Lunes, 16 de enero de 2017

| 1986/09/22 00:00

LA ECUACION MATEMATICA DE LA BELLEZA

Nuevas investigaciones revelan lo que casi todos ya sabían: que es mejor ser sano y hermoso, que feo y enfermo...

LA ECUACION MATEMATICA DE LA BELLEZA

"Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa?". Esta pregunta, que la madrastra mala del cuento de Blanca Nieves le hacía todas las mañanas a su espejo mágico, ha encontrado una respuesta clara de acuerdo con recientes investigaciones científicas y sicológicas. La más hermosa de la década de los años ochenta es toda mujer que llene ciertos requisitos físicos, que son fácilmente determinables a través de una ecuación matemática.

LA LOTERIA DEL ATRACTIVO FISICO
Puede sonar increíble, y hasta desilusionante. Pero tales investigaciones indican que es perfectamente cuantificable, en términos matemáticos, algo que, como la belleza, ha pertenecido a un ámbito estrictamente subjetivo con el paso de los siglos y el avance de la evolución.
Durante las últimas dos décadas, los sicólogos han encontrado que el atractivo físico, tanto en hombres como en mujeres, implica una serie de beneficios sociales y sicológicos -desde obtener más atención de los profesores en la niñez, hasta ganar más dinero cuando adulto.
La pregunta que se hacen los investigadores es la de qué es lo que determina, con precisión, el atractivo físico de una persona, y por qué es tan definitivo el curso de su vida.
Se sabe que el físico de un hombre importa menos en su status social y posición económica que el de una mujer, de acuerdo con investigaciones realizadas por David Buss, sicólogo de la Universidad de Michigan. Según Buss, los hombres y las mujeres aceptan que valoran la bondad y la inteligencia por encima de todas las cualidades, pero también admiten la importancia de otros elementos como el de una personalidad excitante, una buena salud y una alta dosis de creatividad. Pero para los hombres, el atractivo físico de su pareja es significativamente más importante que para las mujeres, mientras que para estas es más importante la capacidad económica de su pareja que para los hombres.
Una explicación de estas diferencias, dice Buss, puede encontrarse en las ventajas evolutivas que estas preferencias han representado para cada sexo. En la evolución, la belleza en una mujer es signo de juventud y de salud, así como de que se encuentra en la cúspide de su capacidad reproductiva y por consiguiente de su atractivo sexual.
Para un hombre, en cambio, la apariencia física no es tanto una señal de su valor reproductivo. La edad impone menos restricciones sobre la capacidad reproductiva masculina que sobre la femenina. Pero un hombre está en una mejor posición en cuanto a las oportunidades de supervivencia de su prole si tiene acceso a los recursos del poder, y por ello las mujeres han buscado generalmente hombres que tengan tal acceso, según Buss.
El atractivo rostro de una mujer es parte fundamental de su apariencia física. Michael Cunningham, sicólogo de la Universidad de Louisville, Kentucky, le pidió a 150 estudiantes universitarios blancos que calificaran el atractivo y los atributos sociales de 50 mujeres a partir de fotografías de sus caras. Veintisiete de las mujeres habían sido finalistas de un concurso de Miss Universo. Y aunque en su gran mayoría eran blancas, había siete negras y seis asiáticas.

LA ECUACION DE LA BELLEZA
Las dimensiones y proporciones de lo que fue considerado como atractivo, incluían: una anchura de los ojos que sea tres décimos la anchura de la cara, al nivel de los ojos. Un largo de la barbilla que sea una quinta parte de la altura de la cara. Una distancia desde el centro del ojo hasta el fondo de la ceja que sea un décimo de la altura de la cara. Una altura del globo ocular visible que sea un catorceavo de la altura de la cara. Una anchura de la pupila que sea un catorceavo de la distancia entre los pómulos. Y que el área total de la nariz sea menos de un cinco por ciento del área del rostro. Eso, sin contar con el generalizado 90-60-90...
Según las investigaciones de Cunningham, las medidas anteriores hacen un rostro ideal. Pero no puede considerarse que sugieran la belleza absoluta, sino unas medidas promedio que describen las imágenes que una cultura, en este caso la norteamericana, define como atractiva.
Pequeñas diferencias en las proporciones mencionadas del rostro, hacen grandes diferencias en lo que al atractivo se refiere. Por ejemplo, la boca ideal es, según las encuestas de Cunningham, 50 por ciento el ancho de la cara, al nivel de la boca. Si ese porcentaje se eleva en una proporción tan pequeña como 10 puntos, el rostro que posee esa boca habrá disminuido considerablemente su atractivo.
Desde luego, la personalidad e inteligencia de una mujer puede importarle a un determinado hombre más que su cara o que la circunstancia de encontrarla físicamente atractiva. Más aún, puede suceder que un hombre se sienta atraído por una característica particular de su pareja: por ejemplo unas pecas o una nariz "fuerte" o clásica, que serían sacadas "a patadas" del rostro ideal.
Pero la conclusión de la investigación de Cunningham revela que existe un acuerdo generalizado sobre qué constituye el atractivo facial aunque las especificaciones del ideal pueden variar de cultura a cultura.

