Sábado, 25 de febrero de 2017

| 1986/04/14 00:00

LA INDUSTRIA DEL REBUSQUE

Pordioseros, cartoneros y rebuscadores de basura, un sublmundo que aglutina a más de medio millón de colombianos en las grandes ciudades.

LA INDUSTRIA DEL REBUSQUE

Vestida con una falda corta y descolorida, medias de lana, zapatos tenis y una especie de chal sobre los hombros, acompañada por tres niños menores de 4 años y estratégicamente ubicada en la esquina de la calle 19 con carrera décima de Bogotá, Josefina González, de 30 años, le confesó a SEMANA que desde hace mucho tiempo se gana la vida pidiendo limosna y haciendo que la gente sienta lástima por ella. Los niños son prestados, o sea que pertenecen a otra mujer que cobra un alquiler por los servicios que ellos prestan y que consisten en colaborarle a Josefina en la recolección de monedas, cuando un transeúnte o un automovilista se conmueve ante la escena.
"Yo no es que sea tan vieja como parezco, lo que pasa es que antes trabajaba de por días en una casa de familia hasta que me aburri de los regaños y la mala paga, de los horarios y de todas esas harteras, y me dediqué a esto, donde gano mucho más billete, pues descontando la comida, me quedan unos 900 pesos libres al día", explica Josefina. Y ella es quizá una de las que menos gana en el desconocido mundo de la industria de la mendicidad. Las historias son variadas y a veces tienen una lejana base real. Hay ex convictos que acaban de pasar 10 años en la Cárcel Modelo y no consiguen trabajo, amantes esposos que piden para llevarle drogas a sus mujeres agonizantes, niños que no saben dónde se les perdieron sus padres y ancianas que no saben dónde se les perdieron sus hijos.
Pero los mendigos no son los únicos rebuscadores de las calles colombianas. A su lado, deambulan muchos otros, tratando de sacar adelante cualquier negocito, como la recolección y venta de cartón, papel o botellas de vidrio. Sobre ellos existen algunas cifras, a diferencia de lo que sucede con los mendigos. Según el Servicio Nacional de Empleo del Ministerio de Trabajo, en Bogotá hay más de 274 mil subempleados, en Medellín cerca de 104 mil, en Cali 60 mil y en Barranquilla 41 mil, para un total cercano al medio millón de personas en las 4 grandes capitales.

