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| 7/26/2014 6:00:00 PM

¿Qué tan cierto es el mito de la esposa ‘trofeo’?

Muchos creen que los hombres ricos, al casarse, intercambian dinero por belleza, pero recientes investigaciones demuestran que podría no ser así.

Anna Nicole Smith, Jackie Kennedy Onassis, Melania Trump y Heather Mills tienen en común haber suscitado, al menos por un segundo, la sospecha de que se casaron por el dinero de sus esposos. Después de todo, el atractivo más sobresaliente de estos, los magnates J. Howard Marshall, Aristóteles Onassis, Donald Trump y el veterano músico Paul McCartney, respectivamente, no era propiamente su físico sino su abultada billetera. Ellos, por su parte, se llevaron a sus casas lo que para muchos es el premio mayor: belleza y juventud.

En el argot popular, a este tipo de transacción marital se le conoce como la esposa ‘trofeo’. Se da cuando un hombre transa su fortuna por una bella dama sin importarle sus credenciales educativas ni su personalidad, mientras la bella dama se deja seducir por una vida colmada de lujos y estatus, sin importar si su marido es viejo, arrugado y feo.

La percepción de la mayoría es que así funciona la ciencia de la atracción. Como en cualquier mercado, para que a alguien lo escojan tiene que ser bello o disponer de plata para gastar.

Un reciente estudio, sin embargo, echó por la borda ese mito. Según el trabajo, publicado en la revista American Sociological Review, la transacción dinero-belleza sucede, pero en contadas ocasiones, y cuando se da, no dura mucho. La fuerza más común y poderosa de atracción entre las parejas es la similitud, ya sea en educación, raza, religión o atractivo físico. “Los hombres ricos se casan con mujeres pudientes, los exitosos se casan con mujeres tan célebres como ellos y los bonitos se casan entre ellos”, dijo a SEMANA Elizabeth McClintock, socióloga de la Universidad de Notre Dame y autora del trabajo.

Lo normal es ver parejas con atributos en común, como Angelina Jolie y Brad Pitt, ambos atractivos y exitosos; o Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, y su esposa, Priscilla Chan, ambos nerds y poco agraciados. El mito sería una percepción errada. Cuando entre las 1.500 parejas estudiadas parecía haber un intercambio de belleza por estatus socioeconómico, McClintock encontró que en realidad se trataba de un emparejamiento por virtudes similares. “El hombre también era atractivo o la mujer también tenía plata, o simplemente ambos eran buenas personas”, dice la experta.

Ese error de percepción se da en parte porque las mujeres invierten mucho más en su apariencia física: van al médico regularmente, hacen dietas y ejercicio, mejoran su cuerpo y fisonomía con cirugías plásticas y compran buena ropa. Todo esto las lleva a ser más atractivas. De este modo, los hombres siempre se casan con mujeres más bonitas que ellos. Además de eso, ellos ganan más que las mujeres, de modo que casi siempre ellas se enlazarán con otros más ricos.

Para complicar aún más las cosas, la belleza no es una categoría que se pueda medir fácilmente. La gente exitosa es percibida como más bella y los más bellos, como más exitosos. De modo que un matrimonio de un hombre rico con una mujer bonita podría ser catalogado como un caso de esposa ‘trofeo’, cuando en realidad el estatus y la plata hacen ver a esa mujer más guapa. “El estereotipo persiste precisamente porque belleza y estatus casi siempre van de la mano”, dice la socióloga.

Cualquiera podría pensar que dicho estereotipo ha ido disminuyendo porque hoy hombres y mujeres trabajan a la par y ellas no necesitan que las mantengan. Pero McClintock dice que incluso en el pasado, cuando las esposas no hacían parte de la fuerza laboral, el emparejamiento también se daba por compatibilidad económica y entre miembros de una misma clase. Aún más, este factor ha sido estudiado por economistas como una de las barreras sociales más fuertes para la movilidad social y como un fenómeno que contribuye a mayor desigualdad en países en vías de desarrollo.

Las investigaciones de Victoria Cabrera, psicóloga de la Universidad de la Sabana, coinciden con los hallazgos de McClintock. La experta colombiana explica que hace unas décadas se impuso la teoría de que en las relaciones de pareja los polos opuestos se atraen, como sucede en la Física. En ese sentido, el tímido se casaba con una persona extrovertida, el rico con el pobre, el feo con la bella. Así, el matrimonio era una manera de compensar deficiencias. De ahí la imagen de la media naranja.

Recientemente, sin embargo, se ha confirmado que la similitud de la pareja en ciertos aspectos morales y de personalidad es crucial para una relación duradera. “En la medida en que haya afinidad en temas puntuales como el compromiso, la capacidad de perdón, el manejo de las finanzas, la recreación y la expresión de afecto, la pareja tendrá menos conflictos”, dice.

Desde el punto de vista evolucionista, claro está, la belleza y el dinero son factores importantes. Cabrera explica que los hombres prefieren mujeres jóvenes y curvilíneas porque ellas son más aptas para concebir. A su vez, las mujeres quieren un hombre exitoso y con plata porque necesitan asegurar recursos para el mantenimiento de un potencial hijo. “Entonces la belleza y el dinero pueden ser atractivos en el primer momento”, dice la psicóloga, pero si no se da compatibilidad en ciertos temas críticos, esa pareja no va a sobrevivir por mucho tiempo.

Cuando el hombre con plata –o una mujer con dinero, porque también las hay– se interesan en una pareja solo por su belleza, la relación dura poco. “Se trataría de un romance ‘trofeo’”, dice McClintock.

Según McClintock, la compatibilidad social determina fuertemente el éxito en las relaciones porque asegura que ciertos gustos y preferencias harán la vida más fácil. Esa norma también funciona en el ámbito profesional. La Universidad de Columbia realizó un estudio para ver si la gente busca relacionarse con personas distintas a ellos o se agrupa por afinidades. Los investigadores encontraron que una fiesta de integración sería el sitio ideal para probarlo. El resultado fue que los banqueros se agruparon con otros banqueros, los expertos en marketing hicieron lo mismo y así sucesivamente, lo que demuestra que la gente vive atraída a sus semejantes simplemente porque es más agradable lidiar con lo conocido que con lo extraño.

Curiosamente, esa conexión entre similares se da también en un nivel más íntimo: el ADN. Un estudio publicado en mayo pasado en Proceedings of the National Academy of Sciences que examinó 1,7 millones de lugares del código genético que varían de persona a persona, concluyó que entre esposos hay más en común que con extraños. La semana pasada otro trabajo encontró que algo similar sucedía con los amigos, a quienes se escoge inconscientemente según similitudes en el ADN.

La tesis de la semejanza entre las parejas ha sido corroborada en estudios anteriores como uno hecho en 2009, publicado en la revista Personality and Social Psychology. Los investigadores encontraron que los recién casados se parecían muchísimo en actitudes y valores y en ciertos elementos de la personalidad, lo que sugiere una vez más que la gente busca en su pareja extensiones de sí mismo.

Esta revelación es importante para acabar con la idea sexista de que hombres y mujeres se dejan seducir por cosas superficiales. Puede ser que en apariencias Donald Trump haya conseguido su esposa ‘trofeo’, pero si su cuarto matrimonio dura más que los demás, seguramente es porque el magnate vio en ella más atributos que una cara bonita.
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