Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2005/02/06 00:00

¿Español machista?

Las feministas dicen que el idioma discrimina al sexo femenino y sugieren cambios en su estructura. Los expertos opinan que es un atropello a la lengua. La polémica está encendida.

¿Español machista?

Algun@s pien-_san que el idioma es machista y subordina al sexo femenino. Por eso escriben niñ@s en lugar de niños. Ellos(ellas) quieren incluirl@s a tod@s para resolver el problema de género presente en la lengua.

Textos como el anterior tienen enfrentados a quienes creen que el castellano ayuda a reforzar las desigualdades entre hombres y mujeres en la sociedad y por ello es necesario modificarlo. En la otra esquina están los que consideran que estas ocurrencias son un atropello contra el idioma.

El uso de la arroba ha ido ganando adeptos (algunos por convicción y otros simplemente por ser políticamente correctos) para intentar resolver el machismo del lenguaje. Hoy no es raro ver en documentos de entidades públicas, organizaciones privadas y universidades, textos que utilizan el símbolo arroba para reemplazar la 'a' y la 'o', con lo que pretenden abarcar ambos géneros. También incluyen artículos como 'los' y 'las' y pronombres como 'ellos' y 'ellas', mediados por una barra o por paréntesis para no herir susceptibilidades.

Para la muestra sólo basta ver una propaganda que circuló la semana pasada, en la cual la representante Gina Parody escribe que ha dedicado su trabajo a "proteger a los niñ@s y adolescentes". En diciembre la sicóloga Chiquinquirá Blandón publicó el libro Licencia para vivir, escrito de principio a fin utilizando este nuevo recurso: "El(la) neurótic@ es egocéntric@, tiende a ser egoísta y pensar sólo en él(ella)".

Para el profesor Mariano Lozano, director del Departamento de Dialectología del Instituto Caro y Cuervo, lo anterior "atenta contra el buen uso, la claridad y la concisión de la lengua". Explica que el elemento @ es utilizado para significar una dirección de correo electrónico o una medida de peso. Si se introduce a la lengua como una nueva vocal, "¿cómo se leería eso?", se pregunta Lozano. "Se pronunciará niñ-arroba-s?". Algo parecido sucede con los artículos entre barras (los/las) que, según el experto, lo único que hacen es enredar la lectura y afear el discurso.

Pero el tema no es tan superficial. Los estudiosos del movimiento feminista consideran que el enfoque de género aplicado al lenguaje implica algo más que adecuar ciertos usos idiomáticos. El tema ha llamado la atención de organismos como la Unesco que han publicado folletos con sugerencias para lograr un equilibrio perfecto: evitar la discriminación del sexo femenino sin afectar el idioma. Consideran que el español es una lengua de género, en la cual muchas veces el masculino absorbe al femenino. Se habla de 'los niños', 'los trabajadores', 'los alumnos'. Los términos anteriores son masculinos pero se consideran comunes pues sirven para referirse a ambos sexos. Estos, en opinión de quienes promueven la reflexión, excluyen a las mujeres. La propuesta de la Unesco ante este uso sexista del idioma es decir 'los niños y las niñas' o referirse a 'la infancia'. También se propone no utilizar el 'hombre' o 'los hombres' sino 'los hombres y las mujeres', 'la humanidad', 'el género humano' o 'la especie humana'.

Aunque las anteriores son soluciones dentro del idioma, también las han criticado los defensores apasionados del lenguaje pues consideran que sólo conducen al absurdo. Si las mujeres se sienten discriminadas cuando se habla de 'el hombre', los hombres también podrían reclamar que no están representados en la palabra poeta, por ejemplo. "¿Entonces deberíamos decir pediatro y periodisto?", comentó a SEMANA Álex Grijelmo, presidente de la agencia de noticias EFE y autor de varios libros sobre el idioma. Grijelmo considera estas sugerencias una táctica equivocada y afirma que puede llegar a ser más discriminatorio un adverbio (cuando se dice 'es una mujer pero muy inteligente') que la 'a' y la 'o' que denotan el género.

Para el experto, el problema no es el lenguaje sino la vida. "Sólo cuando la realidad cambie cambiará el lenguaje ", dice. Las lenguas son estructuras históricas que cambian para adaptarse a las necesidades de quienes las usan, "pero estos cambios no son forzados", dice la lingüista María Estella González, ni se imponen desde arriba sino que se van gestando poco a poco y desde abajo. Hace 40 años la mayoría de las mujeres se dedicaban a la crianza de sus hijos mientras los hombres se desempeñaban en diferentes trabajos. Por eso no existían los correspondientes femeninos de muchas profesiones. Pero en la medida en que ellas fueron incorporándose a la fuerza laboral, el idioma encontró su equivalente femenino y hoy se habla del médico y la médica o el ministro y la ministra.

Aun así, dice Grijelmo, muchas veces cambia la realidad pero las palabras permanecen, y un ejemplo claro es que la gente sigue llamando llave a la tarjeta electrónica que le entregan al registrarse en cualquier hotel, aunque es obvio que no se trata propiamente de una llave. Esto sucede porque "la lengua representa la realidad pero no es la realidad", dice.

No obstante, quienes promueven el cambio en el lenguaje buscan darle más visibilidad al género femenino porque, argumentan, éstos pueden generarse a partir del lenguaje. De esta forma se podría "influir positivamente en el comportamiento humano y en nuestra percepción de la realidad", dice el texto de la Unesco. Si esto es así, refutan los críticos, si el lenguaje ayuda a perpetuar las diferencias de las mujeres, ¿cómo se explica que en Irán, donde se habla el persa moderno, una lengua neutra, sin femeninos ni masculinos, la mujer ocupe un lugar poco destacado dentro de la sociedad?

En un punto en el que muchos le dan la razón a esta teoría es en el uso de adjetivos del lenguaje que tienen un significado peyorativo exclusivamente en el femenino. Un hombre público podría ser un general, un político o alguien que se destaca dentro de la sociedad en forma positiva, mientras que una mujer pública es una prostituta. Un vagabundo es un hombre desaliñado que deambula por las calles. Una vagabunda vendría a ser una mujer pública.

La polémica continúa y el tiempo dirá cuáles de estos cambios se adoptan y cuáles no, sin necesidad de fuerzas ni imposiciones. En todo caso, quien considere que el lenguaje es machista, antes de lanzarse a poner arrobas y signos extraños tiene como tarea y responsabilidad estudiar su gramática para ver qué soluciones menos complicadas ofrece el propio idioma.

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