CARTON Y BAZUCO
Joaquín Gómez tiene 18 años. Vive con su familia en una casa propia cerca al tercer puente de la autopista, al norte de Bogotá. La residencia no es precisamente lujosa, pero cuenta con agua caliente, televisión, cocina de gas y varias alcobas. "A mi papá lo despidieron de su trabajo hace como dos años -cuenta-, pues en la empresa donde trabajaba, una nueva maquinaria que hacía rendir más el trabajo dejó en la calle a varios hombres, entre ellos a mi papá, que ya tiene 59 años. Mis hermanos mayores ayudaban a sostener la casa, mientras mi hermano y yo estudiábamos en el colegio, y tuvimos que salirnos porque la plata no alcanzaba. Nos pusimos a trabajar como mensajeros, pero yo me aburrí de que todo el mundo me vaciara. Un día me encontré con un amigo que se había vuelto cartonero".
Y allí comenzó la nueva etapa de su vida. Joaquín se inició en las labores de recolección y selección de las basuras, y sus ingresos rondan hoy los dos mil pesos diarios. Trabaja los lunes, martes y jueves, entre las 8 de la mañana y las 12 del día. En las tardes duerme, a excepción del jueves, que se lo dedica a jugar fútbol en la Bombonera, el parque del barrio, y a "meter contumene (bazuco) y de vez en cuando un varillito". En pocos minutos, Joaquín describe su vida y asegura que no la cambia por ninguna otra, "ni siquiera por la de esos ricachones que pasan en Mercedes haciéndole fieros a la demás gente, pero que cuando uno se les acerca le tienen respeto".
La plata que se ganan rara vez deben invertirla en comida, pues en muchos restaurantes les regalan las sobras, en las panaderías el pan viejo, y en las fritanguerías, las morcillas que no se pudieron vender. El postre suele ser la bolsa de boronas de hojaldre que les ofrecen en las pastelerías. Incluso cuando les cobran algún dinero por esas sobras, lo que tienen que pagar es muy poco, pues una bolsa de pan duro nunca pasa de 50 pesos y otro tanto cuesta la media docena de buñuelos viejos.
Alberto González empezó mucho más joven, cuando apenas tenía 3 años y acompañaba a su mamá a realizar el recorrido de la zorra. "Lo primero es alquilar el caballo, por el cual nos cobran actualmente 600 pesos diarios. Luego tenemos que darle comida y finalmente atarlo al carro y empezar a trabajar. Generalmente salimos de la casa a la una y media de la madrugada, porque como vivimos en Las Cruces y en la ciudad hay bastante competencia, no podemos dejarnos coger la delantera. Hay que ir hasta El Cable, en Usaquén, de donde nos regresamos con el carro casi repleto. Nos parqueamos en la carrera 11 con calle 74 y allí empezamos a separar la basura: plásticos, papeles, cartones, latas, y así cada cosa, para que cuando lleguemos a El Cartucho, en la calle 7ª con carrera 16, sea más fácil hacer la negociación". Desde que su madre enfermó hace algunos años Alberto invitó a su amigo Víctor Alfonso Moreno, de 15 años, y quien acababa de terminar 3° de bachillerato, a asociarse en el negocio. "En este trabajo -cuenta Victor Alfonso- se pasa muy bueno, pues uno se asolea, se esconde si está lloviendo o recocha con los otros zorreros, separando las basuras. A veces uno se encuentra cosas muy bonitas. Al día, nos ganamos como 1.500 pesos, y por eso sólo trabajamos los miércoles y sábados".

EL NEGOCIO DE LOS INTERMEDIARIOS
Los cartoneros ganan más o menos lo mismo que los zorreros. Pero a diferencia de éstos, no tienen que alquilar caballo, pues ellos mismos halan su carrito de balineras, en el cual viaja siempre un colchón por si los coje la noche y están demasiado cansados para aguantar hasta la casa. La actividad grande termina después del mediodía, ya que más tarde los compradores de cartón y demás materiales no negocian con ellos, sino con los que manejan los camiones que llegan de las procesadoras del cartón y el papel o de las latonerías y embotelladoras .
En El Cartucho, al sur de la ciudad, compran el kilo de papel revuelto -periódico y papel de cuaderno- a 3 pesos, pero en el barrio 12 de Octubre, las procesadoras pagan mucho más, a veces hasta 8 y 9 pesos. El margen de utilidad suele quedar en manos de los intermediarios, que compran en la mañana a zorreros y cartoneros, y venden en las tardes a los fabricantes y procesadores.
Pero también están los transportadores. Cada grupo de 10 papeleros y botelleros suele asociarse para alquilar un taxi o contratar a alguien que maneje un pequeño camión. Este cobra 100 pesos por cada bulto de papel o cada 6 arrobas de botellas, con lo cual alcanza a ganarse unos 70 mil pesos mensuales. "La contrata con las señoras de las botellas y papel es sólo hasta el mediodía. El resto lo dedico a otros acarreos y me cuadro una buena plata al mes", explica Jacinto Morales, dueño de un pequeño camión y quien antes era chofer de bus en una empresa transportadora grande. Los problemas con su jefe directo y los dolores de espalda por las 12 horas de trabajo continuo al volante, lo obligaron a independizarse. Y hoy en día no se queja.
El negocio tiene muchas ramificaciones. Una de ellas es la de los propietarios de yeguas y caballos, que alquilan las bestias a los recolectores de basura. Con 4 caballos que alquila a 600 pesos diarios cada uno, el dueño del negocio de las bestias en el barrio Las Cruces se gana cerca de 65 mil pesos al mes. Al ser entrevistado por SEMANA se negó a dar su nombre y pidió que no se le tomaran fotografías a sus "establos", para no despertar envidias. Su trabajo se limita a alquilar las bestias en la madrugada y recibirlas al final de la tarde, ya alimentadas por los zorreros.

