1¿Qué es Copenhague? Es una reunión, la número 15, entre los gobiernos que ratificaron la Convención de Cambio Climático de 1992. Desde entonces este grupo se reúne todos los años. En una de esas cumbres, la de Kyoto en 1997, nació el protocolo del mismo nombre sobre compromisos concretos para controlar este fenómeno.
2¿Por qué es tan importante? Porque en 2007 en la conferencia de Bali, luego de que el Panel intergubernamental de expertos en cambio climático (Ipcc) concluyó que este fenómeno es un hecho irrefutable, se estableció un plazo de dos años para estudiar qué iba a pasar con el protocolo de Kyoto, cuyos compromisos concluyen en 2012. Ese término se cumple la próxima semana con la conferencia de Copenhague.
3¿Qué se va a discutir? La posibilidad de negociar un nuevo protocolo que abarque más aspectos de la problemática de los que trataba Kyoto, como deforestación, financiación de proyectos de energía limpia y transferencia de tecnología. Sin embargo, el tema central seguirá siendo la reducción de emisiones de gases efecto invernadero y cómo los países asumirían compromisos vinculantes.
4¿Cuáles son los jugadores clave? Las decisiones más relevantes son las que tomen países desarrollados como Estados Unidos, bloques como la Unión Europea. Así mismo China, Brasil e India, países en desarrollo con un incremento muy alto de emisiones en los últimos años.
5¿Qué pasará en la reunión? Si se tiene en cuenta que Estados Unidos no está listo para firmar un acuerdo legalmente vinculante, probablemente no se produzca un nuevo protocolo. No obstante, los expertos piensan que se logrará un acuerdo político que será la base para un nuevo tratado en 2010.
Colombia es un país paradójico porque contribuye en la contaminación por Gases Efecto Invernadero (GEI) es mucho menor a la de muchos otros: 0,35 por ciento de las emisiones globales. Esto se debe a que su matriz energética se basa en hidroeléctricas, que contaminan menos. Además una buena parte del territorio colombiano está ocupada por resguardos indígenas, parques o reservas naturales y bosques que ayudan a controlar dichas emisiones. Curiosamente esto convierte a Colombia en un país poco importante en el escenario de Copenhague, puesto que en las discusiones los países clave son los más contaminantes.
"Pero somos vulnerables y no podemos quedarnos dormidos en la negociación", dice Carlos Costa, ministro del Medio Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial. Colombia tiene dos zonas costeras extensas e islas que sufrirán cuando el deshielo de los polos aumente el nivel del mar. El gobierno, según el funcionario, ha participado activamente en las reuniones, ha sido solidario y ha dado señales de buena voluntad. Pero también forma parte de un grupo de países de economías medianas, con una situación similar a la colombiana que a cambio de ciertos compromisos está pidiendo ayuda para adaptarse a los efectos del cambio climático. "Los intereses de estos países no pueden ser ignorados simplemente porque hacemos bien la tarea", señala Costa.
A cambio el país se ha comprometido a seguir en la línea de un desarrollo económico limpio y a preservar los bosques y la Amazonia. Según María Claudia Albán, asesora para el financiamiento y adaptación del Ministerio, se están destinando recursos de las regalías petroleras para preparar ciertas zonas costeras en peligro. Pero se necesita más. José Yunis, representante para Colombia de Nature Conservancy plantea que hay que modificar la actual distribución de regalías para que sea suficiente y constante el flujo de recursos para adaptar a la gente y al ecosistema al cambio. Así mismo considera necesario consolidar la política para conservar la Amazonia. "Hay que delimitar la frontera agropecuaria y controlar la minería en estas zonas -señala- pues como van las cosas la Amazonia que corresponde a Perú, Venezuela y Colombia será la más importante en el futuro".
James Lovelock, el científico británico autor del libro Gaia, decía que si se le preguntara a las personas si habían notado algún cambio en el clima en las últimas décadas probablemente muchos responderían que sí y darían ejemplos. La semana pasada, a sólo ocho días de la esperada cumbre de Copenhague, para buena parte de los bogotanos uno de esos ejemplos fue el calor que se sintió (23 grados centígrados) y que llevó a algunos a desempolvar del ropero la pinta calentana.
Pero eso es lo de menos. El problema de fondo es que el aumento de la temperatura podría llevar a sequías y al racionamiento de agua en un corto plazo en muchas regiones del país. Si bien de este calor es culpable el fenómeno de El Niño, el calentamiento global intensifica su impacto. El año pasado, el problema fueron las fuertes lluvias que generaron inundaciones en la mayor parte del territorio nacional. Esa variabilidad climática y las temperaturas extremas son señales inequívocas del calentamiento global, tal como lo dijo el Panel intergubernamental de expertos en Cambio Climático, Ipcc, el grupo de científicos y políticos más respetado en el tema.
