Martes, 30 de septiembre de 2014

| 2013/05/25 05:00

El virus moral

La infección por VIH es como la lepra en la actualidad. El estigma ha llegado al extremo de que quienes la padecen son rechazados y hasta asesinados.

El virus moral Foto: El cíclope miope

El estigma y el Sida son dos palabras que van de la mano. Según el Informe Mundial de la OMS, “el miedo, la ignorancia y la discriminación con respecto al VIH siguen suponiendo importantes costos humanos por el tratamiento abusivo y la violencia”. 


Colombia tiene un diagnóstico grave, pero muy silencioso en la materia. “La discriminación tiene formas muy camufladas”, afirma Juan Simbaqueba, un psicólogo portador del virus que ha dedicado su vida a la lucha contra el estigma de esta enfermedad. Simbaqueba dirigió el primer estudio sobre este tema en el país para el que mil pacientes fueron entrevistados. Los resultados son sorprendentes. 


Además de soportar los efectos del Sida en su cuerpo, los enfermos sufren diferentes formas de maltrato. El 67 por ciento ha percibido que otras personas murmuran sobre su condición y el 26 por ciento ha sido alguna vez violentado por la misma. El VIH afecta hasta los aspectos más íntimos de la vida. El 60 por ciento no establece una relación sentimental con alguien por miedo al rechazo y el 20 por ciento tiene pensamientos suicidas. Según el estudio, quienes padecen de VIH “presentan estados de depresión profunda que se asocian con la culpa y la idea de castigo”. 


Según Chantal Aristizabal, médica internista y magíster en bioética, en el VIH se congregan tres de los peores miedos del ser humano : el temor a los gérmes, a la sexualidad y a la muerte. Además, la enfermedad se asocia con grupos que ya estaban estigmatizados como los homosexuales, las prostitutas y los adictos a drogas. Como dijo uno de los entrevistados del estudio de Simbaqueba, “en Colombia ya el hecho de ser gay es un problema y si se suma el VIH aún más”. 


Es tal la etiqueta de la enfermedad que los especialistas hablan de los “desplazados del VIH”. En las regiones los grupos armados tienen a estos pacientes como blanco. La guerrilla o los paramilitares les piden a los médicos el listado de quienes tienen el virus, y muchas veces los incluyen en panfletos para amedrentarlos. “Me ha tocado verlos morir, pero  asesinados”, dice un médico. Según él, en pueblos pequeños hacer público el diagnóstico es sinónimo de una sentencia de destierro. 


La Liga contra el Sida recibe estos casos y los ayuda a reubicarse en Bogotá. Su misión, sin embargo, es subterránea. La sede de la organización no tiene letrero por miedo a que los vecinos los saquen del barrio, les rompan las ventanas o agredan al personal. Para su  director, Jorge Pacheco, es increíble que en el siglo XXI todavía haya personas que crean que debe “haber una especie de selección natural” contra quienes solo están enfermos. 


“Nunca quise ocultar la enfermedad de mi hija”


Gloria Villegas adoptó hace 18 años a una niña con VIH. Relata todas las discriminaciones que ha vivido en su crianza.


“En el terremoto de Armenia recibí una bebé damnificada. Cuando tenía siete meses le diagnosticaron VIH. La quería tanto que decidí adoptarla y me prometí nunca ocultar su enfermedad. Vivimos todas las discriminaciones. En todos los colegios la rechazaron hasta que una religiosa la aceptó, pero nos advirtió que no dijéramos nada. A los siete años Laura entró a una academia de baile, iba dichosa allá. Un día conté que la niña tenía VIH, me devolvieron la plata y la expulsaron. Me tocó decirle que habían cerrado la academia. Pusimos una tutela y la ganamos. 


Al principio la discriminación se vive incluso en la familia. En un cumpleaños, mi esposo me dijo que partiéramos un pedazo de torta aparte para que pudiera soplar las velas sin afectar a sus hermanos. Ahora que él sabe cómo se transmite el VIH, comen del mismo plato y van a todas partes juntos. Él la ama profundamente. Por Laura creé una fundación para luchar contra el estigma. He conocido niños que viven en pueblos y tienen que ir al médico a Bogotá para que nadie se entere que portan el virus. Hoy la fundación atiende 17 pequeños, pero no he logrado que las mamás hagan lo mismo que yo, pues les da mucho miedo. Pero yo creo que para acabar con la discriminación hay que acabar con el miedo”. 

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