Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1986/09/01 00:00

EL RESCATE DE UN TESORO

Una nueva Fundación pretende poner fin a cinco siglos de saqueo y destrucción de la Sierra Nevada de Santa Marta

EL RESCATE DE UN TESORO

Y ahora, encima, colillas de cigarrillo y cajitas amarillas y rojas de rollos fotográficos. Con la iniciación de vuelos turísticos en helicóptero a Buritaca 200, la Ciudad Perdida de los Taironas, ya ninguna agresión ecológica concebible le queda por sufrir al frágil ecosistema de la Sierra Nevada de Santa Marta. ¿Bombardeos con napalm, quizás? Ni siquiera eso. Ya tiene fumigación masiva con glifosato desde los helicópteros de la Policía. Los taironas habían logrado el prodigio ecológico y social de mantener una población de más de medio millón de personas sin destruir esa descomunal piramide de bosque y agua que es la Sierra Nevada. "Si hay algún paraíso terreno en estas tierras de indios parece ser éste", escribía asombrado el cronista de Indias Fray Pedro Simón. Pero la devastación empezó entonces.
Los conquistadores llegaron a "rescatar tesoros": todavía podemos ver algunos en el Museo del Oro. En su tarea de rescate procedieron, para comenzar, a destruir las ciudades de piedra de los taironas: Oasirona Taironaca, Pocigueica. Fueron ochenta años de guerra sin cuartel, hasta que en 1604 el gobernador de Santa Marta don Juan Cuiral consiguió exterminar a los últimos defensores, descuartizar a sus caciques y sacerdotes y someter a encomienda a los sobrevivientes. Veinticuatro años más tarde el obispo de Santa Marta contaba que ya "no quedan sino seiscientos", pues ante el maltrato de los encomenderos "los que no morían de hambre se iban a los montes o se ahorcaban de desesperación".
Durante más de tres siglos el bosque creció sobre las ruinas. Hasta que, mediado el nuestro, empezó a llegar a la Sierra Nevada una nueva oleada de población colonos miserables empujados por la violencia política, y con sus quemas y sus talas de bosques se reanudó la agresión contra la Sierra. Con la apertura de la carretera troncal del Caribe, en 1968, la colonización se volvió masiva: hoy hay decenas de miles de familias. Llegaron los guaqueros en busca de tumbas que saquear: hoy son tres mil en la provincia de Santa Marta, reunidos en una asociación que goza, por increible que parezca, de personería jurídica. En 1972 pasaron por ahí los primeros marimberos, y a partir del 75 se instaló la "bonanza": millares de hectáreas fueron limpiadas para abrir paso a los cultivos de marihuana, la célebre Santa Marta Gold. Hoy hay zonas, como el curso del Riofrío, taladas hasta las cabeceras. Detrás de la marimba vinieron las autoridades: se instaló un puesto militar en el sitio de La Tagua para organizar el "transe" con las recuas de hasta quinientas mulas cargadas de hierba que bajaban de la Sierra hacia los puertos de embarque del Parque Tairona. Los últimos dos o tres años han visto la decadencia de la marimba y su reemplazo por los cultivos de coca, así como la instalación en las faldas de la Sierra de laboratorios para procesar bazuco. Tras los coqueros llegó la Policía con sus fumigaciones aéreas de glifosato. Y también los arqueólogos, atraídos por el descubrimiento de la Ciudad Perdida, y con ellos toda suerte de entidades burocráticas del Estado. Y por último un frente guerrillero de las FARC.
La tarea de destrucción de toda esa combinación de factores ha sido impresionante. Sobrevolando las cuchillas vertiginosas de la Sierra se ven ahora grandes calveros de monte tumbado, anchas cicatrices peladas que las quemas y la tala del bosque han reducido a potreros primero, que el ganado ha convertido luego en eriales, cada día más numerosos en el mar crespo de la vegetación. Al paso que van las cosas, dentro de muy pocos años la obra civilizadora iniciada a principios del siglo XVI por Rodrigo de Bastidas estará concluida, y el paraíso ecológico que fue la Sierra Nevada habrá desaparecido. Sobre el macizo desolado podrán entonces darse la mano el desierto que baja desde la Guajira y los peladeros que suben desde Santa Marta.
