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| 2/2/2004 12:00:00 AM

El juego de la cigüeña

Varios métodos les permiten a las parejas escoger el sexo de sus hijos. Mientras algunos los aprovechan, otros ponen en duda su conveniencia.

Mi esposo siempre quiso tener un niño, pero los hijos son bienvenidos sean lo que sean", opina María José, una ejecutiva que en su búsqueda del ansiado heredero pasó por cinco embarazos sin lograrlo. Hoy, cuando sus hijas tienen 18, 17, 15, 13 y 10 años, María José se confiesa feliz con su prole y no se imagina criando a un hombre. Pero no todas las parejas que desean tener un hijo de determinado sexo se resignan a dejarlo en manos de la naturaleza. Y para satisfacer el capricho, la ciencia cada vez cuenta con más herramientas. Sin embargo, la variada oferta ha suscitado también algunas reservas en el campo ético y moral.

Aunque desde hace siglos se habla de métodos para seleccionar el sexo de los bebés, hasta hace pocos años estos se limitaban a una serie de recomendaciones que, aparte de pintorescas, no ofrecían ninguna seguridad y carecían de todo soporte científico. Los consejos de las abuelas incluían desde posiciones sexuales -la del misionero para concebir una niña- hasta una dieta rica en carnes rojas y sodio para asegurarse un niño.

Pero si bien algunas de las técnicas modernas cuentan con una probabilidad de éxito que oscila entre 78 y ciento por ciento, estas involucran variables que para muchos rayan con temas moralmente cuestionables, como la manipulación de embriones. Este es el caso de la técnica llamada diagnóstico genético de preimplantación, también conocida como biopsia de blastómera. Consiste en crear varios embriones en un laboratorio a partir del óvulo y los espermatozoides de los padres interesados. Luego se extrae una célula de cada embrión para examinar los cromosomas y determinar el sexo. Una vez discriminados los embriones se procede a implantar los deseados en el útero de la madre.

Uno de los peros que suscita este método es que originalmente fue creado para detectar posibles enfermedades de origen genético en el embrión, tan serias como la de Tay-Sachs, que se desarrolla en los primeros meses de vida y puede dejar al niño ciego, sordo, incapaz de deglutir y paralítico. "La biotecnología nace muchas veces en el campo terapéutico, pero llega un momento incontrolable en el que se sale de esos linderos y pasa a convertirse en una práctica social", dice la doctora Ingeborg Carvajal Freese, experta en bioética y docente de la Universidad del Quindío. "Este es el caso de la cirugía plástica, que al principio era exclusivamente terapéutica y ahora es una ingeniería del cuerpo", añade.

Pero la principal crítica que se le hace a este método es la creación de varios embriones para lograr el bebé perfecto, pues luego de implantar los del sexo elegido quedan 'sobrando' los demás. Los padres deben decidir entre destruirlos, congelarlos para usarlos después (algo poco probable en este caso) o donarlos a la ciencia con propósitos de investigación. Aunque estos mismos dilemas se les plantean a las parejas que recurren a la fertilización in vitro, es innegable que en el caso de la elección de sexo no hay nada que lo justifique más allá del deseo de los padres.

Un método más reciente, tanto que aún está en período de pruebas clínicas, es el llamado MicroSort, también conocido como citómetro de flujo, que inicialmente se creó para usar en animales. El primer paso es centrifugar el semen para separar los espermatozoides del resto de fluidos. Una vez aislados, los impregnan con una tinta fluorescente que se adhiere a los cromosomas. Como los cromosomas 'X' son más grandes que los 'Y' absorben más 'l' clorante. Luego, la muestra es expuesta a un rayo láser que hace brillar la tinta, y los cromosomas se distinguen porque los 'X' son más brillantes que los 'Y'. Finalmente, los espermatozoides se pasan por un electrodo que les asigna una carga -positiva para los portadores del cromosoma 'X' y negativa para los del 'Y'-, lo que hace posible separarlos en grupos diferentes. A pesar de lo complejo de la técnica, el resultado final no está totalmente garantizado: la muestra 'X' termina con 91 por ciento de pureza, mientras que la 'Y' lo hace con 74 por ciento. El último paso consiste en fertilizar el óvulo con la muestra escogida.

La tercera técnica, llamada Ericsson, es la más antigua de las tres y la que menos probabilidades de éxito tiene. Consiste en mezclar el semen con un líquido viscoso. Como, según la teoría, los espermatozoides portadores del cromosoma 'Y' nadan más rápido que los 'X', llegan primero al fondo del tubo de ensayo, mientras que los otros se quedan arriba, por lo que después basta con extraer y utilizar los espermatozoides indicados.

Desequilibrio demografico

Aunque los dos últimos métodos no crean ni manipulan embriones, también son blanco de cuestionamientos éticos y morales. La principal objeción es que facilita una práctica que por siglos ha estado presente en varios países asiáticos y árabes: el aborto de fetos femeninos ante la preferencia cultural que existe por los varones. En muchos casos, sobre todo en las regiones más pobres, se llega incluso a matar a las recién nacidas, en una suerte de "aborto de última hora". En varios lugares, el problema del desequilibrio demográfico ha llegado a límites preocupantes, pues generaciones de niños están llegando a la adultez con el problema de no encontrar esposa en su región, por lo que algunos incluso optan por buscarla fuera de las fronteras de su país. El futuro no es más promisorio para los que aún se encuentran en la infancia, pues, a pesar de los esfuerzos gubernamentales, la tendencia a truncar los embarazos de feto femenino no parece disminuir.

Aquí nuevamente se alzan voces de protesta desde el terreno de la bioética. "¿Qué pasa si una cultura prefiere uno de los sexos? Con esta práctica se puede eliminar una parte importante de la sociedad, pues ambos géneros aportan cosas distintas e igualmente importantes. Se eliminaría la biodiversidad", dice la doctora Carvajal.

Aunque por el momento las técnicas que permiten escoger el sexo de los hijos están al alcance de unos pocos países desarrollados y son prohibidas en la mayor parte de Europa, India, China y Corea del Sur, existe el riesgo latente de que en un futuro cercano sea imposible controlar el acceso a estas, o que incluso las parejas interesadas en ellas decidan viajar a países con legislaciones permisivas al respecto para lograr su propósito.

Como seguramente este no será el último adelanto científico en el campo de la concepción humana, la tarea debe hacerse paralelamente en el de la bioética. "La bioética no debe leerse como una postura antitecnológica. El tomar la evolución en las manos va a ser crucial para el futuro de la humanidad. La pregunta es cómo hacer que el que tome estas decisiones lo haga con una mirada colectiva, con lo global en la cabeza", concluye la doctora Carvajal.
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