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| 4/24/2000 12:00:00 AM

Jaque al ‘rey’

Una encuesta de SEMANA muestra que mientras la autoestima de las mujeres crece, la masculina baja.

La pregunta de fondo era muy simple: ¿Cómo ven los hombres a las mujeres? ¿Cómo se ven ellas a sí mismas? El resultado final, en cambio, se presta para varias interpretaciones. Una, que los hombres, después de haber sido educados para dominar durante varios cientos de años, comienzan a reflexionar acerca de sus errores y a valorar el papel que juegan las mujeres. Como señala la antropóloga Lucy Wartenberg al analizar los resultados que arrojó esta encuesta, “es muy llamativo ver el cambio tan fuerte que han tenido los hombres en la aceptación de lo femenino y en darnos un espacio y un reconocimiento en igualdad de condiciones”.

Un reconocimiento que también tiene que ver con la virilidad y la fortaleza del cuerpo. Aunque los hombres sean 10 por ciento más altos, 20 por ciento más pesados y 30 por ciento más fuertes que las mujeres, los estudios científicos adelantados hasta el momento reconocen diferencias entre ambos sexos pero no superioridades. De hecho, la expectativa de vida de las mujeres en Colombia es de siete años más que la de los varones, un buen argumento para comenzar a enterrar la larga colección de estereotipos desarrollados durante siglos para crear la imagen de la mujer como ‘sexo débil’.

Otra, que los hombres colombianos se están ‘rebajando’ demasiado y consideran que incluso valores que deberían ser comunes a ambos géneros (por ejemplo la honestidad) son casi que patrimonio exclusivo de las mujeres. La misma investigadora señala: “Es necesario que los hombres recuperen su autoestima. Para que una sociedad sea equilibrada se necesitan cada vez más hombres y mujeres dotados de las mismas facultades”. En este sentido las cifras son claras. Mientras que el 43 por ciento de los hombres considera que ambos son iguales sólo un 37 por ciento de las mujeres piensa lo mismo. Mientras los hombres muestran una tendencia hacia la igualdad las mujeres quieren afirmarse en su superioridad.

Basta mirar los cuadros comparativos de la encuesta para ver tendencias muy significativas. Por un lado, en temas en los que aún hoy se hacen chistes, como la inteligencia superior de los hombres, la mayor parte de los entrevistados, tanto ellos como ellas, ya no encuentran ninguna diferencia entre ambos géneros. En los únicos temas en los que se mantiene el paradigma machista son en la conducción de vehículos y la habilidad deportiva, al igual que en temas que tienen una connotación negativa, como ser más posesivos, infieles y malgeniados que las mujeres.

La encuesta reveló, sin embargo, que entre las mujeres siguen latentes dos talones de Aquiles: la rivalidad que existe entre ellas y su excesivo apego por el tema de la belleza.

En el primero la encuesta da a entender que los avances obtenidos por las mujeres en el campo laboral se deben más al reconocimiento que les han dado los hombres que al apoyo que ellas han recibido de sus congéneres. La encuesta las revela como competitivas y poco solidarias entre ellas hasta el punto de que, por ejemplo, los hombres prefieren tener jefas mientras que a las mujeres esto les es indiferente.

En cuanto al tema de la innegable relación de esclavitud que mantienen las mujeres con su apariencia personal Javier Murillo, estilista y experto en el manejo de imagen, afirma que “algunas mujeres sienten que deben seguir los patrones de la moda para sentirse seductoras y valiosas. La opción de verse más bella o mejor presentada debe ser la respuesta a la necesidad de sentirse mejor con ella misma”.

SEMANA indagó con varios expertos en el tema y encontró las posibles razones que explican ese desequilibrio entre lo masculino y lo femenino que ha hecho pensar a más de uno, entre ellos el escritor Gabriel García Márquez, que ante el catastrófico panorama de hambre, guerras, miseria y devastación del medio ambiente que ha dejado el gobierno de los hombres es hora de darles una oportunidad a las mujeres para que se encarguen del manejo del mundo.

Socorro Ramírez señala al respecto: “El número de mujeres en el Parlamento colombiano es aún insignificante. Las mujeres siguen siendo la mayoría de las activistas y promotoras de diversas iniciativas sociales. Allí construyen liderazgo y aportan soluciones, pero esas experiencias aún no dan para que ingresen de manera equitativa en los espacios de poder y decisión”.

