Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1988/08/01 00:00

JUNTOS PERO...

Juntar camas, sin bendición, resulta menos ideal de lo que se cree.

JUNTOS PERO...

Vivir juntos... Para muchos constituye una fantasía largamente acariciada. Pero... ¿es una buena idea?
El noviazgo va in crescendo. La relación está llena de puntos a favor: buena comunicación en todos los aspectos, estabilidad, comprensión, cariño, pasión... De pronto, un buen día, después de una velada romántica, él le propone a ella que se vayan a vivir juntos. Finalmente, argumenta, llevan viéndose durante meses casi a diario y hay muchas cosas en común.
Lo único que falta es habitar en la misma casa, bajo el mismo techo.
Ella lo piensa. Cree que tal vez la propuesta no es la más adecuada para sus aspiraciones formales, pero siente que puede ser una alternativa para darse tiempo para verificar si están listos para el matrimonio. Además, es una manera de abrirle la puerta a una mayor intimidad. Decide, entonces, empacar sus corotos y mudarse al apartamento de él.

Esta es una decisión que han tomado miles de mujeres en el mundo. Por ejemplo, solamente en los Estados Unidos, entre 1970 y 1980 el número de parejas que resolvió juntar camas sin bendición o firma se triplicó y, de acuerdo con estadísticas censales, existen cerca de 2 millones 300 mil parejas gringas que, en la actualidad, conviven en uniones de hecho.

En efecto, el tipo de cohabitación que en los años 20 era vista como peligrosa y en los años 30 y 40 como arriesgada y bohemia, se ha convertido en algo tan inofensivo como el scoutismo. No se habla aquí de esa unión libre tan común en los sectores rurales de los paises latinoamericanos, donde las razones para hacerlo son no solamente las que diera ese personaje femenino de "La mala hora" que afirma que la unión libre permite que el hombre se quede con ella porque no se siente atado, sino la falta de presencia de las instituciones.

En este artículo se habla de esa unión libre "moderna" que empieza a tentar a personas jóvenes, universitarios, profesionales... Para que sepan a dónde los puede llevar este experimento, es conveniente explorar qué ha pasado en algunos países, especialmente en los Estados Unidos, donde su práctica se extendio en los años 80.

Psicólogos y sociólogos han estado estudiando el tema con parejas que han realizado el experimento de vivir juntas. Y la conclusión no es muy esperanzadora: la mayoría de las mujeres confiesa que ese tipo de relación es menos ideal de lo que creían, cuando tomaron la decisión de mudarse con su pareja.

CORTO Y LARGO PLAZO
Vivir sin vínculo formal con un hombre puede aportar la compañía y el calor que una mujer necesita por corto tiempo, pero si la mujer está interesada en un compromiso a largo plazo, parece que la cohabitación no es el mejor aperitivo. Claro está que es probable que una mujer conviva con su pareja precisamente porque no está interesada en casarse ahora, porque no está muy segura, porque cree que necesita tiempo para pesar y sopesar la relación. O también es posible que de ninguna manera piense en matrimonio. Pero si lo que la mujer busca es un mayor compromiso y ha aceptado la convivencia porque es lo único que la ha ofrecido el hombre que quiere, sería sabio reconsiderar el punto. Según las estadísticas, sólo una de tres parejas logra llegar al matrimonio. En 1985, un estudio de la Universidad de Columbia reveló que las posibilidades de llevar al compañero de convivencia al altar son aún menores: sólo el 26% de las mujeres encuestadas--y un 19% de los hombres--se casaron con la persona con la que habían vivido.

DIVORCIO ES EL PRECIO
De acuerdo con una investigación reciente, las parejas que vivieron juntas antes de casarse presentan una tasa de divorcio 80% más alta que aquellas que no lo hicieron. Para el estudio, realizado por la Oficina Nacional de Investigaciones Económicas de Cambridge (Massachusetts), se entrevistó a cerca de 5 mil mujeres en Suecia (se escogió Suecia porque tiende a prefigurar las tendencias sociales americanas en 10 ó 15 años) y los autores llegaron a la conclusión de que las personas que conviven sin haber contraído formalmente vínculo matrimonial, se sienten menos comprometidas con la institución del matrimonio y están más inclinadas al divorcio que las personas que no vivieron juntas primero.

