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| 1/19/2004 12:00:00 AM

Huelga de hambre

Crece en el mundo un controvertido movimiento que señala que para vivir mucho hay que comer poco.

Gracias a experimentos practicados en ciertas especies animales, la ciencia tiene por primera vez indicios sólidos sobre qué hacer para prolongar la vida de los humanos. El único inconveniente es que para lograrlo hay que hacer un gran sacrificio: dejar de comer casi del todo. Eso es lo que ha hecho durante seis años Michael A. Sherman, un hombre de 46 años que dirige una compañía de biotecnología en California para poder llegar a celebrar 150 años. Su consumo diario de calorías hoy es menor de 1.600, lo que obviamente no le da espacio para las papas, el chocolate, los pancakes ni las tartas de manzana recién horneadas que tanto le gustaban. Algo parecido hace en Bogotá Patricio Uribe, autor de La dieta de Matusalén, un libro que ha vendido más de 6.000 copias y que ayuda a la gente a tener una dieta saludable. Uribe come muy poco y todo lo que consume es bajo en calorías y rico en enzimas, minerales y vitaminas. En Baltimore, el doctor Mark P. Mattson, que dirige el Laboratorio de Neurociencias del National Institute of Health desde hace un par de décadas, tomó la decisión de saltarse el desayuno y consumir apenas 2.000 calorías al día "en productos saludables como vegetales, frutas, pescado", le dijo a SEMANA. Ellos forman parte de un pequeño movimiento -pero que cada día cautiva a más miembros- de personas en todo el mundo que están convencidas de que comer menos los llevará a vivir más. "Quienes llevan una dieta estricta de reducción calórica son personas muy bien educadas y muy conscientes de su salud", dice Mattson. Lo suficiente como para saber que esta idea no es traída de los cabellos. De hecho esta teoría surgió en los años 30, cuando Clive McCay, un científico de la Universidad de Cornell, encontró por pura coincidencia que las ratas de laboratorio que se sometían a una dieta estricta vivían 30 por ciento más que las que comían lo normal. Desde entonces se han visto reacciones similares en otras especies, como la mosca de la fruta, los micos y los perros de raza labrador retriever. Si estos resultados se aplicaran en humanos, significaría que la raza humana, que puede vivir hasta 120 años, lograría llegar a los 150. Pero ese mismo efecto en humanos aún no se ha podido probar debido a las dificultades de tiempo que acarrearía hacer un estudio controlado. Por ahora, la información que se tiene es que la restricción calórica ayuda a prolongar la vida de adultos con sobrepeso en la medida en que reduce el riesgo de problemas coronarios, diabetes y cáncer, "pero no sabemos si prolongaría la vida de personas con bajo peso corporal", aclara Mattson. Algunos expertos apoyan sus teorías en hechos epidemiológicos reales, como lo que sucedió en el norte de Europa después de la Segunda Guerra Mundial. La reducción de alimentos durante la posguerra trajo como consecuencia una disminución de la mortalidad por problemas coronarios y cáncer. En la página de Internet de la Sociedad de Restricción Calórica en Canadá se ilustra además el ejemplo de la isla de Okinawa, que pertenece a Japón, una de las poblaciones que tiene la esperanza de vida más alta del planeta, y en la que un buen porcentaje de sus ciudadanos sobrepasan los 100 años. "Muchos factores pueden contribuir, pero el de la reducción calórica es el que mejor explica el fenómeno", dice el documento. ¿Cuál es la explicación científica de todo esto? Los estudios indican que comer menos vuelve más lento el metabolismo, el proceso de convertir azúcar en energía. "Con el cuerpo sucede lo mismo que con los carros", explica Uribe. "En los autos el kilometraje es el indicador de su vida y su uso. En el organismo ese dato lo dan los órganos. Mientras más coma una persona, más kilometraje tienen sus órganos". Aunque el metabolismo es esencial para la vida, también la destruye. Un residuo de este proceso son los radicales libres, moléculas inestables que provocan daños en la estructura celular, en un proceso conocido como oxidación. Pero los estudios más recientes sobre envejecimiento muestran además que los mecanismos protectores del cuerpo comienzan a funcionar mejor cuando hay una dieta restringida. Por ejemplo, los monos sometidos a este régimen no experimentan los mismos cambios en sus niveles hormonales a medida que envejecen que los que comen en forma normal. En las células de ratones se ha visto que no hay tantos cambios en la expresión de genes, lo que puede prevenir la aparición de cáncer. A pesar de toda esta evidencia, el tema de la restricción calórica es muy controvertido. Algunos de los seguidores de esta tendencia consumen tan pocas calorías, que deben dejar a un lado el ejercicio pues no pueden gastar la energía en este tipo de actividades. Curiosamente, un amplio estudio publicado recientemente en el American Journal of Preventive Medicine arrojó como resultado que el ejercicio es la herramienta más determinante para promover la longevidad, "y cuando uno quema más gasolina necesita alimentar la maquinaria con más comida", dijo Michael Aldemar, profesor de medicina del Albert Einstein College of Medicine, en una entrevista al New York Times. Los casos más estrictos sufren de pérdida de libido, baja temperatura corporal, mal genio, aspecto cadavérico y viven con hambre. Thomas Wadden, experto en desórdenes alimentarios, dice que es probable que estas dietas extremas lleven a la depresión y a otros problemas obsesivos compulsivos. Por esto muchos ven improbable que este tipo de dietas se popularicen en el mundo sólo por el hecho de prometer que se vivirá más tiempo. Una opción menos drástica consiste en que los especialistas desarrollen una droga que imite el efecto de la restricción calórica haciendo pensar al organismo que es tiempo de hambruna. Esta droga podría estar a la vuelta de la esquina, pues en julio pasado un científico encontró una sustancia presente en el vino rojo llamada Resveratrol, que aumentó la esperanza de vida en la levadura y en el mosquito de la fruta. Para los expertos, la píldora con esta sustancia podría ser el final del cáncer, los infartos y otras enfermedades relacionadas con el envejecimiento. Mientras esto sucede, una alternativa pueden ser los ayunos intermitentes. Mattson comenzará próximamente el primer gran estudio con humanos sobre los efectos a largo plazo de suprimir comidas. Lo más probable es que la teoría sea correcta. Los que siguen esta dieta sí van a vivir más, pero es probable que después de una semana sin comida no quieran continuar con su sueño de vivir para siempre. Porque, como muy bien decía Mafalda, "si vivir es durar, prefiero una canción de los Beatles a un Long Play de los Boston Pops".
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