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| 5/7/2015 10:10:00 AM

Identifique si usted es una persona melancólica

No es imposible que la felicidad y la tristeza se unan. Un filósofo alemán revela una novedosa definición de esta extraña emoción.

Felicidad y tristeza son conceptos antagónicos. La primera alude a un estado de euforia, placer y satisfacción, mientras que la segunda está relacionada con un estado de ánimo bajo y una sensación de dolor físico, psíquico o emocional. Wilhem Schmid, uno de los autores más leídos en el momento en Alemania y quien ha sido llamado el ‘filósofo del arte de la vida’, desmonta esta antagonía.

“Contra todos los profetas de la felicidad, que quieren complacer a todo el mundo con recetas baratas, Schmid hace valer la afirmación de que la felicidad es solo un concepto representativo de la búsqueda más trascendental del ‘sentido’”, se lee en la contratapa de su libro La felicidad: Todo lo que debe saber al respecto y por qué no es lo más importante en la vida (Ed. Pre-textos).

En este breve texto, Schmid desarrolla diversos significados que se desprenden de la felicidad: la suerte, el bienestar, la plenitud y la ‘felicidad de la infelicidad’, también, llamada por él, melancolía. Schmid hace un diagnóstico de la melancolía que da nuevas luces sobre una faceta poco explorada de este estado de ánimo.

“La esencia de la melancolía es la de un alma que sufre y se inquieta ininterrumpidamente, sin llegar a considerarse como algo patológico. Va acompañada, y posiblemente también guiada, por una conciencia extremadamente reflexiva que sabe todo lo que da la impresión de certeza en la incertidumbre y conoce la cuestionabilidad de todas las cosas”, dice el filósofo Wilhem Schmid en este libro.

En otras palabras, este tipo de individuo melancólico tiene la necesidad de evaluar su entorno, el mundo y su existencia. De acuerdo con Schmid –quien se dio a conocer por su libro En busca de un nuevo arte de vivir– “la melancolía conserva en sí una idea de fragilidad de todo lo que crea el ser humano, de lo insignificante que puede ser la propia existencia humana”.

Así, el individuo melancólico suele ser percibido como alguien prevenido, observador, inquieto, pero poco práctico, que no se satisface fácilmente, por el contrario, es sumamente exigente frente a lo que le ofrece el mundo. También puede tener tendencias soberbias o aisladas, pues es capaz de “abandonar todas las obviedades en las que viven habitualmente los seres humanos”, según la descripción del autor en el capítulo titulado La felicidad de la infelicidad.

De acuerdo con este diagnóstico, los seres melancólicos están en permanente estado de dubitación. Lo que los apasiona un rato, pronto los aburre; pocas cosas los motivaban y convencen.  

En algunos eventos esta forma de ser puede tornarse depresiva: cuando la ‘reflexión melancólica’ pasa de ser un placer voluntario a ser una condena adictiva. Llevado al extremo las personas melancólicas pueden considerar que nada a su alrededor tiene sentido y permitir que un ‘existencialismo pesimista’ se apodere de su mente. Según el autor, en estos casos podría hablarse de una especie de ‘enfermedad del absurdo’ provocada por permanentes cuestionamientos negativos.

Pero el autor enfatiza en que la melancolía no es equiparable a la depresión: “mientras que a una  depresión la caracterizan sentimientos y pensamientos fijos, la falta de voluntad y una verdadera incapacidad de reflexionar; a la reflexiva melancolía la mueven los sentimientos y está impregnada de una enorme sensibilidad, así como de un juicio y un autojuicio inagotables”. En este sentido, es posible afirmar que una persona melancólica puede estar en el filo de la depresión, pero las diferencias son sustanciales; la segunda necesariamente implica emociones negativas.

En síntesis, la melancolía “puede ser entendida precisamente como una filosofía de vida que no excluye la tristeza, sino que la realza, de hecho debería ser posible establecerla como base de una vida bella y positiva”. Este concepto se acerca mucho a la saudade, una palabra en portugués que comprende un sentimiento de un recuerdo lindo que no volverá. Algo así como ‘un bien que se padece o un mal que se disfruta’, en palabras del escritor portugués Manuel Melo.

El escritor Fernando Pessoa profundizó en este concepto. En el Libro del desasosiego escribió: “En mi corazón hay una paz de angustia y mi sosiego está hecho de resignación”. Más adelante dice anhelar “vivir una vida desapasionada y culta, al relente de las ideas, leyendo, soñando, y pensando en escribir, una vida suficientemente lenta como para estar siempre al borde del tedio, y lo bastante meditada como para no encontrarse nunca con él”.

Y es aquí donde los autores coinciden: para ambos es posible que, sin manifestar la típica forma de entusiasmo, el desasosiego y la nostalgia produzcan placer.

Schmid termina por concluir que para hacer que esta forma de vida sea viable, se requiere distinguir entre dos facetas: una en la que se acepten las trivialidades y las rutinas del vivir corriente; y otra en la que se entregue voluntaria y libremente de la melancolía, ya sea a través de la música, la literatura, de la contemplación de un atardecer, de la observación de los animales, de la misma imaginación, en fin, de cualquier actividad que provoque esa saudade, que revele la cara linda de la tristeza.
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