Parece existir un consenso entre los que investigan estos temas acerca de la necesidad de buscar un equilibrio entre lo que se conoce como ‘lo masculino’ y ‘lo femenino’ en vez de reemplazar un esquema de dominación patriarcal por otro de dominación matriarcal.

La historiadora y politóloga María Emma Wills, de la Universidad Nacional, considera que las diferencias entre los hombres agresivos, racionales y competitivos y las mujeres afectuosas, maternales y delicadas se gestó en Occidente en el siglo XVIII y coincide con las revoluciones democráticas, en las que se decidió que lo público (el Estado, los ejércitos, el conocimiento) era tarea de hombres y lo privado (las tareas domésticas del hogar, la crianza de los hijos) era asunto de mujeres. Basta recordar que en épocas anteriores a la Revolución Francesa mujeres como Leonor de Aquitania, Diana de Poitiers o la reina Isabel I de Inglaterra tuvieron mucho poder e injerencia en el destino histórico de sus países.

Un ejemplo muy gráfico que cita la investigadora Julieta Lemaitre, abogada y profesora de la Universidad de los Andes, parece darle la razón a este punto de vista. En una isla desierta en la que se encuentra un individuo solitario carece de sentido hablar del rol masculino o femenino. Sencillamente esa persona debe conseguir el alimento (‘rol masculino’), cocinarlo (‘rol femenino’), limpiar el lugar de habitación (‘rol femenino’)...

Otras escuelas de pensamiento, sin embargo, consideran que existen diferencias biológicas entre el hombre y la mujer imposibles de ocultar, así que en este punto particular todavía siguen las controversias.



Equilibrio y armonía

De todas maneras, en lo que sí parecen estar de acuerdo es en la necesidad de cambiar el esquema de dominación de un género sobre otro por uno que mantenga un equilibrio armónico entre las partes y valore por igual las características denominadas masculinas y femeninas.

María Antonieta Solórzano, sicoterapeuta, señala que la cultura patriarcal convierte al hombre en dominante y a la mujer en dominada y rompe el equilibrio entre lo masculino y lo femenino. “La naturaleza misma plantea un modelo de equilibrio entre lo femenino y lo masculino. Esto va más allá de ser hombre o mujer. Son formas de movimiento que en Oriente se llaman yin y yang. La vida necesita para su existencia de la presencia permanente del movimiento femenino y lo masculino. Estas dos formas de movimientos, que se especifican en dos géneros, plantean un equilibrio armónico que rompe la cultura patriarcal, en la cual hay un sujeto dominante y otro dominado”. Agrega que mientras no se restablezca el equilibrio en el mundo se reflejará el esquema de dominados y dominadores, el cual ha traído como resultado guerras, miserias, hambre y devastación del medio ambiente.



En busca del reconocimiento

La mujer, para empezar, apenas está tomando conciencia de qué es lo femenino. Así lo señala la sicóloga Beatriz Uprimmy: “Yo fui feminista en una época pero entendí que era una manera errónea de replantear las cosas. Quisimos tener papeles masculinos pero se nos olvidó que tenemos útero, senos y capacidad de procreación. Es un error que las mujeres compitamos con los hombres queriendo parecernos a ellos”.

María Antonieta Solórzano concluye que en un sistema en el que impera el esquema de dominante y dominado no puede haber confianza ni amor. “Uno no puede confiar en quien lo domina, dice. El sistema dominante-dominado ha generado la lucha de clases, en la que los hombres también son víctimas de los hombres pues unos acumulan más poder y dinero que otros”.

Para terminar, podría decirse que la pugna entre lo masculino y lo femenino no es más que un problema de puntos de vista. Julieta Lemaitre lo expresa con el ejemplo de los leones. “Desde el punto de vista masculino el león es un macho porque domina un harén de leonas que cazan para él. Desde el punto de vista femenino el león es tan latoso e inútil que basta tener uno para entre todas con tal que cumpla la labor de fertilizarlas y espantar a otros leones igual o peor de latosos que él”.

Encontrar un punto de vista intermedio parece ser el reto que le espera a la humanidad en el siglo XXI si quiere construir una sociedad más armónica, igualitaria y viable.
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