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| 2/16/2008 12:00:00 AM

Gesto admirable

Dos hermanos apasionados por la biodiversidad donaron su finca en Guasca. Hoy es la Reserva Biológica Encenillo, que conserva uno de los últimos bosques nativos intactos de la Sabana de Bogotá.

A sólo tres kilómetros en línea recta del conjunto cerrado campestre La Pradera de Potosí, dos hermanos decidieron hacer todo lo contrario a lo que indica la lógica mercantil. En vez de dedicar las privilegiadas 200 hectáreas de la hacienda paterna a la floricultura o lotearla para desarrollar un proyecto de viviendas campestres de lujo, los hermanos Hendrik y Marianne Hoeck se las donaron a la Fundación Natura, con una sola condición: que cuiden a perpetuidad sus bosques.

Los hermanos Hoeck vivieron allí los mejores días de su infancia. En aquellos ya lejanos tiempos sus padres explotaban allí un yacimiento de caliza, una empresa familiar que funcionó hasta comienzos de los años 90. Fueron tan grandes la pasión y el amor de Hendrik por aquellos bosques, que se dedicó a la biología. Entre 1970 y 2003, en la reserva del Serengeti, Tanzania, estudió el comportamiento de los damanes, unos mamíferos que se parecen al cuy pero son una mezcla de muchas cosas. Tienen incisivos de roedor, molares de rinoceronte, su sistema vascular se parece al de las ballenas y sus pies a los de los elefantes. Hoeck también fue director de la Estación Darwin en las Islas Galápagos entre 1978 y 1980, y es miembro activo de la Fundación Humedales, que lucha por conservar las reservas de agua dulce de Colombia.

La Reserva Biológica Encenillo Dorotea y Hermann Hoeck, nombre que les rinde homenaje a los padres de los donantes, se suma a las otras cuatro que ha creado la Fundación Natura (Carpanta, Cundinamarca, que hoy hace parte del Parque Nacional de Chingaza; la Estación Septiembre y la Reserva Juná, ambas en Chocó, y la Reserva Biológica Cachalu, en Santander) y a la gran cantidad de áreas protegidas de la sociedad civil que en distintos lugares de Colombia complementan las tareas de conservación del Sistema de Parques Nacionales.

En Encenillo todavía se conservan las instalaciones de la fábrica de caliza, entre ellas el horno con su imponente chimenea de ladrillo, una laguna que cubre el hueco del antiguo yacimiento mineral, así como potreros y bosques en diversos estados de conservación. El encenillal, que se presenta entre los 2.750 y 3.150 metros de altitud, presenta diversas especies de árboles, arbustos, hierbas, orquídeas y epífitas que cohabitan con el encenillo. Capas de más de medio metro de espesor de hoja, que almacenan grandes cantidades de agua, cubren el suelo. A partir de los 3.100 metros de altitud se encuentran bosques más achaparrados y vegetación de subpáramo que ha colonizado las zonas de bosque intervenidas por la mano del hombre.

Una gran diversidad de aves, el cusumbo o coatí (que aparece en el escudo del parque), el venado soche y zorros habitan en sus bosques, que también son lugar de paso del oso de anteojos.

Gracias a los aportes del capítulo holandés de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (Uicn), se adecuó la casa de la finca como centro de visitantes y se señalizaron los cuatro senderos que recorren la reserva. Con aportes adicionales de esta organización se espera comprar este año los bosques de dos predios vecinos, lo que permitirá consolidar las poblaciones de flora y fauna.

Como señala el biólogo Germán Andrade, "estos bosques de encenillo que se conservan en la reserva son de gran importancia porque son exclusivos de las laderas interiores de los cerros que bordean la Sabana de Bogotá y quedan muy pocos relictos como este en buen estado de conservación".

El ejemplo de Hendrik y Dorotea Hoeck tiene una gran carga simbólica en estos momentos que vive Colombia. El país, además de la reparación de las víctimas de la violencia, está en mora de comenzar a reparar el territorio. Sus ecosistemas, sus bosques, cuidar esos tesoros y ponerlos al alcance de todos.
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