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| 6/23/2003 12:00:00 AM

Enemigo y aliado

El estrés puede provocar una vida desgraciada pero, si se aprende a convivir con él, ayuda a conseguir metas y darle sentido a la vida.

Este es un dìa típico en la vida de Andrés Felipe Ospina (*), ejecutivo de ventas de una importante empresa comercial. El desayuno que se tomó de afán le entró en reversa a causa de la gastritis y de un persistente dolor de cabeza que no lo dejó dormir la noche anterior. A duras penas tiene tiempo de despedirse de su esposa porque cuenta con un cuarto de hora para llegar a su oficina y no sabe si se va a demorar cinco o 40 minutos en llegar porque el tráfico de la ciudad se ha vuelto impredecible. La gastritis se le agravó desde que su jefe le encomendó hace un par de días un proyecto para mejorar las ventas de la empresa y que hoy debe presentar ante la junta directiva. Durante el trayecto a la oficina repasa una y otra vez lo que tiene que decir pero lo atormenta la sola posibilidad de que le falle el Power Point, como le ocurrió hace 15 días ante una delegación de visitantes japoneses.

Pero esa no es su única fuente de angustia. Ayer hubiera querido asistir a la reunión con la profesora de su hijo pero prefirió quedarse hasta tarde en la oficina porque en estos días se habla de un recorte de personal e irse a casa puede ser visto como una falta de proactividad y de compromiso con la visión y la misión de la compañía. También lo tiene alterado la noticia de que su niño de 5 años, según la profesora de kínder, es disléxico y necesita una terapia intensiva de motricidad fina y gruesa para que pueda continuar en el colegio. Para colmo, su esposa lo presiona para que pase más tiempo con ellos y él se siente culpable por ser mal marido y pésimo padre de familia.

Andrés Felipe es el típico hombre del siglo XXI, para quien todas sus angustias y dolencias físicas tienen un origen común: el estrés. Este mecanismo de adaptación se ha convertido en un enemigo de las personas hasta el punto que el estudio Integra, realizado en Estados Unidos en 2000, reveló que 65 por ciento de los trabajadores sienten que de una u otra forma el estrés en el trabajo afecta de manera negativa su calidad de vida.

Aunque pareciera ser un mal del mundo moderno el estrés hace parte de la naturaleza humana, así como de muchas especies de la fauna. Así ha sido siempre. De hecho, los hombres de las cavernas sentían esta sensación cuando se enfrentaban a bestias salvajes y para combatirlas tenían dos opciones: atacar o huir. Lo que diferencia a los antepasados de todas las épocas del hombre contemporáneo es que el tipo de estímulo ha cambiado y los factores que generan estrés son mucho más complejos que un leopardo hambriento o un guerrero de la tribu rival.

El enemigo de hoy es la presión por el éxito, la competencia, la falta de tiempo para dedicarse al descanso y el afán por la excelencia. Además de los peligros reales, que no se han acabado (violencia, competencia por la comida, protección de los hijos), el estrés pasó a ser más sicológico que fisiológico y además se volvió crónico. Paradójicamente el hombre tiene menos herramientas para defenderse. "Antes existía la opción de atacar o huir. Hoy en muchos casos es imposible actuar de esa manera porque casi nadie se puede dar el lujo de dejar botado el trabajo (huir) o de responderle a la agresión verbal del jefe con un puñetazo (atacar)", dice José Posada, siquiatra experto en la materia. Para colmo los habitantes de las ciudades están condenados a vivir en entornos muy hostiles: ruido, congestión, escasez de árboles y zonas verdes, comunicación nula entre vecinos, mala arquitectura... Como decía el zoólogo y escritor Desmond Morris (autor del libro El mono desnudo), el hombre no vive en una "jungla de cemento", como se repite una y otra vez, sino en un zoológico humano pues en su opinión el estrés del hombre contemporáneo es similar al que sufren los animales silvestres que viven en cautiverio.

Al caso de Colombia hay que agregarle la incertidumbre que generan la crisis económica y la violencia. El estudio científico más reciente es el de salud mental realizado en 1993, que detectó que 9,6 por ciento de la población entre 15 y 65 años sufría de ansiedad, una consecuencia directa del estrés. Diez años después todos los especialistas consultados por SEMANA coinciden en que el mal se ha agravado. Si bien no disponen de cifras porque nadie va al médico para que le receten drogas contra el estrés, los especialistas cada vez reciben en sus consultas más casos de gastritis, irritaciones en la piel, infecciones en el tracto intestinal, úlceras, migraña, depresión y otras manifestaciones sicosomáticas producidas por esta circunstancia.

