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| 3/28/2004 12:00:00 AM

Fe en la ciencia

Observar lo que sucede en el cerebro cuando alguien vive una experiencia religiosa empieza a ser un tema de estudio entre los científicos.

Entre la ciencia y la religión ha habido siempre una relación de amor y odio. Pero recientemente, los científicos han planteado un cambio en esa tormentosa relación y han convertido a esa vieja enemiga en su objeto de estudio. ¿Por qué la idea de Dios no desaparece con el paso del tiempo? ¿Por qué tantos seres humanos de todas las condiciones sociales -aun los más sofisticados y cultos- se aferran a creencias ajenas a la racionalidad de este mundo? ¿Qué es lo que le da tanta fuerza a la religión? La respuesta, según tres científicos de diferentes nacionalidades, se encuentra en la mente humana.

Con la ayuda de sofisticados equipos de imágenes diagnósticas y la generosa colaboración de monjas y religiosos, los tres por separado están tratando de dilucidar un viejo acertijo: fue Dios quien creó la mente o fue la mente la que creó a Dios.

La hipótesis de Andrew Newberg, profesor de radiología de la Universidad de Pensilvania, es que el cerebro humano es un sofisticado sistema que viene equipado con una especie de software para la espiritualidad. El trabajo de Newberg se ha centrado en mirar qué pasa en el cerebro de budistas y monjas franciscanas cuando se encuentran en estado de oración o meditación. El experto ha encontrado que durante el clímax de la experiencia religiosa, es decir, cuando sus voluntarios sienten la mayor intensidad de conexión con las cosas, sus cerebros sufren una activación en la zona parietal. Mientras más intensa es la experiencia más se afectan las zonas relacionadas con el espacio y el tiempo.

Tal vez por eso, otros expertos como Olaf Blanke, del Hospital Universitario de Ginebra, Suiza, han dedicado su estudio a observar cómo el cerebro produce las llamadas experiencias extracorporales. Para Blanke, todo el cerebro está dispuesto para ofrecer sensaciones religiosas, pero el nódulo central se encuentra en un sitio donde convergen los dos lóbulos, el parietal y el temporal. Para su trabajo, Blanke analizó a seis pacientes con problemas en su cerebro y encontró que los daños en este lugar provocan una pérdida de la percepción del cuerpo. Cuando esto sucede, la línea entre lo personal y lo extracorpóreo se pierde y el paciente se ve en posiciones diferentes a las que siente que está adaptado.

Las distorsiones entre el espacio y el tiempo hacen también parte del estudio de Mario Beauregard, científico del departamento de radiología de la Universidad de Montreal, Canadá. Para su trabajo tuvo que convencer a unas hermanas carmelitas de que no iba a probar la existencia de Dios sino a conocer mejor cómo ellas viven las experiencias místicas. Una vez obtuvo la aprobación les conectó electrodos a sus cabezas y grabó la actividad eléctrica de sus cerebros con la ayuda de las más sofisticadas máquinas de resonancia magnética. Pero encontró otro obstáculo: cómo medir la experiencia religiosa en tiempo real si, tal y como ellas se lo advirtieron, esas sensaciones intensas de conexión hacia Dios sólo las habían vivido en una o dos oportunidades cuando eran más jóvenes y no era posible provocarlas por la propia voluntad.

Para salvar este obstáculo, Beauregard utilizó una técnica que se considera válida y que consiste en estudiar el cerebro a partir del recuerdo de esas experiencias pues de esta manera se activan las redes de la misma manera en que lo hicieron cuando se vivió la sensación la primera vez. Las monjas aceptaron. A partir de los resultados preliminares, Beauregard se atreve a afirmar que no existe un nódulo en el cerebro dedicado exclusivamente a Dios. Esto significa que el alma no se encuentra en un punto específico en la mente sino que está integrada por una red sofisticada en la que participan muchas regiones, incluidas las áreas que procesan las emociones y las encargadas de dar la sensación espacial del ser.

El último favor que el experto les pidió a las religiosas fue contestar un cuestionario acerca de sentimientos como el amor y la cercanía a Dios, y sobre distorsiones en tiempo y espacio. De esta información concluyó que cuando viven estas experiencias, las monjas sienten que el tiempo se detiene y que el ser se disuelve en una entidad más grande que ellas describen como Dios.

Pese a que esta área de investigación se encuentra en su infancia, los científicos creen que la religión ha desempeñado un papel importante en la evolución y que la necesidad de tener un concepto de Dios es fundamental para la supervivencia de la especie humana. Por eso no debería ser una experiencia exclusiva de los religiosos sino de toda la humanidad.
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