Las conclusiones de los estudios recientes coinciden con las de un trabajo adelantado en 1983 por el Consejo Nacional de las Relaciones Familiares, que entrevistó a 309 parejas recién casadas. Según éste, las parejas que habían vivido juntas antes del matrimonio eran menos felices en sus matrimonios. Las mujeres que habían convivido con su pareja antes de casarse, estaban especialmente descontentas con la calidad de la comunicación que mantenían con sus esposos después del matrimonio. ¿Por qué, si habían tenido más tiempo de aprender y descubrir cómo hablarse el uno al otro, las mujeres se sentian más decepcionadas?
Una explicación es que es posible que haya faltado comunicación durante el noviazgo y eso es lo que los hace dudar más sobre la conveniencia de casarse. Otra podría ser que las personas que conviven tienden a creer que la felicidad no dura mucho tiempo--por eso deciden vivir juntos sin ataduras formales--y no se comprometen con el matrimonio como algo por lo que debe trabajarse para que madure y se desarrolle. Una tercera posibilidad podría ser que, porque precisamente viven juntos sin más ni más, los miembros de la pareja se sienten inhibidos de quejarse y de señalarse sus faltas (al fin y al cabo si la mujer es muy inquisidora, corre el riesgo del abandono). Como resultado, se establecen patrones deficientes de comunicación, difíciles de romper después de dar el "sí" en la iglesia o en el juzgado.

MOTIVOS DIFERENTES
En 1973, cuando 139 estudiantes de una universidad norteamericana fueron interrogados sobre las razones por las cuales vivían con un amante, la principal razón aportada por las mujeres fue la de que querían casarse.
Consideraban que la convivencia era un primer paso hacia el matrimonio.
Para los hombres, por el contrario, el principal argumento era el sexo. Sexo cuando se quiere y donde se quiere.

Naturalmente, no todos los hombres habian establecido ese tipo de relaciones solamente por el sexo. Y simplemente porque un hombre pone el sexo como cabeza de una lista de motivos para convivir, no se pueder excluir otras razones como amor, amistad. Además, también muchas mujeres aceptan que viven con un hombre porque quieren tener una aventura sexual o quieren tener la posibilidad de hacer el amor con más frecuencia.

Sin embargo, el meollo de la cuestión es el siguiente: antes de aceptar sacar duplicados de las llaves, se debe tener una conversación de corazón a corazón, para estar seguros de que ambos tienen las mismas metas en mente
Según el estudio de la Universidad de Columbia, el hombre es quien con más frecuencia se cansa de la relación y rompe. Desde el punto de vista emocional, es obvio que quien se siente menos comprometido con la relación detenta mayor poder. El miembro de la pareja más involucrado sentimental mente se puede volver más inseguro y virtualmente más presionado y más forzado a satisfacer las necesidades de su compañero, con el fin de asegurar su permanencia. La mayoría de las mujeres que viven en pareja sin estar casadas, confiesan que se sienten inseguras en la relación. Curiosamente, la incertidumbre que experimentan acerca de los sentimientos del hombre respecto a ellas es, precisamente, lo que las ha llevado a aceptar la cohabitación.

La imagen romántica de una bella experiencia entre dos personas libres e independientes que se sienten suficientemente seguras como para no caer presa de los celos ni sentir la necesidad neurótica de la posesividad es apenas eso: una imagen romántica Es lo que todos los que viven juntos quisieran que fuera su relación, pero no necesariamente es lo que sucede en la realidad. Como muchos matrimonios, esas relaciones de pareja no formalizadas están llenas de hostilidad. Es claro que el sentido del compromiso no es siempre muy profundo en esas relaciones o, en general, no parece serlo. Es una especie de relación de "pago contra entrega", de gratificación inmediata, en la cual el hombre piensa que si no obtiene lo que quiere cuando lo quiere, no le gasta muchas energías al asunto y, como se dice, "zafa con esa nota".

