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| 3/4/2015 11:00:00 PM

La causa de las adicciones no sería la que se ha creído

Las adicciones han llevado a muchos mitos y malentendidos. Una investigación a fondo en el tema habría llegado a una solución alentadora.

El Huffington Post y su versión en español publicaron un extenso artículo que ha llamado la atención de la comunidad científica, de los consumidores de drogas y de quienes han padecido de cerca el flagelo de la adicción, en otras palabras, del mundo entero. El texto fue escrito por el británico Johann Hari, autor de un reciente libro titulado Chasing The Scream: The First and Last Days of the War on Drugs (‘Persiguiendo el grito: los primeros y últimos días de la guerra contra las drogas’), quien viajó durante casi cuatro años por Estados Unidos, México, Canadá, Uruguay y Portugal para lograr esta investigación.

La historia empezó hace un siglo, cuando se prohibieron por primera vez las drogas. En todo este tiempo ha existido una versión dominante sobre la causa de la adicción. “Si comprendemos esta nueva historia, tendremos que cambiar mucho más que la guerra contra las drogas. Tendremos que cambiarnos a nosotros mismos”, advierte Johann Hari en los primeros párrafos de su artículo.

Una teoría se incrustó en miles de mentes a raíz de un experimento con ratas y de una famosa publicidad. El experimento era simple: una rata en una jaula con dos botellas de agua. Una de ellas sólo con agua y la otra con heroína o cocaína diluida. La gran mayoría de ratas se obsesionaban con el agua con droga y tomaban más hasta morir.

Al final, el anuncio publicitario que mostraba el experimento advertía: “Una sola droga es tan adictiva que nueve de cada 10 ratas de laboratorio la consumirán. Cada vez más. Hasta la muerte. Se llama cocaína. Y puede hacerle lo mismo a usted”.

En los años setenta, un profesor de Psicología de Vancouver llamado Bruce Alexander descubrió un elemento particular de este experimento: que la rata está sola en la jaula. Es decir, no tiene nada qué hacer además de consumir drogas.

Entonces, el profesor construyó un ‘parque para ratas’ (Rat Park): una jaula con todas las diversiones necesarias (pelotas de colores, comida, túneles para corretear y muchos ‘amigos’) y los mismos dos envases de agua con droga y sin droga.

En el ‘parque para ratas’ todas probaron los dos botes de agua, pero lo que sucedió fue diferente. A las ratas que llevaban una buena vida no les gustó el agua con droga. En general, evitaban beberla y consumían menos de un cuarto de la cantidad que tomaban las ratas cuando estaban aisladas. Ninguna murió. Mientras que las ratas que estaban solas se hicieron adictas, no le ocurrió lo mismo a ninguna de las que vivía en este tipo de entorno.

“Al principio pensé que era sólo una particularidad de las ratas, hasta que descubrí que al mismo tiempo estaba teniendo lugar un experimento equivalente en humanos”, dice Hari, quien compara lo sucedido con la Guerra de Vietnam.

Se ha dicho que en Vietnam consumir heroína era “tan común como mascar chicle”. Un 20% de los soldados estadounidenses había desarrollado adicción a la heroína allí, según un estudio publicado en los Archivos de Psiquiatría General. No obstante, un 95% de los soldados adictos –de acuerdo con el mismo estudio– dejó las drogas al volver a casa. Muy pocos necesitaron ir a centros de rehabilitación. Siguiendo la metáfora: pasaron de una terrorífica jaula a un lugar agradable.

Así el autor llega a la hipótesis de que la adicción es una cuestión de adaptación. “No es la persona. Es su jaula”, dice Hari.

Después de la primera fase del ‘parque para ratas’, el profesor canadiense Bruce Alexander continuó con sus pruebas. Repitió los primeros experimentos, en los que las ratas estaban solas y consumían la droga de forma compulsiva durante 57 días. Luego las sacó del aislamiento y las situó en el ‘parque para ratas’. Quería probar si al caer en ese estado de adicción el cerebro está tan químicamente habituado que le es indispensable consumir.

De nuevo, lo que ocurrió fue sorprendente. Parecía que las ratas tenían síntomas de abstinencia, pero pronto dejaron de consumir tantas drogas y volvieron a llevar una vida normal. El ‘parque para ratas’ las salvó.

Si los experimentos con ratas (que han llevado a otros miles de descubrimientos mundiales) se aplicaran con humanos, toda la teoría sobre las adicciones que existe hasta el momento sería cuestionable, pues la solución no estaría en la relación del sujeto con la droga sino en el entorno del sujeto.

