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| 7/16/1990 12:00:00 AM

Guerra a domicilio

Paradójicamente, muchos matrimonios disueltos no realizan la separación por simple imposibilidad económica.

Por increíble que parezca, el alto costo de vida es una de las principales razones por las cuales muchas parejas continúan viviendo bajo el mismo techo. Separarse no es, como muchos piensan, la solución fácil a una vida conyugal deteriorada.
Una vez tomada la decisión, con todo el costo emocional que conlleva, viene la segunda parte. ¿quién se va de la casa?, quién se queda con el carro? "Ella es la que quiere separarse, ¿por qué soy yo el que tiene que irse?", alega un marido al borde del lanzamiento domiciliario. "Si yo me quedo con los hijos ¿por qué debo dejar mi hogar?", señala una esposa en trámites de separación. Quizás se pueda vivir sin amor, pero al parecer nadie está dispuesto a vivir sin dinero. ¿Quién va a querer de la noche a la mañana vivir con la mitad de las comodidades que tenía en el hogar propio y a doble costo? El problema es tan común que convirtió en éxito una película, "La guerra de los Roses", en la cual Michael Douglas y Catherine Turner, una ex pareja de yuppies, enfrentan una guerra total por la posesión del domicilio conyugal.
A la hora de la separación, el factor económico pesa mucho más de lo que los cónyuges pueden prever. Implica la adquisición de otra vivienda, su dotación completa, la duplicación de la canasta familiar y la manutención de los hijos", señala un abogado. Y aunque en los códigos todo parece muy claro, llevar a la práctica esa letra menuda no resulta tan sencillo. Separación de cuerpos, separación de bienes y régimen de alimentos son las tres etapas del tortuoso camino que deben recorrer quienes buscan romper anticipadamente el vínculo que se suponía estar vigente "hasta que la muerte los separe".
Tanto en el matrimonio católico como en el civil, la separación de bienes se puede hacer por mutuo acuerdo o por confrontación. En nuestro medio, de 10 parejas que se separan, sólo 3 eligen la primera fórmula. En un arreglo pacífico, aunque no siempre satisfactorio, cada uno de los cónyuges elige si se lleva el sofá o la nevera y convienen la suma de manutención de los hijos. El acuerdo se formaliza por escritura pública.
Pero la gran mayoría de las parejas, al ver tambalear su futuro económico, opta por la confrontación. "Quienes durante años no han podido llegar a un acuerdo en la convivencia, mucho menos podrán hacer concesiones a la hora de la separación", señala un terapista de pareja. En estos casos, las decisiones sobre repartición de bienes y pensión alimentaria pueden convertir el hogar en un verdadero campo de batalla La presión que supone una separación sumada al temor de quedar en la calle, induce a las partes, a ingeniarse toda suerte de estrategias de defensa. Las artimañas van desde el traspaso de cuentas, saqueo de las propiedades, falsificación de documentos, contratos fantasmas, hasta la declaración de insolvencia.
Independientemente de a cuánto ascienda el patrimonio familiar, el dinero parece ser el punto más candente de discordia al momento de la ruptura. En nuestro medio, un proceso de separación de bienes "por confrontación" puede durar de dos a diez años, dependiendo del monto que esté en juego y del tiempo que el abogado necesite para poner de acuerdo a la pareja con lo que la ley estipula. Según los terapistas de pareja, generalmente el pleito termina produciendo más daño emocional que beneficios económicos.
Los especialistas consultados señalan que, en las clases altas, generalmente las parejas acuden al abogado cuando ya la separación de cuerpos se ha dado y la pareja busca legalizar la situación. Para ese momento, ya han descubierto que el millón de pesos de ingresos mensuales con el que vivían juntos, es lo que, de separados, necesita cada uno para vivir. Pero ahí no termina el conflicto. Durante los años de convivencia cada uno manejó sus propiedades a su antojo, pero en el momento de la separación, que es cuando se hace efectivo aquello de "lo tuyo es nuestro", aparece la consecuente "enranchada" de alguno de los dos. Hay mucho en juego y aún en casos de común acuerdo es difícil determinar quien se queda con que. El proceso puede llegar a costar entre 3 y 20 millones de pesos, dependiendo del monto del patrimonio familiar.
En las clases bajas, sin mayores bienes que repartir, el drama se centra en la pensión alimentaria. Por lo general es la mujer quien acude al Bienestar Familiar o a los consultorios jurídicos de las universidades a pedir el embargo del sueldo de su marido. Lo que la ley determina es que el esposo debe pasar a su mujer el 30% de su salario para la manutención de los hijos. Si el marido gana el salario mínimo $41.025 esa suma representa $12.300, para una canasta familiar que el Dane estima -para obreros- en cerca de 80 mil pesos.
Pero es en la clase media donde se ve el mayor número de casos en los que las parejas desisten de la separación por razones económicas. Además del desgaste emocional, la ruptura matrimonial significa también perder bienestar y duplicar esfuerzos. Un ejecutivo que gane un sueldo de 400 mil pesos, deberá pagar a su esposa -que generalmente es la que se queda con los hijos- una suma cercana a los $120 mil por pensión de alimentos. Además, deberá asumir un nuevo arriendo -por lo general un miniapartaestudio, cuyo costo oscila entre 80 y 150 pesos- y la dotación completa de su nueva vivienda. Pero partir cobijas significa también separar chequeras y entonces cada cónyuge debe incluír en su disminuído presupuesto mensual, los gastos de servicios, alimentación, transporte, médicos y vestuario, sin contar con las vacaciones de los niños y los imprevistos.
Por eso, cuando llega el momento de la separación de bienes, el conflicto gira en torno al único patrimonio de la pareja: la casa de habitación. Se da todo tipo de casos. Desde el buen cónyuge que acepta venderla para comprar dos apartamenticos, hasta el vivo que la vende por debajo de cuerda y desaparece la plata en Miami. Es entonces cuando surgen las demandas penales y los embargos. El costo de un pleito en el cual se trata de repartir una casa, dos carros y los muebles y enseres del hogar, representa desembolsar hasta dos millones de pesos.
A no ser por el socorrido recurso de que uno de los conyuges decida irse a vivir a la casa de sus padres, la única opción para la pareja en trance de separación es sometersc a una especie de "separación cohabitacional". Entonces, las presiones, temores y desconfianzas pueden generar una verdadera guerra a domicilio. Pero, paradójicamente, después de los buenos consejos de la familia, las reflexiones de los amigos y las recomendaciones de los terapistas, es en esta convivencia obligada, cuando cada uno hace sumas y restas para asegurar un mínimo del bienestar logrado tras años de trabajo, que el 40% de las parejas desisten, extenuadas, de la separación.
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