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| 6/30/1997 12:00:00 AM

EL SEÑOR DE LAS NEURONAS

El 'New York Times' reconoce una vez más los méritos de las investigaciones sobre el cerebro del colombiano Rodolfo Llinás.

Son muy pocos los colombianos que aparecen con despliegue en las páginas del New York Times, uno de los periódicos más prestigiosos del mundo. Y si lo hacen alguna vez, casi ninguno repite. Sin embargo el científico bogotano Rodolfo Llinás se ha convertido en un invitado frecuente de la sección científica de esta publicación, como lo demostró el extenso perfil publicado por ese periódico el martes pasado.Y no es para menos. Definitivamente el jefe de fisiología y neurociencia del colegio de medicina de la Universidad de Nueva York es uno de los científicos más reputados del mundo y ciertamente un revolucionario de la neurociencia. Por eso fue nominado al premio Nobel de Medicina en 1992, pertenece al grupo exclusivo de científicos que se ha dado el lujo de mandar uno de sus experimentos al espacio y es de los pocos mortales a los que les caben en su cabeza los misterios del cerebro. Son bastantes las hazañas que Llinás ha logrado en cuatro décadas de investigación, pero lo que sin duda le ha dado popularidad entre legos y especialistas han sido sus experimentos para la Nasa y su teoría general sobre el funcionamiento del cerebro. Los experimentos en el espacio sideral hacen parte de una investigación cuyo objetivo es estudiar el comportamiento de los tejidos del cerebro en condiciones de gravedad cero. La finalidad de este proyecto es observar las posibles alteraciones que pueden sufrir este órgano y el sistema nervioso humano en una larga estadía en el espacio y se realiza como preparación al viaje que prepara la Nasa a Marte en el año 2010. En 1996 estuvieron en órbita 30 ratas a bordo del transbordador Endeavour, enviadas por el equipo científico liderado por Llinás para iniciar sus experimentos en este novedoso campo científico. Pero las teorías que realmente tienen en suspenso a la comunidad científica internacional son las osadas hipótesis del colombiano sobre el funcionamiento de la conciencia. En este campo Llinás ha controvertido presupuestos considerados antes intocables. Por ejemplo, hasta hace poco se creía que las neuronas eran una especie de pequeños interruptores o cables que enviaban mensajes rápidos a través del cerebro. Al final de una cadena de éstas se creaba una especie de tejido que unificaba todas las percepciones, del mismo modo que crea sus imágenes una pantalla de televisión a partir de miles de puntos. Llinás acabó con esta concepción mecánica de la percepción con su teoría de unas neuronas complejas, independientes, activas, que trabajan en sus propias parcelas, incluso antes de cualquier estimulo externo. Y cuya conexión no se realiza en un espacio físico sino en el tiempo gracias a un barrido tipo radar que sucede en el cerebro cada 12,5 milisegundos, el tiempo que tarda un pensamiento en formarse.Hasta aquí las teorías de Llinás que están hoy en el ojo del huracán de todos los debates científicos. Pero lo que más ha llamado la atención de los especialistas es su visión integral del fenómeno de la conciencia. Las reflexiones de este hombre de 62 años, pelo canoso, reservado en sus palabras y obsesionado por los grandes misterios del conocimiento van mucho más allá de las preocupaciones estrictamente científicas y se asoman atrevidamente al campo filosófico, pero, eso sí, utilizando todas las herramientas del método científico. Por eso muchas veces terminan tocándose con los problemas eternos de la religión o aquellos más modernos del sicoanálisis y la lingüística. Hace poco, por ejemplo, ayudó a desarrollar la técnica del magnetoencefalograma, mediante la cual se pudo visualizar por primera vez el proceso de formación de las palabras y determinar su sustrato físico. Llinás, un niño mimado de la comunidad científica y huésped de honor de Estados Unidos, no ha perdido nunca su sencillez y bajo perfil. Insiste en que sólo le interesa seguir pensando el órgano con el que se piensa, que para él es llegar a la altura máxima de la ciencia. Y lo hace con una curiosidad sana, tal vez simplemente, como dice, "para ayudar a crear un mundo donde al fin las noches terminen en mañanas y en el que Don Quijote pueda llegar a su estrella inalcanzable". Para él esta quimera es el cerebro, ese insondable objeto de estudio que sin embargo él insiste podrá ser comprendida alguna vez precisamente por el cerebro. Cuando esto suceda, sin duda la humanidad tendrá mucho que agradecerle a Rodolfo Llinás.
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