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| 4/16/2018 9:56:00 AM

Lo que mi tío ciego me hizo ver

Ser ciego no es una condición de discapacidad como lo señala María Elvira Talero en este conmovedor relato sobre la ceguera. Un ejemplo para aquellos que, teniendo sus cinco sentidos, no saben disfrutar de la vida.

Historia del colombiano que vivió a plenitud la ceguera Guillermo Talero. Foto: Archivo particular

Mi tío Guillermo Talero nació con sus ojos débiles producto de una alta miopía y fue perdiendo poco a poco la vista. Por un tiempo, durante su madurez, alcanzaba a percibir alguna luz que luego se apagó del todo, dejándolo completamente ciego. Aun así, él nunca se dejó amilanar y por el contrario, su gran sensibilidad le permitió ver más allá de lo que cualquier persona con visión normal puede avistar.

En medio de su condición aprendió el inglés que hablaba casi sin acento,  se entrenó en el sistema Braille y se graduó en Psicología en Estados Unidos, ya que se radicó allí pasados los 20 años. Mi emoción de niña,  cada vez que el cartero llegaba con una misiva del tío, crecía con la curiosidad al imaginar la forma en que la había escrito. Rasgaba entonces  el sobre blanco con el borde azul y rojo, del que se desprendía un olor que definía “a gringo” y leía con avidez su contenido, escrito a máquina para ciegos. Y en efecto, encontraba algún renglón imposible de leer pues él, sin percatarse de ello, había tecleado dos veces sobre la misma línea. Al final de la hoja el tío firmaba con su puño y letra en tinta negra un “Guillermo” expandido como en un trazo de niño.

Fueron muchas las particularidades del tío que lo fueron convirtiendo en un ser extraordinario. No escatimó oportunidad alguna para ayudar a los más débiles, trabajando en instituciones para niños invidentes y con retraso mental o aportando donaciones económicas de su salario para los más necesitados.

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Pero una de las facetas más interesantes del tío fue su capacidad de disimular su ceguera, haciendo pleno uso de sus otros sentidos. Del tacto se valía para, por ejemplo, en el museo Metropolitano de Nueva York,  tocar una escultura de Rodin y adivinar con sus manos, la sensualidad del cuerpo esculpido y la emoción que el artista quiso expresar. Una vez, en Helsinki, le lleve a conocer la escultura del rostro de Sibelius que acarició con sus dedos, para luego comentar con sonrisa traviesa, “tenía un fuerte carácter”.

Su apariencia disimulaba en mucho su condición. No usaba bastón y llevaba gafas levemente oscuras, así que al entrar a un restaurante, cogido con disimulo de mi antebrazo, y al sentir que se acercaban los meseros, él dirigía su rostro hacia ellos saludándolos cordialmente, como si los viera. Cuando el mesero, sin percatarse de su invidencia, le entregaba la carpeta del menú, el tío sugería sonriendo: ¨déselo a la señorita para que ella escoja”. Su olfato agudizado le permitía adivinar a cuadras de distancia la cercanía de un restaurante japonés y su sentido de orientación superaba al de cualquier conductor de auto a quien daba instrucciones para llegar al destino final; así fuera al museo Dupont en Wilmington, Delaware. ¿Cómo lo hacía? No lo sé…

El tío Guillermo fue independiente y vanidoso, le gustaba vestir bien y para que su ropa combinara adecuadamente ordenaba las prendas según el color, con la ayuda de alguien. También memorizaba el tamaño de las habitaciones para desplazarse solo. Disfrutaba el vino, la buena música, los conciertos y le gustaba ir a cine, cosa que confieso, a veces me extrañaba. ¿Cómo es que quiere “ver” una película? me decía; pero él se las arreglaba para adivinar la contextura de la actriz y la apariencia del galán por el tono de voz, disfrutando al máximo de las intrincadas tramas. Es claro pues, que el tío era un sibarita, le gustaba la buena comida, los  vinos de calidad, la música, los espectáculos en Broadway y...! bailar! De allí que la escena de la película: “Perfume de Mujer” en la que Al Pacino hace el papel de invidente y baila tango con maestría y gracia junto a Gabrielle Anwar como pareja; me han hecho preguntarme si la ficción imita la realidad o si es lo contrario.

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El tío era además un gran conversador y solía contar anécdotas sobre los equívocos que generaban su condición de invidente. Como la vez que estando de visita en Berlín con su gran amigo Gunther, quien fungió por un tiempo como su lazarillo y quien debía cumplir con un compromiso urgente al que no podía llevar a Guillermo; con mucha angustia le pidió que lo esperara, en un centro comercial. Una vez solo, el tío, que para entonces podía vislumbrar siluetas,  se dispuso a caminar. Sin embargo, al dar los primeros pasos se percató de que un tipo, que llevaba puesta una especie de gabardina, caminaba demasiado próximo a él. Guillermo quiso evitarlo y apresuró el paso, pero el enigmático señor también aceleró el suyo. El tío decidió entonces parar en seco y el sujeto ¡también detuvo el paso! Así que Guillermo, haciendo acopio de su valentía, se acercó impulsivamente al sujeto e increpándole, muy furioso, le preguntó en el poco alemán que sabía: “se puede saber ¡¿qué es lo que usted quiere?!” Y cuál no sería su sorpresa al percibir una fría pared tocando su cuerpo. Se trataba de un espejo y  la enigmática silueta no era más que su propio reflejo…todavía recuerdo sus carcajadas al narrar este episodio.

El tío ciego me enseñó a ver que hay otras facultades en nosotros que esperan expandirse sin necesidad de perder ninguno de los otros sentidos, que es posible reírse de uno mismo no importa bajo qué circunstancia y que un ciego no es sordo y menos aún un retrasado mental. Decía esto, porque en ocasiones y por alguna extraña razón, cuando las personas se enteraban de su condición de invidente, tendían a gritar para que él oyera y explicarle nimiedades como a un infante, menospreciando su agudeza mental. Con el agravante de que él podía escuchar los comentarios  de lástima a leguas de distancia con su potente oído.

El tío Guillermo murió hace un año y todavía no hemos podido recibir sus restos, pues su última voluntad fue donar su cuerpo a la ciencia, proceso que en Estados Unidos toma su tiempo.Su partida dejó en el aire una duda, ¿se puede decir que el tío fue una persona en condición de discapacidad?

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