Todavía no es realidad, sin embargo, esta visión apocalíptica. La Sierra es todavía un pedazo de paraíso atravesado por cientos de quebradas, por docenas de ríos helados que bajan de los nevados, cubierto de bosques y rebosante de vida. En los 42 kilómetros que hay en línea recta de los picos nevados hasta el mar Caribe se encuentran en la Sierra todos los climas y las formas de vida del mundo tropical, desde las playas todavía despobladas de turistas del Parque Tairona hasta los 5.575 metros del Pico Bolívar. A medida que se suben las empinadas pendientes se dejan atrás lós almendros, los guamos y los espinos para encontrar ceibas y cedros, cauchos y laureles, y más arriba palmas de tagua y de cera, aguacates y cámbulos y palmas bobas, y después arbolocos y encenillos, y después chites y frailejones, y por último las lagunas silenciosas y heladas de las nieves perpetuas donde florece el lítamo real. Es posible hallar allí toda la fauna de la América tropical, desde los alcatraces y las garzas hasta las aguilas e inclusive algún cóndor en los peñascos de las altas cimas. Hay chiguiros y monos aulladores, tinajas y venados, ocelotes, jaguares, osos, dantas, armadillos, pumas. Y temibles culebras venenosas, rabicandelas y cuatronarices, pudridoras y mapanás. Y están las huellas de las civilizaciones vencidas: las ciudades de anillos de piedra, la intrincada red de caminos, terrazas y canales que construyeron los taironas: centenares de sitios arqueológicos que cincuenta años de guaquería no han conseguido todavía arrasar. Y las culturas indigenas todavía vivas: los sankás, los ijkas o arhuacos, y en especial los kogis: en total, unos veinticinco mil descendientes de aquellos indios del siglo XVII que se echaron al monte para no ahorcarse, y que son quizás el único caso de comunidad indigena en el país en el que no se ha roto la continuidad cultural. La Sierra Nevada de Santa Marta está todavía llena de tesoros, y es posible salvarlos, aunque no sean los mismos que los conquistadores primero, y después los colonos, los guaqueros, los marimberos y los turistas, han ido a "rescatar".
En la teoría eso es sabido. Por eso existen allí dos parques nacionales --el Tairona y el de la Sierra--, dos resguardos indígenas --el de los kogis y el de los arhuacos-- y una reserva arqueológica, la del Alto Buritaca, en torno a Ciudad Perdida. Pero nada de eso ha sido hasta ahora de mucha salvaguardia, hasta el punto de que los ecólogos consultados por SEMANA se aferran al consuelo del mal menor: las fumigaciones con el venenoso glifosato, por ejemplo, son buenas porque ayudan a controlar la expansión de los coqueros y en consecuencia impiden que continúe la tala de los bosques, que es muchísimo más grave que su envenenamiento. La atención del Estado ha sido incluso contraproducente, en la medida en que la falta de coordinación y las rivalidades abiertas entre sus distintos organismos desembocaban en una lucha por el poder de la cual la primera víctima era la Sierra misma. Se libraban épicas batallas entre los ecólogos del Inderena y los arqueólogos del Instituto de Antropología por unas ollas o un tajalápiz de manivela, y los pilotos fumigadores de la Policía se enfrentaban a los antropólogos de Colcultura. Durante unos años se ocupó de la zona la Fundación Tairona, que presidía Gloria Zea, pero se centraba únicamente en los aspectos arqueológicos y las investigaciones en torno a Buritaca. Ahora acaba de crearse una nueva fundación de participación mixta --mitad privada, mitad estatal-- que aspira a coordinarlo todo: lo ecológico, lo arqueológico, los asuntos indigenas y los problemas de los colonos, en aspectos que van desde la atención sanitaria hasta el control del cultivo de la coca, pasando por la guaquería. Se creó este 24 de julio, en una ceremonia en San Pedro Alejandrino con Presidente de la República y gobernadores arhuacos, celebridades internacionales como el Premio Nobel de Medicina Carleton Gajducek, el director del Museo de Historia Natural de París Jean Dorst, el antropólogo Gerardo Reichel-Dolmatoff, científicos como el siquiatra José Francisco Socarrás y el presidente de la Academia de Ciencias Luis Eduardo Mora Osejo. Y además, de acuerdo con los estatutos de esta Fundación Pro Sierra Nevada, en su junta directiva figurará siempre un indígena. Porque eso es algo que había sido pasado por alto desde Rodrigo de Bastidas hasta el glifosato: que la Sierra Nevada es de los indios.--

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