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| 2/19/2001 12:00:00 AM

En sus marcas

El ingreso al colegio puede aterrorizar a los niños y despertar la apatía en los dolescentes. ¿Cómo ayudarles para que no sea una experiencia traumática?

“No quiero volver al colegio”. ¿Cuántos padres habrán escuchado esta frase en boca de sus hijos? ¿Qué hacer cuando éstos manifiestan su rechazo o su miedo a un profesor o al grandote del curso que los tiene amedrentados? Según los especialistas lo primero es saber cuáles son las causas de ese temor o rechazo al colegio. Una cosa es la pereza y la falta de motivación que se tengan respecto al estudio y las labores académicas consideradas como un todo y otra muy distinta el miedo que produzcan factores muy particulares y fácilmente identificables dentro de ese gran universo escolar, como un profesor ‘cuchilla’ o un compañero de curso que no pierde oportunidad para hacer bromas pesadas y burlarse en público de los demás. Por pequeños que sean, todos los cambios que se produzcan en la vida de una persona generan expectativas. Y en el caso de los estudiantes, que además de cambiar de curso o de compañeros también lo hacen de colegio, las expectativas pueden convertirse en verdadero pánico y, en el peor de los casos, en fobia a todo lo que tenga que ver con éste. ¿Cómo ayudar a un niño que se enfrenta a estas situaciones?

Según la sicóloga María Clara Arboleda, “es muy importante que sean ellos mismos quienes exterioricen las causas de ese miedo y manifiesten abiertamente sus emociones. De esta manera es posible determinar si se trata, como es usual entre los niños más pequeños, del miedo que les produce separarse temporalmente de los padres y la ansiedad por el comienzo de un nuevo año escolar o si estamos frente al desgano y la rebeldía, tan comunes en los adolescentes”. En el primer caso es fundamental que los infantes se familiaricen con su ambiente escolar, que conozcan a sus profesores, las instalaciones de su lugar de aprendizaje y sepan dónde buscar ayuda en caso de necesitarla. Igualmente, la motivación de los padres es decisiva para que se sientan atraídos por el comienzo de un nuevo período escolar. Según Liliana Fajardo, madre de dos niños, de 7 y 11 años, “lo primero que pensé cuando mis hijos entraron a estudiar es que quería que en ese lugar nuevo y extraño para ellos pudieran ser felices. Por ello les pedí a los profesores que no los presionaran y que respetaran el hecho de que un niño de 3 años vive y muere por jugar. Claro, el proceso de aprendizaje debía iniciarse pero sin necesidad de forzarlos a hacer cosas que no querían. Hoy siento que esa concepción de la educación rindió sus frutos pues, aunque no paso mucho tiempo con ellos, ya son capaces de responder por sus obligaciones escolares y son excelentes alumnos”, concluyó.

Si bien no todos los padres tienen el mismo éxito con sus hijos sí hay maneras para lograr que se sientan más motivados con sus estudios y que aprendan a desenvolverse con seguridad frente a los retos que les impone la vida escolar. Aunque la orientación y el afecto de padres y maestros siempre deben estar presentes durante estos años, los niños también deben aprender a resolver sus propios problemas por sí solos. Las rivalidades, los temores y las diferencias con los demás son parte de la vida y se encuentran en todas partes sin importar la edad. Pero es durante los llamados ‘años maravillosos’ que los niños comienzan a enfrentarlos y a reconocer sus propias fortalezas y debilidades. Un niño que dependa siempre de sus padres o maestros para resolver hasta los asuntos más elementales probablemente será más inseguro que aquel que intenta valerse por sus propios medios. Independientemente de si acude a las agresiones físicas o verbales y choca con el maestro que le produce pánico o el compañero bromista, lo cierto es que está haciendo frente a sus dificultades y trata de sortearlas como puede.

Además de la iniciativa propia, la comunicación directa entre los profesores y los padres puede ayudar a detectar los factores que afectan el normal desenvolvimiento del niño en el colegio y, por ende, mejorarlo. Estos últimos deben tener siempre en mente que con actitudes represivas no se llega a ninguna parte. Mientras que un adulto que no se siente a gusto en su trabajo decide si renuncia o no, los niños no siempre tienen la misma opción. Por ello es importante que los padres entiendan que, en la medida en que el colegio acapara cada vez más parte de su tiempo, es inevitable que el niño enfrente problemas de diversa índole. La primera salida, tal como anota la doctora Arboleda, “es potenciar las fortalezas del estudiante para mejorar sus debilidades y no anclarse en las debilidades para lograr fortalezas”. En pocas palabras, lo que los niños esperan es que alguien los escuche y los oriente, no que se les presione para que mejoren de la noche a la mañana su promedio académico. El no poder cumplir con retos que van más allá de sus posibilidades reales puede generarles grandes sentimientos de frustración que los afectaría en el futuro. Con una actitud abierta y comunicativa a los padres les será mucho más fácil motivar a sus hijos para que disfruten al máximo sus años de colegio.
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