EL PODER DE UN ROSTRO
Cunningham cree también que su investigación encierra la clave de por qué los patrones faciales específicos de la belleza femenina que él ha identificado encierran tanto poder social y sicológico. Los ojos grandes, acompañados de una pequeña quijada y nariz, dice, son esquemas faciales que tipifican a un recién nacido. Pómulos pronunciados y mejillas angostas, sin embargo, son signo de que una mujer ha alcanzado la pubertad. Y las cejas altas, las pupilas dilatadas y la sonrisa amplia son señales de emociones positivas: interés, excitación y sociabilidad.
El look infantil atrae hacia las mujeres que tienen estos rasgos, la misma ternura que inspiraría un bebé. Hace que una mujer parezca graciosa y adorable. Pero los rasgos físicos que indican madurez señalan que la mujer está lista para procrear, lo que le añade a su físico una dimensión sexual. A eso se suma la atractiva personalidad de los rasgos que sugieren la existencia de emociones sociales.
La suma total de estos rasgos revela la personalidad física de alguien que es joven e indefensa, pero amistosa y sexualmente madura, dice Cunningham. Y los hombres encuentran esa combinación irresistible.
Pero las investigaciones indican algo más. Que el atractivo físico trae consigo una pronunciada ventaja sicológica en la vida. Por un lado, porque les proyectan a los demás valores positivos: calidez, sensibilidad, bondad, interés, sociabilidad.
Pero el tratamiento positivo de aquellos con un rostro atractivo comienza desde la infancia (cuando los padres tienden, por regla general, a consentir más a los bebés más hermosos), y continúa durante el transcurso de la vida. Los profesores de los niños bonitos tienden a asumir que son más inteligentes y populares que sus compañeros que no lo son tanto. Tales expectativas, creen los sicólogos, forman parte de una profecia que se alimenta a sí misma. Consiste en que las expectativas positivas que se tienen sobre la gente físicamente atractiva, hacen que se las trate más positivamente, lo que a su vez les ayuda a ser más afortunados en la vida.
Cualquiera que sea la razón se ha encontrado que, en promedio, la gente atractiva termina en empleos con mejores salarios y prestigio.
En un estudio, las niñas de un colegio norteamericano de secundaria fueron calificadas por su atractivo para un experimento. Quince años más tarde se encontró que las más atractivas terminaron conformando hogares cuyo ingreso neto era mayor que el de sus compañeras de colegio menos atractivas.