Por eso es curioso que en la antesala de la cumbre que pretende negociar la manera como se va a prevenir que estos fenómenos sean más severos en el futuro, muchos colombianos hayan sentido en carne propia los efectos del cambio climático. Esta reunión que congregará a delegaciones de todos los países a partir del lunes 7 y hasta el 18 de diciembre, negociará la forma como se reducirán las emisiones de gases efecto invernadero como el CO2, el metano, entre otros.
No ha sido una negociación fácil. Desde que se estableció la Convención de Cambio Climático en 1992, los países se han reunido una vez por año. En 1997, en Kyoto, se adoptó el protocolo del mismo nombre que establece compromisos concretos para controlar el fenómeno. Pero al no incluir a Estados Unidos, el principal emisor histórico de gases efecto invernadero, sus logros han sido escasos. También ha resultado ser de muy corto alcance porque sólo se concentra en reducción de emisiones de CO2, y no se ocupa de la financiación, la transferencia de tecnología, la deforestación, entre otros temas.
Problemas geopolíticos
En esta primera etapa, el escepticismo en muchos sectores hizo que no hubiera un consenso frente al reto del calentamiento global. Pero a partir de 2007 uno de los informes del Ipcc ayudó a que el tema avanzara en el campo político. El grupo de científicos planteó que el cambio climático era un hecho: que el planeta ya se había calentado por la acción del hombre y que no había vuelta atrás. "Aun si se apagaran todos los motores del mundo, este se seguirá calentando porque estos gases tienen vida por 100 años", dice Carlos Costa, ministro de Ambiente, Vivienda y Propiedad Territorial. El Ipcc también advirtió que si las cosas seguían así, con simples compromisos voluntarios pero no legales y vinculantes, la temperatura aumentaría a un ritmo que afectaría el equilibrio ambiental. No sólo se extinguirían especies sino que millones de personas experimentarían escasez de agua y otro tanto sufrirían por inundaciones en zonas costeras. Por eso, hace dos años, en la reunión anual de Bali, se estableció la necesidad de negociar un nuevo protocolo más acorde con la situación actual. Ese acuerdo debería alcanzarse en la reunión de Copenhague. (Ver recuadro).
Y si los ambientalistas no han logrado convencer a algunos, seguramente lo harán los militares. Porque también es alarmante el escenario que estos han encontrado al estudiar con juicio la relación del cambio climático y la estabilidad geopolítica. "Si no se paga el precio para reducir los gases efecto invernadero hoy, este se pagará en términos militares", dice Anthony Zinni, ex jefe del US Central Command. Un ejercicio en diciembre pasado en la National Defense University exploró el impacto de una inundación en Bangladesh donde las víctimas huyen a refugiarse en India, lo que crea un conflicto religioso y riesgo de propagación de enfermedades contagiosas. Colombia también estudia el tema pues el conflicto armado es obstáculo para intervenir en zonas donde el cambio climático genera desastres.
Intereses encontrados Desde 1992 se ha perdido tiempo y lo grave es que el panorama de hoy es muy diferente al de 1997, cuando se adoptó el protocolo de Kyoto, pues actualmente algunos países en vías de desarrollo, que en este pacto no tienen compromisos, se han convertido en la última década en grandes emisores y serán protagonistas clave en la reunión. "La negociación es más compleja porque antes no existían China, India y Brasil como lo son hoy", dice Manuel Rodríguez, ex ministro y coautor del libro Cambio Climático: lo que está en juego. De hecho, dice que no hay antecedentes de un pacto de esta envergadura en la historia de la humanidad "por los enormes intereses que participan, porque hay ganadores y perdedores, y porque algunos son más vulnerables que otros". Es de gran trascendencia agilizar el acuerdo entre los países ahora que todavía existe un margen para adaptarse a los cambios .
La meta del Ipcc es que la temperatura nunca aumente más de 2 grados. Para asegurar eso, los seres humanos deben dejar de emitir estos gases al ritmo que lo hacen hoy y que se estabilicen las concentraciones de carbono en la atmósfera por debajo de 450 partes por millón. Hay consenso en que si bien este es un problema de todos, pues las consecuencias del calentamiento se ven en cualquier parte independientemente de donde se hagan las emisiones, la responsabilidad de cada país no es igual, ya que algunos históricamente han contaminado más que otros. Por eso se habla de responsabilidad común pero diferenciada.
