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| 4/29/2006 12:00:00 AM

En el diván

El famoso mueble que utilizó Freud en sus terapias no es un simple elemento decorativo. ¿Cuál es la historia de este sofá indispensable para el sicoanálisis?

Es curioso que la imagen que más simboliza a Freud y a su terapia sea un mueble: el diván. Sicoanalista que se respete debe tener uno en su consultorio. La mayoría de quienes se han ‘analizado’ ha experimentado en un comienzo el miedo de estar acostado allí, indefenso, hablándole a un extraño sobre su infancia y su vida. Luego, cuando el temor cede ante la costumbre, este sofá se convierte en un aliado que provoca tal relajación, que el paciente logra hablar a pierna suelta en la consulta. Y en ocasiones hasta se queda dormido.

No en vano el diván es un símbolo del sicoanálisis. Este sofá favorece la terapia porque permite la relajación del paciente, lo cual hace que se centre en su mundo interior. Según los sicoanalistas consultados por SEMANA, la posición horizontal facilita la regresión a estados infantiles y estimula la producción de imágenes en las que se esconde información de alto valor afectivo.

Freud, sin embargo, llegó a este mueble por azar. Antes de descubrir el sicoanálisis utilizaba la hipnosis como tratamiento para sus pacientes histéricas. Para ello requería que estas mujeres estuvieran relajadas y preferiblemente acostadas. Según la técnica que heredó del francés Jean Marie Charcot, el hipnotizador debía sentarse detrás del sofá y colocar su mano en la frente del paciente para estimularlo a exteriorizar todos los sentimientos reprimidos. La terapia no resultó muy efectiva, pues los episodios de histeria regresaban luego de un tiempo. En una oportunidad, una paciente le sugirió a Freud que no la hipnotizara más, y que más bien la dejara hablar, pues ello la hacía sentir más relajada.

Así nació el sicoanálisis. El diván se mantuvo por comodidad, tanto de Freud como de los pacientes. Se dice que al investigador le molestaba tener frente a frente a sus enfermos durante ocho horas seguidas. Además, consideraba que cuando ellas no lo veían, se relajaban más. Otros libros dicen que la alineación del paciente en el diván y el terapeuta atrás se estableció por cuestiones de seguridad. “Dicen que las pacientes histéricas se alzaban la falda durante las sesiones y lo seducían”, sostiene la sicoanalista Yanet Flórez.

Pero, dejando los rumores a un lado, para la experta esta posición horizontal es indispensable para la relajación que se necesita en el proceso de asociación libre, básico para el sicoanálisis. Analizar las asociaciones y las fantasías que surgen cuando la persona está acostada es el trabajo grueso del sicoanalista. El diván permite que el profesional se concentre en lo que dice el paciente y que no contamine con expresiones faciales la información que da el personaje al que se está analizando.

El famoso diván de Freud, que usualmente cubría con una manta oriental, es una estructura sencilla, con un cojín en forma de rollo en uno de los extremos, y más bien pequeño. Lo último era intencional. Se buscaba que la persona no se acostara totalmente sino que reclinara su cabeza sobre dicho cojín. Este mueble, que se encuentra en el museo Freud de Londres, fue donado al científico por madame Benvenisti en 1890.

Muchos diseñadores de la talla de Le Courbusier y Ludwig Mies van der Rohe hicieron famosos entre los sicoanalistas sus diseños de diván. En Austria, el reconocido arquitecto Otto Wagner también diseñó uno para un personaje influyente de ese país.

“El diván es todavía importante para el sicoanálisis”, dijo a SEMANA Peter Nömaier, vocero de la exposición The couch, thinking in repose (El diván, pensando en reposo) que se abrió la semana pasada en Viena y que muestra varios de los más famosos diseños a través de la lente de Shellbourne Turbar, quien tomó fotografías de consultorios de sicoanalistas de Estados Unidos y Argentina desde 1999 hasta 2000.

No hay un manual que diga cómo deben ser las características del sofá. Todo depende del gusto personal del terapista y de la moda del momento. Lo importante es que sea cómodo, mullido, que invite a la relajación y que ojalá esté hecho en un material “de color opaco, nada de colores vistosos”, dice Flórez.

Las normas de su uso se han relajado un poco. Aunque algunos afirman que el diván hace una gran diferencia en la terapia, otros consideran que debe ser al gusto del paciente. Cualquier decisión que tome –si se sienta en una silla o se acuesta en el mueble– será información valiosa para el sicoanalista.

Tanto se ha asociado la palabra diván con el sicoanálisis, que hoy las dos se han vuelto sinónimos. El presidente de Estados Unidos, George W. Bush, le dijo a un periodista en 2004 que “no iría al diván para repensar sus decisiones sobre la guerra en Irak”. La afirmación le valió críticas de muchos sicoanalistas, pues daba a entender que no era necesario conocerse a sí mismo para tomar decisiones y que sólo los enfermos mentales deben ir al sicoanalista. Pero los expertos no lo ven así. Ellos dicen que esta terapia le ayuda a la gente a adaptarse mejor a la vida. Probablemente, si Bush se hubiera acostado en el diván, el mundo sería distinto.
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