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| 1/11/2009 12:00:00 AM

La guerra por las estrellas

Ya no existe la noche. Las luces de las ciudades han hecho que desaparezca. En el Año Internacional de la Astronomía recuperar la oscuridad de los cielos es una prioridad.

En la época de Galileo Galilei, la gente que miraba al cielo durante la noche se encontraba con más de 4.000 estrellas y a simple ojo podía ver el arco que la Vía Láctea formaba en el cielo. Se cree que las noches eran tan estrelladas que la luz de la galaxia, así no hubiera Luna, era suficiente para proyectar sombras en la Tierra. Hoy, 400 años después, las cosas han cambiado. La polución ha vuelto la atmósfera densa y reflectante, y la contaminación lumínica por el crecimiento de las ciudades ha dejado a buena parte del mundo sin estrellas. Eso ha llevado a que se produzcan iniciativas para recuperar los cielos oscuros, que en este, el Año Internacional de la Astronomía, cobrarán especial  importancia.

Un atlas satelital nocturno que muestra las luces artificiales alrededor del globo, y que fue publicado en 2001, deja ver cómo en Estados Unidos, toda Europa, India y Japón los cielos oscuros prácticamente desaparecieron (ver mapa). Según los científicos italianos que realizaron la investigación, la cantidad de luz artificial se ha triplicado desde 1979 y dos de tres personas en el planeta simplemente no pueden ver las estrellas.
Colombia no es la excepción. Según Raúl Joya, director del Observatorio Astronómico de la Universidad Sergio Arboleda, en las ciudades principales e intermedias el alumbrado no permite la observación casual del cielo. Además, “el resplandor de una ciudad como Bogotá es apreciable desde sitios alejados como Girardot o Villavicencio”
El astrónomo Alberto Quijano Vodniza, director del Observatorio Astronómico de la Universidad de Nariño, explica que “la luz de una ciudad queda impresa en las fotografías de cuerpos lejanos, le quita contraste a la figura e imposibilita detectar cuerpos débiles”.

Cada vez se requiere ir a lugares más remotos para ver cielos oscuros como hace cuatro siglos, porque además se necesitan condiciones climáticas favorables. Richard Wainscoat, astrónomo de la Universidad de Hawái y presidente de una comisión de la Unión Astronómica Internacional para proteger los sitios de observación, le dijo a SEMANA que “los mejores observatorios están en Chile, Hawái, Arizona y las Islas Canarias. También hay buenos sitios en Suramérica, África, Australia y las zonas menos habitadas de Asia y Canadá”.

Pero la contaminación por luces mal planeadas no sólo preocupa a los astrónomos. Muchas especies animales están siendo afectadas, pues como ocurre siempre que se mueve una sola pieza del rompecabezas biológico, ecosistemas enteros quedan en peligro. Por ejemplo, en el estado de Florida, Estados Unidos, miles de tortugas marinas recién nacidas en las costas se confunden y mueren sin haber alcanzado el mar. “El problema es que instintivamente se mueven hacia la parte más brillante del horizonte que por millones de años no habían sido los centros comerciales ni las casa de playa, sino el cielo nocturno sobre el mar abierto”, escribió David Owen en un artículo de The New Yorker.

También se han visto consecuencias en insectos que abandonan sus hábitats atraídos por la luz, así como en aves migratorias que son cegadas, se desvían de sus rutas originales y mueren estrelladas contra edificios altos, o de cansancio, después de volar en círculos por horas. Según un reciente artículo sobre el tema publicado en National Geographic, “los días artificialmente largos –y las noches artificialmente cortas– provocan reproducción temprana en una amplia variedad de aves. Y dado que los días más largos causan periodos de alimentación más extensos, también pueden trastornar los patrones de migración”. Ejemplo de esto es una población de cisnes que hibernaba en Inglaterra y adelantó su migración a Siberia después de acumular grasa más rápido de lo habitual.

Aunque aún están por estudiarse a profundidad los efectos de las luces artificiales sobre los humanos, se cree que alterar los ciclos del día y la noche (el llamado ritmo circadiano) puede producir trastornos del sueño, desórdenes psiquiátricos y neurológicos, y problemas fisiológicos. El año pasado, médicos de la Escuela de Medicina de Harvard hicieron un estudio con enfermeras que trabajaban en turnos nocturnos y encontraron que tenían mayor probabilidad de desarrollar cáncer colorrectal que quienes trabajaban con luz natural. También hay informes que vinculan la luz artificial con una mayor incidencia de cáncer de seno, ya que la exposición a estas luces reprime la producción de melatonina, hormona que  suprime el crecimiento de tumores. Estos indicios llevaron a que la Organización Mundial de la Salud incluyera a los turnos nocturnos y a la luz artificial entre la lista de posibles cancerígenos.

En busca de la noche
Los proyectos para recuperar los cielos estrellados vienen de tiempo atrás. En Estados Unidos, desde hace 20 años existe la International Dark-Sky Association (Asociación Internacional de Cielo Oscuro), la más importante organización de este tipo. Pero no la única, pues existen proyectos similares en Italia, Reino Unido, Canadá y España, entre otros. El interés sobre el tema ha crecido de tal forma que en 2007 se dio comienzo a la iniciativa Starlight, respaldada por la Unesco, la Organización Mundial del Turismo y la Unión Astronómica Internacional.

En una declaración firmada en las Islas Canarias en 2007 por los impulsores de Starlight, se estableció que los cielos limpios y la contemplación del firmamento nocturno deberían ser considerados “derechos inalienables de la humanidad y un patrimonio natural y cultural”. Y se declaró que 2009 sería el año en que la iniciativa empezaría a tocar las puertas del público y los gobiernos. Se harán jornadas especiales de observación, conferencias, concursos de fotografía y otras actividades para que la gente tome conciencia.

Los primeros pasos ya se están dando. En la República Checa, por ejemplo, el gobierno se comprometió a reducir la iluminación pública que sea innecesaria. Viviana Bianchi, quien se encarga de mapear la contaminación lumínica en Argentina, dijo a SEMANA que hay ciudades del mundo que ya “tienen leyes y disposiciones al respecto como Islas Canarias y Murcia en España, Malargüe y San Juan en Argentina, La Serena en Chile, y Tucson en Estados Unidos”. Así mismo, se están certificando reservas de cielos oscuros como el Parque Nacional de Puentes Naturales de Utah y el Parque Cherry Springs de Pensilvania, en Estados Unidos.

Lo más importante para los expertos es usar la luz adecuadamente. Bianchi agrega que “no es cuestión de no iluminar las ciudades. La luz es necesaria. Lo importante es iluminar el suelo y no el cielo”. De hecho, los principales esfuerzos están concentrados en mejorar los sistemas eléctricos y hacerlos menos dañinos. Una de las formas de lograrlo es usar luces de sodio de baja presión que no alumbren en todas las direcciones, sino que se dirijan al piso. El uso de señales reflectantes en lugar de postes de luz también ha dado buenos resultados en algunas autopistas de Estados Unidos. La esperanza es que medidas como estas logren recuperar las noches, no sólo para poder ver las estrellas, sino para que la vida en la Tierra siga su curso.
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