Desde luego, el atractivo físico, por sí mismo, no garantiza el éxito. Por ejemplo, los muchachos más buenos mozos en la promoción de West Point de 1950 alcanzaron mayores rangos en la Academia que sus compañeros menos atractivos, de acuerdo con un informe de la Revista Americana de Sicología, escrito por el sociólogo Allan Manzur, de la Universidad de Siracusa. Sin embargo, a medida que los cadetes continuaron sus carreras militares después de graduados, el atractivo ayudó menos y menos en sus promociones, mientras que otros factores comenzaron a influir más.
Las ventajas sociales de aquellos que poseen rasgos físicos especiales, afirma Cunningham, han gobernado varios milenios de la evolución humana. "Una vez estos rasgos ganaron una pequeña ventaja sicológica y social en la evolución, esa ventaja se hizo susceptible de ser ampliada en las generaciones sucesivas", dice. Y así fue.
Y aunque no existe evidencia de que estas medidas específicas de la belleza identificadas en las investigaciones de Cunningham hayan sido idénticas durante el desarrollo de la historia, en culturas tan antiguas como la egipcia clásica las mujeres utilizaron cosméticos para enfatizar los que ellas consideraban los rasgos de su belleza, de la misma forma como lo hace la cosmetología contemporánea.
Algunos expertos, sin embargo, están en desacuerdo con la teoría de que el atractivo físico otorga ventajas evolutivas. No sólo porque existe un gran trecho entre la información recogida por las investigaciones de Cunningham, y su respectiva explicación, sino porque puede encontrarse una hipótesis evolucionaria para todo aquello que logró abrirse camino en la evolución, y sobrevivir hasta el hombre contemporáneo.
En cualquier caso, el hecho de que exista una ecuación matemática para la belleza ideal no significa que haya que ajustarse estrictamente a ella para resultarle atractivo al sexo opuesto.
Ejemplos alentadores como el de Barbra Streisand en el cine, Indira Gandhi, en la política internacional, o la fallecida Marta Traba, en el ámbito colombiano, indican que una personalidad arrolladora muchas veces encuentra un sitio cómodo en el espacio vacío que ha dejado la belleza.
De todo lo anterior se concluye algo que todos saben pero muy pocos aceptan: que la belleza no lo es todo, pero casi...

LA BELLEZA IDEAL A TRAVES DE LOS TIEMPOS
"A la belleza se llega poco a poco, a través de muchos números", decía Policleto, el gran escultor griego de la escuela de Argos, en el siglo V antes de Cristo. Porque la idea de que la belleza es consecuencia de proporciones numéricas, o si se prefiere, de que puede ser medida matemáticamente sin riesgo de error, no tiene nada de nueva. Antes de llegar al burda y discutible noventa-sesenta-noventa de los reinados de belleza pasó por infinidad de formulaciones más precisas, todas ellas originadas en una intuición de Pitágoras. Eso, en Occidente. En lo que toca a Oriente y al Africa las proporciones han sido distintas, no sólo por la diferente morfología de las razas humanas sino también a causa de los caprichos deformantes de la moda, la religión o la magia. Los labios de plato de ciertas tribus negras, por ejemplo, o los cráneos artificialmente prolongados de los antiguos egipcios, derivan su belleza de su tamaño mismo, y no de la proporción que guarden con otras partes del cuerpo. Y lo mismo sucede con los pies achicados a la fuerza de las mujeres chinas o con los cuellos elongados de las del país masai. Ciertos cánones iconométricos hindúes exigen, por ejemplo, que el dedo índice supere en longitud al dedo del corazón. Así, la importancia de las proporciones no está regulada matemáticamente, sino que tiene origen subjetivo: los grandes ojos de la iconografía bizantina o la boca diminuta del Japón clásico. Con ese criterio, que puede resumirse en un "me gustan las saporritas", se llega a las mujeres picassianas de la época cubista.
De todos esos cánones, el que mayor influencia ha tenido a lo largo de la historia es el calculado por Policleto ejemplificado en dos esculturas, ambas varoniles: el Diadumeno y el Doríforo, llamado durante siglos "el canon" por antonomasia. En ellas, todas las partes del cuerpo guardan una relación matemática las unas con las otras: el ancho de la frente debe corresponder a cuatro quintos del empeine del pie, la circunferencia del dedo pulgar tiene una medida equivalente a la de la circunvolución interna de la oreja, la cabeza debe caber siete veces en el cuerpo, etc. A través de Policleto, la idea pitagórica de la armonía perfecta se prolonga hasta el "modulor" de Le Corbusier (que no se limita al cuerpo del hombre sino que incluye además su casa). Pasa por el hombre ideal renacentista de Leonardo de Vinci (cuyo centro geométrico está en el ombligo, y cuya circunferencia pasa por los puntas de los dedos de brazos y piernas extendidos) y por el alargamiento hiper-tiroidiano del manierismo florentino (la cabeza cabe nueve veces en el cuerpo). A principios del siglo XVI el monje franciscano Luca Pacioli, algebrista de la escuela de Bolonia, y padre de la contabilidad moderna, resumió el asunto en su tratado Divina Proportione (ilustrado por Leonardo), en el que estableció para siempre que la proporción de la belleza absoluta se rige por la "sección áurea" (la primera parte es a la segunda como la segunda es al todo).
Sin embargo, hay gente a quien le siguen gustando las saporritas.

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