Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1985/06/17 00:00

GALLINAS NEGRAS Y ZAPATOS ESTRECHOS

Palabras comunes en conversaciones triviales se han convertido en pruebas para coger "narcos"

GALLINAS NEGRAS Y ZAPATOS ESTRECHOS

Si el lector, mientras hablaba por teléfono en Miami o Nueva York, alcanzó a escuchar o pronunciar alguna de las siguientes frases y sigue libre todavia, está de buenas, como se podrá ver a continuación:
- Eduardo, envíame lo más pronto que puedas, un par de gallinas negras.
- Carlos, los zapatos que me vendiste me quedaron apretados: no soy talla 38 sino 40, pero por las dudas envíame tres pares más grandes.
- Yolanda, las muchachas no saben bailar rock: mándame otras.
Es que con cualquiera de esas frases, supuestamente inocentes, un colombiano puede ser detenido en Estados Unidos bajo la presunción de narcotráfico.
Las gallinas negras pueden ser realmente negras, dicen las autoridades aunque, nadie llama desde Nueva York a Miami y gastarse varios dólares sólo para hacer un comentario inocuo sobre unos animales que acabarán en la olla.
Lo mismo pasa con el tamaño inadecuado de los zapatos y la inexperiencia de unas jóvenes en materia de bailes norteamericanos.
Para las autoridades que combaten el tráfico de drogas en ciudades como Miami, Nueva YorK o Los Angeles, el que un colombiano hable por teléfono sobre gallinas negras, zapatos apretados y pésimas bailarinas sólo significa una cosa: droga.
Esas llamadas, se afirma, sólo significan o expresan órdenes de entrega, comprobación de remisiones o movilización de personal y dinero, todo ello relacionado con el exitoso comercio que los colombianos mantienen en ese país a pesar de los métodos de búsqueda y detención más sofisticados, a pesar de los perros policías que destrozan maletas, manos y muslos, a pesar de los aviones y barcos y automóviles y aparatos de Rayos X que operan y que apenas logran inquietar a quienes están hasta el cuello en el negocio.
Por supuesto, las claves encerradas en las gallinas, los zapatos y las bailarinas no surgen por azar.
Representan el resultado final de muchos meses de búsqueda, de indicios, indagaciones, rastreos, y sobre todo la grabación sistemática, paciente, sin interrupciones de todas las llamadas que recibe o realice un colombiano que se encuentre bajo sospecha de narcotráfico.
Estas supuestas claves han sido reveladas por algunos colombianos que han sido deportados en los últimos meses.
Se divierten mientras reconstruyen los diálogos, supuestamente inocentes que sostenían con parientes y amigos, de una ciudad a otra en ese país.
Uno de ellos comenta con sorna:
"Es que los gringos no pueden entender lo que una gallina, una buena gallina, gorda, pesada, bien alimentada puede significar para nosotros que echamos de menos el sancocho. Entonces uno llama al pariente que está en otra ciudad o aun en la misma Nueva York y le comenta, le habla sobre la posibilidad de conseguir en alguna granja una gallina gorda, pesada y uno dice cuánto puede costar y los agentes sacan conclusiones y piensan que esos diez dólares, por ejemplo, que uno cita en realidad quieren decir 10 kilos de coca o que el color del animal significa que el paquete será llevado por un muchacho de Harlem".
Y otro anota:
"Lo peor es que uno descubre que le están grabando cuando ya no puede hacer nada y cuando lo llevan a juicio y comprueban, por ejemplo, que uno no tiene papeles ni permiso de trabajar ni tiene su situación legalizada entonces sacan la grabación y la ponen y uno entonces siente como si le pusieran una película al revés y recuerda, mientras oye, todo lo que pasó, todo lo que vivió durante los meses anteriores, cuando habló con un amigo sobre unos zapatos que le compró a un cubano o sobre una novia qúe consiguió en el Barrio Chino y uno da ciertas especificaciones y mientras tanto la policía le grababa y sacaba sus conclusiones hasta cuando lo agarran a uno".
Aseguran estos deportados que basta la mínima sospecha para que los policías se consigan el permiso de un juez para situar un escucha en el teléfono: "Son tan vivos que si uno, por ejemplo, oye el clik de la grabación entonces decide irse a la esquina en busca del teléfono público pensando que estará a salvo y resulta que no, que el teléfono público también está intervenido, de modo que te hunden desde un comienzo, porque quieren hundirte".
Según estos informantes, es tal el grado de histeria respecto a los colombianos y el narcotráfico en Estados Unidos, que cualquier ciudadano, por muy buenos antecedentes que tenga, por muy buen empleo que ostente, por muy buenas relaciones que mantenga, puede caer bajo las sospechas de las autoridades. Entonces lo siguen, interrogan discretamente a sus relacionados, averiguan en el trabajo y escuchan su teléfono. Uno de ellos comenta: "Imaginese la pena que uno pasa cuando te ponen la cinta y tú escuchas todas las barbaridades, por ejemplo, que les dices a las muchachas y esas conversaciones eróticas que a veces uno sostiene, toda eso aparece ahí, sin respeto alguno a la intimidad. Llega a tal grado la paranoia de algunos de estos colombianos que se sienten seguidos que en ocasiones, prefieren hablar con 105 amigos en la calle pero lejos de las clásicas camionetas que en las peliculas son auténticos laboratorios portátiles".
Por supuesto las gallinas negras y los zapatos estrechos y las muchachas que no bailan bien apenas son tres ejemplos del léxico considerado sospechoso por las autoridades: basta que haya cualquier cifra de por medio así sea media docena de huevos o tres hogazas de pan para que la sospecha entre a funcionar.
Esos son algunos aspectos pintorescos de una pelea, aparentemente desigual entre los que tienen todos los recursos técnicos, humanos y científicos y quienes además de dinero cuentan con otro ingrediente: la malicia indígena.
La misma malicia que sirvió para que los colombianos vencieran a los conquistadores cuando no eran colombianos todavía, la malicia que se hace más evidente en el caso patético de los que son detenidos por entrar ilegalmente a ese país. Hay miles de anécdotas sobre estos personajes anónimos que varios meses atrás habían entrado a Estados Unidos, por alguna de las trochas, ríos, mallas horadadas y otras vías con la ayuda de otros latinoamericanos que, como en el caso de la frontera con México, mantienen un cinturón de tugurios y falsos talleres de mecánica con los que camuflan a quien atraviese el famoso río que separa los dos países.
Un hombre camina por una autopista.
Una patrulla motorizada lo detiene porque es extraño que alguien vaya mojado y transitando a pie por una vía tan peligrosa. Cuando lo esposan uno de los guardias comenta: "Estás de malas. Ya habíamos terminado la ronda y nos íbamos a comer".
Varios meses atrás una rubia funcionaria de Inmigración escucha sorprendida cómo un colombiano, con marcado acento paisa la contradice durante cinco horas seguidas, afirmando que él es de Puerto Rico. Palabras más, palabras menos, el diálogo reconstruido por los deportados con quienes dialogó SEMANA, es el siguiente:
¿ Usted de dónde es? De Puerto Rico.
¿De dónde? De San Juan, Puerto Rico.
Por última vez, ¿de dónde es? De Puerto Rico.
¿Dónde consiguió este pasaporte? En mi país, Puerto Rico.
Este pasaporte americano es falso Usted, señorita, ¿cómo lo sabe?
Porque se nota. Este sello es falso, no engaña ni a un ciego.
¿Usted de dónde es? De Puerto Rico, ya se lo dije.
¿Dónde trabajaba usted en San Juan? En un taller de mecánica.
¿ Y cómo se iba al trabajo? En el subway.
¿Por qué se iba en el subway?
Porque es más rápido
Y es más barato...
Claro, es más barato.
La rubia funcionaria, bien alimentada, se queda mirando al moreno flaco, de bigotes, a quien le bailan la franela y la chaqueta y los pantalones y los zapatos, se queda mirándolo, se ríe divertida y ordena que se lo lleven, rumbo a la deportación: en San Juan no hay subway.
Es una escena común porque los indocumentados que se hacen a un pasaporte americano falso, cuando son capturados tratan de convencer a las autoridades que provienen de cualquier otro país, menos de Colombia, marcado con el estigma de la droga.
Las gallinas negras, los zapatos apretados y las muchachas que no saben bailar, palabras utilizadas en conversaciones triviales se han convertido en ocasiones en las únicas pruebas tangibles para expulsar de Estados Unidos a un colombiano.
Y es que la malicia indígena ya contagió a los norteamericanos y los antiguos trucos empleados por indocumentados y narcotraficantes, ya fueron rebasados. Aunque algunos se caen con la cándida historia del subway de San Juan.