Pero el asunto se complica cuando entran en juego los intereses de cada nación, pues el crecimiento económico está atado de alguna manera a procesos que involucran el uso de combustibles fósiles. Por eso, si un país decide reducir sus emisiones sabe que de carambola va a disminuir su crecimiento y ningún líder está dispuesto a quemarse políticamente con medidas impopulares como esta. Un gobierno, además, no se comprometería de manera voluntaria si otros no lo hacen por temor a que los demás Estados saquen provecho de sus sacrificios. Dentro de los países también hay grupos de presión tratando de que estos acuerdos nunca se firmen, lo cual enreda más el asunto. "Si yo soy generador de energía y mi materia prima es el carbón, un tratado de estos va en contra de mi negocio", dice José Yunis, representante en Colombia de Nature Conservancy. Si bien estas industrias pueden migrar a tecnologías más limpias, el cambio es costoso. Por eso una pregunta es de dónde va a salir todo el capital para un mundo productivo sin carbono. Y es que el cambio climático favorece a algunos y perjudica a otros. Con el descongelamiento del Ártico, por ejemplo, el oso polar quedará sin hogar pero al mismo tiempo abre oportunidades a otras especies, incluyendo a la humana, que con temperaturas más cálidas podría explotar esa área económicamente.
Las dificultades también se dan porque el cambio climático no afecta a todos por igual. La Organización de pequeños países insulares (Oasis), por ejemplo, no está de acuerdo con que el límite de temperatura sea de 2 grados centígrados sino que presiona por que sea de 1,5, una meta mucho más difícil. "Es una tesis válida porque ellos son mucho más vulnerables, pero es una opinión solitaria", dice Henry Mance, investigador y coautor del libro junto con Manuel Rodríguez. Algunos de estos países, como las Bahamas, tienen menos de un metro de altitud y prácticamente desaparecerían con el aumento del nivel del mar por el deshielo de los polos. Los países desarrollados, sin embargo, no están de acuerdo con esta posición porque implicaría muchas más obligaciones para ellos. "Lo triste es que los países ricos son los más responsables pero no lo más afectados y por lo tanto no tienen tanto incentivo en cambiar las cosas", señala Mance.
Se avanza Pese a las obstáculos, los expertos ven avances en las negociaciones. Yunis considera que la sola presencia del presidente Barak Obama en la reunión es una gran ganancia y ha sido vista como un gesto de solidaridad. "Es muy valiente porque asiste sabiendo que se está jugando su capital político doméstico". Asimismo, la retórica trillada de los países en desarrollo ha ido variando. Hace unos años estos países no querían hacer nada hasta que los desarrollados se comprometieran a reducir sus emisiones, puesto que los consideraban responsables de haber contaminado la atmósfera para lograr el desarrollo. "Tienen la responsabilidad, sólo que nunca la van a reconocer", dice Rodríguez. Sin embargo, explica que es difícil culpar a los países ricos y exigirles compensaciones por algo cuyo impacto desconocían. La deuda moral se debe establecer desde que se conoce el problema.
Mance agrega que los países en desarrollo han tenido que aceptar que no todo se pacta desde la ética. "La urgencia política es buscar un acuerdo pero no la solución más ética", dice, pues de no tener una alianza que obligue a los más ricos, los países en desarrollo van a ser los más perjudicados. Es por eso que las naciones emergentes están mostrando una actitud más proactiva, pues están proponiendo compromisos voluntarios para que los ricos a su vez estén más dispuestos a colaborar y se logre un acuerdo fuerte con metas significativas. Esta actitud les está generando además beneficios políticos en términos de liderazgo.
Aún así, los expertos no esperan más que un acuerdo político en Copenhague debido a que uno de los jugadores clave, Estados Unidos, aún no está preparado para asumir compromisos internacionales. Según el ministro Costa, el paso previo es que la ley de cambio climático sea aprobada por el Congreso de ese país antes de que Obama pueda asumir una obligación de este tipo. "Pero el acuerdo político será importante porque tendrá las bases para el acuerdo legal vinculante que podría firmarse en 2010", dice.
La cumbre que comienza el lunes ha sido señalada como una que determinará el futuro de la humanidad. Y no es para menos. Las decisiones que allí se tomen cambiarán la manera como la gente vive, lo que consume, los medios que utiliza para transportarse, los viajes, lo que come. Porque aunque muchos lo ven como una negociación política y están pendientes de lo que dirá Obama o Hu Jin Tao, en últimas, nada de estos acuerdos es realista si no se dan cambios individuales en la vida diaria. "¿Quién en Colombia piensa que los vuelos son una fuente de emisiones?", pregunta Mance.La Gran Encuesta Nacional Ambiental en 2008 mostró que menos de 3 por ciento de los colombianos tiene en cuenta los aspectos ambientales a la hora de consumir. Por eso aconseja que cada cual debe empaparse del tema para controlar su huella de carbono con la modificación de ciertos comportamientos. Cuanto antes se adopte un estilo de vida más limpio, mejor para todos.