OTROS CLIMAS, OTROS TRABAJOS
En Cali existe también una variada gama de rebuscadores y pordioseros. Los recogedores de cartón, papel y botellas sólo se diferencian de los de la capital del país, en que el clima los favorece sensiblemente, ya que pueden dedicar varias horas de la noche a sus labores, sin tener que soportar las bajas temperaturas de la Sabana de Bogotá.
Pero la imaginación de los mendigos caleños va mucho más lejos. Es normal encontrar en un bus a un hombre de unos 40 años, mal vestido y de fácil palabra, que narra a los pasajeros la "triste historia de su vida". Otros prefieren usar a sus hijos, a quienes disfrazan de payasos para que se suban a los buses a contar chistes y divertir a la gente, mientras despiertan compasión debido a sus edades, que oscilan entre los 8 y los 12 años. En la esquina de la Plaza Caicedo puede verse también el espectáculo de un poeta frustrado, que imprime sus lúgubres poesías en un papel y vende las copias a cualquier precio que la gente le quiera pagar. Pero nada más impresionante que la señora que todas las mañanas se ubica a media cuadra del diario Occidente, y alquila sus hijos a señoras mayores, que a su vez buscan con la ayuda de los menores, despertar la compasión de los transeúntes.
El determinismo no está ausente en la definición de las modalidades de mendicidad de las diferentes ciudades del país. Barranquilla, una de las capitales donde las calles se encuentran en peor estado, se ha convertido en escenario de una ingeniosa actividad del mundo del subempleo. Son muchos los jóvenes que se ganan la vida rellenando con paladas de arena los huecos de ciertas avenidas y calles muy transitadas, labor por la cual cobran una especie de "peaje" a los automovilistas. A lo largo de la vía 40 y en cercanías de la vieja salida a Puerto Colombia, este negocio florece desde hace varios años y el ingreso promedio de quienes se dedican a él se calcula en cerca de 400 pesos diarios.
Y siguiendo con el determinismo, los zorreros de Barranquilla se ganan varios cientos de pesos al día por recoger la basura de un grupo de entre 15 y 20 residencias del norte de la ciudad, en sectores donde el servicio de recolección de basuras de las Empresas Públicas Municipales no llega casi nunca. Estos zorreros cobran a las amas de casa por llevarse las basuras, que depositan luego en los muladares que se han ido formando en las afueras de la ciudad, en particular en la avenida Circunvalar.
Las autoridades de Medellín y ciertas entidades cívicas han decidido buscar algunas soluciones para los basuriegos, que es el nombre con el cual se conocen en la capital paisa los cartoneros y demás recolectores. La labor consistió en erradicar algunos barrios de invasión que se habían ido formando alrededor de los grandes basureros, pues sus habitantes vivían de lo que lograban rescatar entre los desperdicios. Se beneficiaron unas 500 familias, cuyos integrantes fueron reunidos en cooperativas, que hoy en día trabajan en la recolección de las basuras de determinados sitios claves de la ciudad, como la Terminal de Transportes, y algunos edificios públicos y privados del centro y el sector comercial.
Pero estas soluciones, si se analizan las cifras de Senalde, apenas logran mitigar en una infima parte los efectos de la miseria. Los pordioseros y recolectores prefieren seguir ingemandose sus propias soluciones, en busca al menos de ser los mejores y los más exitosos en la industria del rebusque.

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