Por eso y no por los aparatos y las armas empleados en esta guerra a fondo, es que los norteamericanos están ganándole a los colombianos.
Curiosamente y luego de permanecer algunos meses en penitenciarías de distintas ciudades, esos deportados, esos indocumentados tienen ya una decisión tomada: repetirán la aventura de entrar ilegalmente en Estados Unidos y algunos, con familiares que han legalizado su situación, apelan entonces a un recurso que cada vez suerte menos efecto: demostrar que se han casado con una norteamericana desde hace determinado tiempo, que han vivido juntos y hasta tienen hijos.
Casi siempre estos matrimonios son una simple formalidad: el indocumentado conoce una chica le ofrece dos mil dólares para que acepte casarse por lo civil, aunque no consuman el matrimonio y a los cinco minutos de la ceremonia se separan. Se reencontrarán solo cuando el colombiano solicite la ciudadanía norteamericana. La muchacha es llamada a declarar y por medio de un largo y curioso interrogatorio se establece el presunto lazo afectivo y domiciliario.
Es entonces cuando las escenas de humor negro que parecen acosar a los colombianos indocumentados, se presentan de nuevo.
Como nunca han vivido juntos, por ejemplo, ella jamás le ha servido un desayuno. Los interrogan por separado. Les preguntan trivialidades domésticas y algunos indocumentados se caen porque, después de haber jurado que destestan los huevos revueltos con jamón, la funcionaria le preguntas a la esposa:
¿A usted también le fascinan los huevos con jamón?
Y la muchacha exclama : ¡Claro, los dos enloquecemos con ellos! Al decidir el indocumentado su entrada a Estados Unidos casi siempre sabe lo que hará, al menos durante los próximos meses o las semanas siguientes. Tiene un pariente o un amigo que había entrado en las mismas circunstancias pero ahora con su situación normalizada. Lo reciben, lo esconden, lo alimentan y lo ayudan a encontrar trabajo, casi siempre en restaurantes o supermercados donde los explotan, les pagan cien dólares semanales, les dan alimentación y cama y al mismo tiempo los utilizan como celadores gratuitos.
La mano de obra ilegal más apetecida por los comerciantes e industriales es la colombiana. Le siguen Pakistán e Italia. Trabajando todo el día, escondiéndose por la noche, apenas dejándose ver de familiares y amigos mientras consiguen papeles falsos, los indocumentados van ahorrando una pequeña fortuna que les permitirá aunque sea efímeramente conseguir su sueño: un buen automóvil, una rubia norteamericana, un pisito bien ubicado y cualquier dia, luego de haber hablado sobre gallinas, bailarinas, o zapatos estrechos, ser capturados por Inmigración con un pretexto cualquiera. Para empezar de nuevo.

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