un mejor resultado en el siguiente intento. “Pero en ciertas circunstancias es muy difícil saber a quién echarle la culpa y, por lo tanto, hay menos oportunidad de aprender”, dice Myers.

Eso sucede con los errores de los cirujanos, que sufren de ambigüedad de la responsabilidad. Según una investigación realizada por Francesca Gino, esto se da cuando el resultado de una mala operación puede haber sido por complicaciones inesperadas o un error en otra etapa del tratamiento y no necesariamente por el galeno. Lo cual puede ser un problema actualmente en oficinas donde prima el trabajo en equipo y hay muchas variables, como la tecnología, que podrían fallar.

Otros trabajos señalan que en ocasiones no se aprende de un fracaso porque la falla no es un tropiezo en el camino al éxito sino el punto final del proyecto. En dichos casos, solo se evidencia que se perdió el tiempo. Pero eso no quiere decir que errar no muestre una dimensión interesante en la vida. La periodista Eve Farbanks señala que fallar ayuda a sentir un rango amplio de emociones y “ver más textura y color en el mundo”, así no se aprenda nada.

Con aprendizaje o sin él, Andres Aljure, coach en comunicación empresarial, señala que si bien ninguno quiere fracasar lo cierto es que esto va a ocurrir tarde o temprano “porque la vida no es perfecta”, dice. Y la perfección es un enemigo del bienestar. De ahí que los más infelices son aquellos que no se quieren equivocar. Por eso, lo mejor después de una caída es hacer el alto en el camino, analizar lo sucedido, asumir responsabilidad y seguir adelante. Y si aprende algo de ello, mejor.

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