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| 2/5/2014 12:00:00 AM

La cirugía plástica nació en la guerra

Las esquirlas metálicas causaban las peores heridas faciales. Las técnicas actuales existen gracias a la experimentación en la Primera Guerra Mundial.

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BBC
A diferencia de una herida "limpia" producida por un balazo, las esquirlas de metal retorcido, también conocidas como metralla, podían arrancarle la cara a un soldado.

Sumado a esto, por su forma irregular, las esquirlas frecuentemente incrustaban trozos de vestidura y contaminación en las heridas. El desarrollo de los cuidados médicos significó que más soldados heridos podían mantenerse con vida, pero la atención urgente de sus lesiones 
devastadoras presentó un nuevo desafío.

Harold Gillies fue el hombre encargado por el ejército británico para reparar los rostros desfigurados.
Nacido en Nueva Zelanda, estudió medicina en la Universidad de Cambridge antes de vincularse al Cuerpo Médico del Ejército Británico al inicio de la guerra.

Gillies quedó impactado con las heridas que vio en el campo de batalla y pidió que el ejército le proveyera su propia unidad de cirugía plástica.

Poco después, se instaló en un hospital especializado en la localidad de Sidcup, en el este de Londres, donde empezó atendiendo a 2.000 pacientes de la sangrienta batalla de Somme. En este lugar, Gillies obtuvo algunos de sus mejores resultados.

La reconstrucción facial en esa época no gozaba de prestigio, pero se convirtió en parte integral del proceso de recuperación en la postguerra.

No obstante, esto sucedió antes del descubrimiento de los antibióticos, y someterse a una operación reconstructiva podía resultar tan riesgoso como enfrentar las bombas en las trincheras.

Un millón de soldados británicos murieron en la Primera Guerra Mundial y el doble regresó con heridas que dejaron a muchos desfigurados de por vida.

Las trincheras protegían los cuerpos de los soldados, pero sus cabezas quedaban expuestas al fuego enemigo cuando se asomaban para ver el campo de combate.

Al comienzo de la guerra, se le prestó poca atención al trauma de las heridas faciales. El poder regresar con vida se consideraba una recompensa suficiente. La llegada de la cirugía plástica cambió esa percepción.

Harold Gillies operó los rostros desfigurados de los soldados heridos. Foto: BBC.
Un pionero en el campo
La reconstrucción facial todavía era muy primitiva y la experimentación fue parte fundamental del proceso de Gillies. Más que un inventor, acumulaba ideas de diferentes fuentes y combinaba métodos que encontraba en los libros.

Uno de sus más grandes éxitos fue la reconstrucción del rostro del teniente William Spreckley, quien perdió la nariz en una explosión.

En un libro una técnica india, el cirujano encontró conocida como "colgajo frontal" que adoptó para reconstruir la nariz. 
Tomó cartílago de una de las costillas de Spreckley y lo implantó en su frente. Ahí se quedó durante seis meses antes de que pudiera ser doblado sobre el rostro -mientras continuaba recibiendo suministro de sangre- para construir la nariz.

Una vez implantado, formado y sanado el cartílago en su lugar, cortó el exceso de piel y tejido dejando al paciente con una nueva nariz.

De principio a fin, el proceso duró más de tres años. Spreckley, a los 60 años, casi no tenía rastros de la compleja cirugía a la que se había sometido.

Pero no todos los resultados fueron felices. Los pacientes que llegaban al Hospital de Sidcup tenían heridas jamás vistas por Gillies, pero él estaba determinado a empujar los límites de su experimentación para tratarlos, no sólo para recuperar la función de la cara sino para mejorar la apariencia.

Un piloto llamado Henry Lumley fue internado con quemaduras horribles en el rostro. Para la reconstrucción, Gillies intentó crear un colgajo en forma de cara en el pecho del paciente.

El masivo injerto se infectó rápidamente y el organismo de Lumley fue incapaz de resistir el trauma de la operación, lo que le ocasionó un infarto y la muerte.

Lecciones de las tragedias
La lección que aprendió Gillies fue que la cirugía plástica debía realizarse en pequeñas etapas, en lugar de una gran operación. Esa técnica todavía informa la disciplina hoy en día.

La solución del médico fue tomar un colgajo o pedazo de carne viva sujetado en un extremo y envolverlo en forma de tubo antes de coserlo en el sitio donde se necesita el injerto.
El tejido viviente quedaba protegido por una capa externa de piel que era impermeable y resistente a la infección.

Los tubos podían quedar en esa posición durante semanas mientras se establecía la irrigación sanguínea en el otro extremo del tejido. Cuando eso sucedía, la conexión original se cortaba y el pedazo de tejido se podía manipular sobre el lugar deseado. Este sistema le permitió a Gillies mover un pedazo de tejido de un lugar a otro con poco riesgo de infección.
El doctor Damián Wengrowicz, cirujano plástico egresado de la Universidad de Buenos Aires (Argentina) dice que lo establecido por Gillies sirvió de base para el campo de la reconstrucción.

"Todo lo que es reconstrucción se hace con colgajos, pero las técnicas se han ido modificando y perfeccionando", expresó Wengrowicz. "Hoy en día, los colgajos son libres, se injertan con microcirugía y no hay necesidad de que estén sujetados a otras partes del cuerpo".

Los instrumentos sofisticados del siglo XXI permiten que se acorte el tiempo de la operación, sin embargo, el doctor Wengrowicz recalcó que "todo procedimiento de reconstrucción se hace en varias etapas". Primero, una intervención más "grosera" y luego otras de refinamiento.

En ese sentido, el método de Gillies fue fundamental y su nombre se menciona en todos los importantes textos de cirugía plástica, concluyó el especialista.

Trauma psicológico
A pesar de los logros de Gillies, las desfiguraciones ocasionadas por la guerra aún eran profundas y muchos de sus pacientes nunca pudieron superar el impacto psicológico. Algunos ni se atrevían a salir en público sin cubrir sus rostros.
Cerca del hospital había bancos pintados de azul que designaban que allí se podían sentar los hombres con heridas faciales sin sentirse incómodos, aunque también servían para advertir a los residentes locales que la apariencia de aquellos que ocupaban esos bancos podía resultar inquietante.

Ciertos sobrevivientes se reintegraron a la fuerza laboral, pero usualmente trabajaban separados en oficinas traseras por su vergüenza de que los vieran. Muchos otros quedaron completamente retraídos, incapaces de enfrentar a sus familias y amigos.
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