El conflicto armado ha provocado en las zonas de violencia y en ciertas capitales un aumento evidente del síndrome de estrés postraumático, que se genera cuando la persona sufre o asiste a un acto de violencia muy marcado, como una violación, un atentado terrorista o una masacre. Hay pocos estudios sobre violencia y estrés pero uno realizado recientemente por estudiantes de siquiatría de la Universidad del Rosario concluyó que el estrés generado por estados de violencia crónica en zonas de guerra es el más grave. El estudio se realizó en La Palma, Arbeláez y Sopó, tres municipios de Cundinamarca, los dos primeros azotados por la violencia. En el primero la violencia era crónica, en Arbeláez se presentó un solo hecho violento mientras que en Sopó el contacto con la violencia era a través de los medios de comunicación. Las investigadoras notaron que en Arbeláez la prevalencia de estrés postraumático fue mayor (24 por ciento) que en La Palma (17 por ciento) pero en este último municipio se manifestó de manera más aguda. "Esto nos dice que la guerra de tipo crónico tiene consecuencias más graves en el tiempo que un hecho aislado y afecta más profundamente las capacidades intelectuales. Encontramos más actitudes delictivas y sociopáticas", afirma Patricia Fernández, coautora del estudio.

Ni bueno ni malo

Aunque al estrés se le ha dado últimamente una connotación muy negativa los estudiosos tienden a verlo como un factor que no puede ser calificado ni de bueno ni de malo. "Es una respuesta fisiológica neutra que es negativa o positiva dependiendo de cómo la asimile cada cual", afirma Rosa Argentina Rivas, mexicana experta en el tema. Estudios recientes afirman que se puede hablar de un estrés bueno (euestrés) y un estrés malo (distrés). El euestrés es necesario para el desarrollo de la personalidad. Es el que, por ejemplo, motiva al niño a gatear, el que experimentan los adolescentes cuando pasan de la infancia a la edad adulta y el que viven a diario las personas cuando asumen un reto en el trabajo, o incluso en las vacaciones cuando se arriesgan a saltar por primera vez a la piscina desde el trampolín alto o subir a una colina escarpada. "Aunque hay una tensión que crece cuando se logra la meta se siente una gran satisfacción y una sensación de bienestar y tranquilidad al saber que se superó el reto", dice el sicoanalista Ariel Alarcón. Los llamados deportistas extremos llegan aún más lejos pues disfrutan con el estrés que generan actividades tales como la escalada en roca, los saltos al vacío atados a una cuerda elástica y el paracaidismo acrobático.

El distrés, en cambio, refleja un estado de desequilibrio y quien lo padece no recupera la tranquilidad cuando termina su tarea, ya sea porque está afectado sicológicamente o su entorno laboral es tan hostil que no tiene tiempo de disfrutar el éxito anterior cuando ya tiene que asumir otro reto aún más difícil. También lo sufren personas que no cuentan con mecanismos internos para asimilar eventos traumáticos, como sucede con algunos médicos de urgencias, socorristas, bomberos y policías, que son incapaces de asimilar experiencias aterradoras. "Hemos encontrado que quienes trabajan en urgencias son más susceptibles de padecer estrés porque están continuamente expuestos a microtraumas. Cuando estas personas no tienen suficientes mecanismos para desahogarse se vuelven malgeniadas, se les hace difícil relacionarse con la gente, sufren de insomnio y en casos extremos los afectan enfermedades mentales", dice Fernández.

Otro factor de desequilibrio es el opuesto, es decir, no vivir situaciones que podrían llamarse estresantes. Por ejemplo, en un trabajo con médicos nefrólogos, Alarcón encontró que cuando los cirujanos pasan semanas sin operar el grupo tiende a angustiarse, irritarse fácilmente y a generar conflictos por nimiedades. Lo mismo sucede con soldados que esperan mucho tiempo para entrar en combate y futbolistas que son eternos suplentes. Aunque sus vidas no corren peligro y el salario está asegurado, el solo hecho de no afrontar retos les genera el mismo estrés que padece el empleado sobrecargado de trabajo. De hecho, existen altos ejecutivos que cargan sobre sus espaldas responsabilidades muy grandes pero lucen menos estresados que trabajadores de medio tiempo que asumen oficios rutinarios. "Esto se debe a que si bien pueden pasar tres o cuatro días trabajando siempre se las arreglan para disfrutar momentos intensos con la familia o los amigos", dice Alarcón, al citar un estudio realizado entre altos ejecutivos exitosos de Alemania, un país con un estilo de vida que se podría denominar como altamente estresante.

Por ese motivo al estrés hay que mirarlo sin apasionamiento. No es un signo de éxito que se deba buscar a toda costa pero tampoco es el enemigo oculto del cual hay que huir. Es una condición de la naturaleza humana que le permitió sobrevivir al homo sapiens en situaciones extremas y con la cual hay que aprender a convivir.

(*) Nombre ficticio

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