Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/10/02 00:00

El rey de los Andes

Tras la liberación de Ubará, Quimé y Sobce ya son 51 los cóndores criados en cautiverio que regresan a su hábitat natural.

El rey de los Andes

Hace 500 años asesinar a un cóndor era sacrilegio. La imponente ave de los Andes era venerada por muchas culturas indígenas cuya cosmogonía definía al cóndor como el ser que había bendecido a los hombres con el regalo de la luz. Del cóndor dependía que el sol saliera cada mañana y los mortales que osaban ofenderlo debían soportar la oscuridad.

Pero la leyenda fue perdiendo su tono amenazador y los cóndores pasaron al banquillo de los acusados. Su descomunal tamaño —tres metros con las alas extendidas y un metro con 20 del pico a la cola— ya no inspiraba respeto sino temor. Condenado por un crimen que no cometió —el cóndor no es un cazador sino un ave de carroña que se alimenta de cadáveres— el animal se convirtió en una especie en vía de extinción, particularmente en Ecuador y Colombia, país en donde hay 150 ejemplares.

Para evitar que su imagen pase a la historia como un simple emblema patrio en los billetes y banderas los gobiernos andinos han desarrollado programas de protección con los que se pretende aumentar la población de cóndores desde el extremo norte de Venezuela hasta Tierra de Fuego.

El pasado 26 de agosto al mediodía Ubará, Quimé y Sobce, tres cóndores criados en cautiverio, saborearon por primera vez la libertad. Ese día la Fundación RenaSer, con el apoyo del Ministerio del Medio Ambiente, las corporaciones autónomas regionales y Avianca, abrió las jaulas en las que permanecían los atemorizados cóndores de 28 meses que, a partir de ahora, harán del Páramo de Belmira (Antioquia) su nuevo hogar.

Los pequeños tardarán un mes en aprender a volar y sus instructores serán los gallinazos. Si tienen suerte en cinco años, cuando lleguen a la edad adulta, encontrarán una pareja a la que le serán fieles durante los 60 años que tienen de vida.

El trío hace parte de un programa de protección del cóndor colombiano que se inició en 1988 con la firma de un convenio entre el Inderena y The Zoological Society of San Francisco.

Gracias al proyecto en estos últimos 12 años ha sido posible restituir cinco núcleos de repoblación en el Parque Nacional Chingaza (Meta y Cundinamarca), el Parque Nacional de los Nevados (Caldas, Risaralda, Tolima y Quindío), el Páramo de Belmira (Antioquia) y en los resguardos de Puracé (Cauca) y Chiles (Nariño). También se ha podido comprobar la existencia de poblaciones silvestres en la Sierra Nevada de Santa Marta, la Serranía del Perijá y el Páramo de Cachira, en Norte de Santander.

Desde 1989 han sido liberados 51 ejemplares pero su rastro no se ha perdido ya que antes de abandonar el nido los investigadores les colocan a los cóndores un transmisor satelital para conocer su estado y ubicación. Hasta ahora se ha comprobado que los animales tienen un radio de acción de 300 kilómetros.

Puede que las cosas hayan cambiado mucho en 500 años pero lo sucedido en el Páramo de Belmira demuestra que todavía existen personas que veneran al rey de los Andes.

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