Lunes, 1 de septiembre de 2014

IDIOTECES PARA CONECTAR

| 1987/02/23 00:00

IDIOTECES PARA CONECTAR

Los avances tecnológicos atraviesan los límites de la estupidez

La extrema prosperidad no sólo conlleva la creación de grandes avances tecnológicos. Traspasado el límite máximo de la comodidad, la extravagancia está a la orden del día. Por eso no sorprende el descubrimiento de que la gente, a veces, hace las cosas más estúpidas, o compra los objetos más inutiles, o incluso, produce las cosas más ridícuIas que pueda ser capaz de diseñar la imaginación.
Entre la primera categoría, o sea, las cosas más estúpidas que puede crear el ocio de una persona, está el ejemplo de un campo de alfalfa en Amarillo, Texas, donde alguien resolvió enterrar 10 cadillacs de nariz y hasta la altura de las ruedas traseras, en el ángulo exacto de inclinación de la pirámide Keops en Egipto. ¿Para qué? Nadie ha podido averiguarlo, pues la curiosa escultura no está situada en el camino para ninguna parte, no tiene en sus alrededores la consabida tienda de souvenirs, ni nadie que cobre tarifa alguna por la visión de tan original espectáculo. Los cadillacs están simplemente allí, de cabeza, como la visión surrealista de la llegada imaginaria de naves espaciales de los años 50.
Pero, sin duda alguna, pocos pueden alegar que han comprado alguna vez maquinaria pesada más inútil que un hombre de California, quien, bajo la presión de su hijo de seis años, adquirió por 70 mil dólares un tanque Sherman de la Segunda Guerra Mundial, pieza de museo de 35 toneladas, cuya compra debe estar revolviendo en sus tumbas a sus diseñadores: en este caso su utilidad será la misma de un tanque de juguete, es decir, entretener a un infante aburrido.
Pero sin duda alguna el récord de la estupidez lo baten algunos de los productos diseñados y presentados en la última feria electrónica en Las Vegas. Allí, al lado de los más sofisticados inventos, se exhibían objetos como un horno microondas con un pequeño televisor incorporado en uno de sus rincones. Sin duda alguna un gran paso adelante en la lucha contra el aburrimiento de los interminables dos minutos necesarios para asar en un microondas un pernil de cerdo.
Otro de los objetos que más atención llamaron por su inutilidad fue una especie de bola de cristal, de cuyo centro emergen artísticamente cinco fibras ópticas, que reaccionan a la música con movimientos sin patrón aparente, pero con un ritmo que haría la envidia de Fred Astaire. Todo lo que hay que hacer es apagar las luces poner la música preferida, y sentarse a ver danzar las fibras ópticas. El entretenimiento que de ello pueda resultar ya corre por cuenta de cada cual.
Para el que piense que lo ha oído todo va la siguiente "perla". Se trata de dos pesas para controlar la gordura, una de ellas con el diseño del famoso gato Garfield. El interesado se para sobre su estómago, y si está pasadito de kilos, el gato le abrirá desmesuradamente sus ojos en forma despreciativa, y el usuario no requerirá más señales para saber que ha llegado la hora de ponerse a dieta. Pero si se trata de una de aquellas personas que no resiste un regaño, existe una pesa más apropiada. Se trata de un modelo con la forma de Miss Piggy la simpática cerdita de los Muppets quien en lugar de regañarle, le guiñará sus ojos con complicidad, aunque el mensaje sea el mismo: varios kilos de más. La fuerza sicológica del sistema, sin embargo, no se ha comprobado todavía.
Eso no es todo. La humanización de la electrónica ha desembocado en un cariñoso teléfono en forma de osa de felpa. Usted ya no hablará más con un frío receptor. El animal viene equipado con la facultad de mover su boca al ritmo de lo que esté diciendo la persona al otro lado de la línea. No se sabe qué expresión tendrá el osito cuando la llamada sea de carácter obsceno.
Y ya para terminar, quizás la obra maestra de la estupidez: un reloj despertador digital empotrado en una pelota de béisbol, o de tenis, o de fútbol, o de golf. La idea es que su propietario, interrumpido en sus más plácidos sueños por la campana del despertador, pueda desahogarse arrojando cómodamente el reloj contra la pared, con la seguridad de que este rebotará a sus manos sin haber sufrido ningún desperfecto. Y de paso, porqué no, practicar su deporte favorito... Aquí sólo cabe terminar con una frase típica de abuelitos: ¿qué se inventarán mañana?-

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