Hari explica este nuevo enfoque con otro ejemplo: “Si una persona sale hoy a correr y se rompe la cadera, probablemente le den diamorfina, el nombre médico de la heroína. La heroína que le da el médico tiene una pureza y potencia mucho mayor que la de la heroína que se consigue en la calle. Por tanto, si la antigua teoría de la adicción es cierta –que las drogas en sí la provocan y hacen que el cuerpo las necesite–, entonces lo obvio sería que al salir del hospital, las personas necesitaran más heroína para satisfacer su vicio”, su adicción.

El asunto es que eso no ocurre. El doctor canadiense Gabor Mate explica que los ‘consumidores clínicos’ dejan la droga sin problema, a pesar de que hayan consumido las sustancias durante meses. Sin embargo, la misma droga, utilizada durante el mismo período de tiempo, en la calle, convierte a los usuarios en adictos desesperados.

De manera que, de nuevo, se llega a la explicación inicial: los adictos ‘de la calle’ son como las ratas de la primera jaula: aislados, solos, con una sola vía de escape, sin esperanzas ni motivaciones. El paciente médico, en cambio, es como las ratas de la segunda jaula. Vuelve a casa a una vida rodeada por la gente que ama. En sus palabras, “la droga es la misma, pero el entorno es diferente”.

Aquí viene la propuesta alentadora y el quid del asunto: “El profesor Peter Cohen defiende que los seres humanos tienen una necesidad profunda de apego y de crear vínculos afectivos. Es así como obtenemos satisfacción. Si no podemos conectarnos con las personas, nos conectaremos con cualquier cosa que encontremos: el zumbido de una ruleta o el pinchazo de una jeringa. Entonces propone que dejemos de hablar de ‘adicción’ y empecemos a hablar de ‘apego’. Un adicto a la heroína se ha adherido a ella porque no ha podido vincularse con otra cosa hasta ese punto”, explica Hari, “por tanto, lo opuesto a la adicción no es la sobriedad. Es la relación que se tiene con los seres humanos que nos rodean”.

En los casos de la adicción al juego, al sexo o a otras actividades en las que no hay un componente químico adictivo determinante, también existe una explicación sólida.

El cigarrillo, uno de los hábitos más adictivos y que más mata gente alrededor del mundo, contiene nicotina, esa es la sustancia que genera la adicción. En los noventa, cuando se crearon los parches de nicotina, creció el optimismo para los fumadores, pues podrían saciar su adicción sin sufrir los efectos perjudiciales de fumar.

“El Departamento del Cirujano General reveló que el 17,7% de los fumadores son capaces de dejarlo usando parches de nicotina. Esto tiene su importancia. Si las sustancias químicas llevan al 17,7% de la adicción, como esto demuestra, son millones de vidas arruinadas a nivel mundial. Esto significa que la historia que nos han contado de que la causa de la adicción son las sustancias adictivas es verdadera, pero es sólo una pequeña parte de un panorama mucho más amplio”.

La mayor distorsion de la guerra contra las drogas viene de creer que se necesitan erradicar físicamente un montón de sustancias químicas que afectan el cerebro humano y provocan adicción. Pero si las drogas no son la causa de la adicción –si es el desapego lo que la provoca–, el horizonte es otro.

Hay una alternativa. Se puede construir un sistema diseñado para ayudar a los adictos a reconectarse con el mundo y dejar atrás sus adicciones.

Los seres humanos son animales de vínculos, de relaciones. En últimas no es exagerado decir que la alegría se reduce a las relaciones sociales. Necesitamos amor en el sentido amplio de la palabra.

“Bruce Alexander, el creador del ‘parque de ratas’, me dijo que durante mucho tiempo hemos estado hablando exclusivamente de la recuperación de la adicción de forma individual. Ahora tenemos que hablar de la recuperación social, el modo en que todos nos recuperamos, unidos, de la enfermedad del aislamiento que nos invade como una espesa niebla”, relata el periodista autor del estudio.

“Amar a un adicto es realmente difícil. Cuando miraba a los adictos que quiero, siempre estaba tentado a seguir los consejos por los realities como Intervención (adviértele al adicto que se tiene que recuperar o deshazte de él)”, confiesa Hari, quien ha vivido muy de cerca los traumas de la adicción a las drogas. El mensaje que se sugiere es evitar a los adictos, dejarlos ‘tocar fondo’ hasta que se vean obligados a dejar las drogas habiendo llegado al punto más hondo del sufrimiento.

“Esa es la lógica de la guerra contra las drogas, importada a las vidas privadas. No obstante, aprendí que así sólo acrecentará su adicción y acabarás perdiéndolos. Llegué a mi casa decidido a unirme más que nunca a los adictos que conocía, para hacerles saber que los quiero de forma incondicional, independientemente de si dejan o no las drogas”.

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