RUPTURA
Cuando una mujer se va a vivir con un hombre, debe convencerse de que si falla la relación, se debe poder decir adiós sin escenas y sin las implicaciones legales del matrimonio. No es fácil, sin embargo, que esto suceda. A menudo una ruptura de una relación de hecho es tan destructiva y devastadora como una separación o un divorcio. Como dice una de las mujeres encuestadas, "no hay razón para pensar que una ruptura de una relación así pueda ser más soportable que un divorcio o una separación". La realidad es esta y también es cierto que puede ser aún más difícil de sobrellevar. Otra de las mujeres entrevistadas dice: "El divorcio es más simple. Es una tragedia legalmente certificada que despierta solidaridad entre los amigos, compañeros de trabajo y parientes. En una u otra forma, la gente se siente movida a prestar apoyo.
Cuando uno rompe con un hombre con el cual ha vivido sin casarse, los papás sienten que se les quitó un peso de encima. Y si se lamenta mucho delante de los amigos, ellos tienden a pensar que uno está sobreactuando".
Las parejas de no casados pueden acariciar la idea seudointelectual de que son libres de dejar la relación, pero cuando se produce la ruptura, el dolor y el trauma son virtualmente idénticos a los que experimentan las parejas que se divorcian.

UNION A LA COLOMBIANA
Tradicionalmente en Colombia, la unión libre ha sido muy común en los estratos bajos y en la población rural.
Sin embargo, con el paso de los años la idea de que el matrimonio debe ser para toda la vida ha ido cambiando y el divorcio entre parejas de clase media y alta se ha incrementado. Según lo expresó a SEMANA el médico sexólogo Pedro Guerrero, los inconvenientes jurídicos para formalizar el divorcio han llevado a que "a las personas de esos estratos no les quede otra salida que la de irse a vivir juntos". No se trataría entonces de un mecanismo de prueba para averiguar si un futuro matrimonio puede llegar a funcionar, sino de una salida extrema.

Claro está que en el país sigue siendo muy bajo, entre las clases media y alta, el número de parejas que deciden vivir juntos. Y, de acuerdo con lo dicho por Guerrero, "la unión libre en términos reales (no formales) tiene las mismas implicaciones del matrimonio". Tampoco se puede afirmar que, en el caso de parejas que luego de vivir durante un tiempo juntas deciden casarse, las causas de una posible separación estén dadas por el simple hecho de haber vivido en unión libre. Independientemente de si hay matrimonio de por medio, las causas de la separación se deben buscar en la relación de pareja en sí y no en el vínculo que las ha unido. Sin duda alguna, el papel cada vez más preponderante que juega la mujer dentro de la sociedad, que ha obligado al hombre a compartir una serie de responsabilidades para las que culturalmente no ha estado preparado, es causa de ruptura tanto en matrimonios como en uniones libres.

La pregunta que surge después de la desmitificación de lo que es vivir juntos sin estar casados es: ¿hay algo bueno en este tipo de relaciones? Claro que sí. Las estadísticas--especialmente aquellas que se refieren a relaciones humanas--con frecuencia están rodeadas de algo inhumano, frío y duro. La realidad es que hay millones de parejas en el mundo que empezaron a vivir juntos, sin estar casados y hoy tienen matrimonios felices. Vivir con una persona sin estar casado no necesariamente es una mala alternativa. Lo importante--como lo es también para el matrimonio--es llegar a ella con los ojos bien abiertos, después de examinar cuidadosamente los pros y los contras del arreglo. La mujer tiene que estar segura de que las razones de él para la convivencia funcionan también para ella. Y la pregunta es si no sucede lo mismo con el matrimomo.

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