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| 2/5/2001 12:00:00 AM

El otro poder

Los activistas de derechos humanos, las ONG ambientales como Greenpeace, y los acérrimos opositores a la globalización comienzan a hacer una nueva política que trasciende las ideologías de derecha e izquierda.

Para muchos autores la discusión sobre el fin del siglo y del milenio era tan sólo un debate cronológico mas no político ni social. El siglo XX murió hace 10 años cuando un bloque pintarrajeado del Muro de Berlín le cayó encima y abrió la bien cerrada caja de Pandora del conflicto bipolar entre comunistas y capitalistas para dejar escapar odios históricos, tradiciones culturales, fervores religiosos y pertenencias étnicas revitalizadas. Con la caída de la Cortina de Hierro surgió un nuevo orden mundial pero también una nueva forma de percibir la política desde la óptica del ciudadano. La dominación de la economía sobre la política, que marcó la aplicación global de reformas y ajustes estructurales en muchos países, no es hoy tan clara ante el resurgimiento de espacios políticos privilegiados para abordar los desfases y desbalances de la economía. Las protestas el año pasado en Seattle durante la Cumbre de la Organización Mundial del Comercio, en Washington D.C. durante la reunión del Fondo Monetario Internacional y en Davos (Suiza) durante el Foro Económico Mundial, que congregaba a las naciones más industrializadas del mundo, demostraron que los antiguos paradigmas de izquierda y derecha, de pobres y ricos se diluyen en una lucha fragmentada contra la globalización. Los sindicalistas más conservadores de Estados Unidos pueden protestar ahora, como de hecho lo hicieron, junto a grupos mexicanos en favor de los zapatistas y de colombianos que reivindican los derechos de los indígenas u’wa. Los parámetros norte-sur no son tan bien definidos y lo que hacen es diseminarse en grupos de activistas con financiamiento internacional y con grandes contactos soportados en Internet. La otra tendencia es la emergencia de actores de la sociedad civil (ONG, fundaciones, tanques de pensamiento, tercer sector) que sustituyen, ante la crisis de credibilidad y legitimidad, a partidos políticos, sindicatos y gremios tanto en el territorio nacional como en el extranjero. La campaña presidencial de Al Gore recibió reclamos de activistas pro u’wa a causa de las acciones que posee en la petrolera Oxy. A esta profusión de activismo transnacional se le suma la masificación de tecnologías, como Internet, que abaratan los contactos entre grupos y que permiten respuestas masivas y movimientos internacionales coordinados desde cualquier lugar del mundo. Las causas que movilizan estas respuestas pueden ser tan variadas como la defensa de animales o el juzgamiento de un hecho criminal. En Colombia, sin ir más lejos, la sola propuesta del alcalde Peñalosa de construir un delfinario ha provocado que cientos de defensores de cetáceos en el mundo inunden su oficina con cartas de protesta por ocurrírsele mantener a estos mamíferos, acostumbrados al nivel del mar, a 2.600 metros de altura. La desaparición de dos miembros de la Asociación de Familiares de Desaparecidos también atiborró el correo electrónico del secretario privado de Andrés Pastrana con cartas de activistas de derechos humanos de todo el mundo exigiéndole que investigue su paradero. Y tal vez la muestra más contundente de este activismo transnacional es la alianza estratégica que han logrado las ONG colombianas con las europeas y norteamericanas para redireccionar los recursos militares del Plan Colombia hacia obras de inversión social. Su presión llevó al Congreso de Estados Unidos a condicionar la aprobación de la ayuda a una discusión del paquete entre el gobierno y las ONG de derechos humanos y a varios países europeos a hacer explícito que sus aportes son para el proceso de paz y no para el Plan Colombia. Sin embargo la red también ha ayudado a las entidades estatales, que ahora entablan una mejor comunicación e información de las políticas públicas mediante sus páginas de Internet y sus correos electrónicos. Cabría agregar que los avances tecnológicos sirven, así mismo, a organizaciones al margen de la ley, como las guerrillas y los paramilitares. La consolidación de los valores posmaterialistas como el género, el medio ambiente y las preferencias sexuales es una realidad imparable que ha dejado de ser característica de las sociedades más ricas. ¿Acaso no existen en Colombia grupos de mujeres pobres que reivindican su género e indígenas que luchan por mantener su cultura? Ante el éxodo masivo de colombianos no pasará mucho antes de encontrar asociaciones colombianas preocupadas por la migración. La lucha de los colombianos en Estados Unidos para que se les otorgue el TPS es muestra de ello. El riesgo que se corre, sin embargo, es que si bien a primera vista esta proliferación de movimientos cívicos y sociales puede ser un síntoma del fortalecimiento de la sociedad civil —aunque no está probado—, queda claro que esta nueva forma de hacer política a través del activismo cívico esta suplantando algunas funciones esenciales del Estado en algunos países en desarrollo. En conclusión, estos factores invitan a repensar el sentido de la política y de las instituciones políticas, no solamente de las tradicionales, como los partidos, sino las alternativas, como los nuevos movimientos sociales y las redes internacionales de cibernautas activistas.
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